Critica de la Argentina | La Peleadora | Weblog de Carolina Aguirre / entradas / comentarios / feed / comentarios feed

No sé qué me pasa, pero siento algo extraño en el cuerpo. No sé si es lindo o es feo, sólo sé que es raro: ando de muy buen humor.

No voy a enumerar los motivos porque la verdad es que yo siempre tengo motivos para estar contenta. Si estoy de malhumor o enojada es porque soy una enferma mental que sólo puede concentrarse en las cosas malas de la vida.  No hay otra razón más que esa, es la pura verdad. Pero a veces, muy de vez en cuando, tengo, como ahora, unos días de paz.

En general, yo me levanto como puedo y me arrastro a la máquina de café, tratando de que nadie me dirija la palabra  porque me molesta. Pero hoy, por ejemplo, me desperté temprano “para aprovechar bien el día”, algo que además de no hacer nunca, me da bastante asco en los demás.

Además me cambié, me hice un té de arroz y me quedé al lado del ventanal mirando las plantas del patio, que crecieron muchísimo en estos últimos días (las plantas me gustan siempre, pero me amargo porque alguna se secó o no florece como yo querría). Mimarido justo salia del baño y al encontrarme ida, mirando las flores, me preguntó qué hacía ahí.

Leer completo

A diferencia de las canchas de paddle, los parripollos, los antros de camas solares, y los tenedores libres, los lavaderos automáticos han logrado atravesar ilesos la barrera del siglo veintiuno. Han resistido los embates de las casas de electrodomésticos (que cada vez ofrecen más cuotas para comprar un lavarropas), la ofensiva del gobierno (que ha subido la luz y triplicado el impuesto inmobiliario) y la crisis de que la clase media (que cada vez es más pobre) con firmeza extraordinaria.

Personalmente, creo que su éxito se debe a dos motivos: el primero es que todavía existe gente como yo, demasiado vaga para lavar y planchar su ropa, y el segundo, es que junto con los abogados, los lavaderos son el gremio más negador que existe.

Leer completo

De todas las cosas que odio hacer, una de las que más  me molesta es dar entrevistas. Primero, porque yo no tengo nada interesante para decir.  Segundo, porque en general, los periodistas tampoco. Y tercero, porque la mayoría de las veces, las preguntas que me hacen no tienen nada que ver conmigo (¿Pueden secuestrar a mi hijo con los datos de Facebook?  ¿Qué son los floggers? ¿El blog va a matar al libro?).

Sin embargo, no puedo hablar de vergüenza ajena sin reproducir la charla que tuve hace un rato con una integrante de la producción de un programa radial muy conocido. Esta fue, de todas, la peor.

Productora
Hola ¿Lucía González?

Carolina
¿Quién habla?

Productora
Soy Romina, de la producción de HJDFL

Carolina
Ah, hola Romina.

Productora
Lucía, queríamos entrevistarte por Ciega a citas…

Leer completo

Estoy rezando todas las noches para que Argentina no clasifique para el mundial y por fin se termine ese romance absurdo y repugnante que tiene el argentino promedio con Maradona.

A mí nunca me gustaron los nenes, pero nunca lo dije con todas las letras, porque decir que no te conmueve el nacimiento de un familiar, que no te vuelve loca un par de piernitas rollizas, o que el llanto de bebé te suena igual a un mueble arrastrado por el parquet, te convierte inmediatamente en un monstruo.

Me callé durante años, pero sí me peleé mucho con la gente que no respetaba que a mí no me gustaran los chicos: con los vecinos que dejaban que sus hijos gritaran y corrieran hasta cualquier hora, con los que no hacían nada para que pararan de llorar en un restaurante, con las madres que ocupaban todas las veredas con las mochilas de sus críos a la salida del colegio.

Y no sólo a los niños, sino a sus madres; cada vez que dos conocidas se ponían a hablar de su hijo, sentía que me marchitaba de aburrimiento: conversaciones sobre cómo hacen caca, sobre cómo le dicen al perro, o acerca de cómo se atan los cordones desde chiquitos me daban más sueño que dos alplax con medio litro de vino en tetrabrik.

Leer completo

La historia siempre es la misma. Uno encuentra un blog que le encanta, espera ansioso que lo actualicen, lo lee algunos meses (a veces años), hasta que un día se cansa y lo deja de leer. A mí, para ponerlo en primera persona, me pasa seguido.

Pero más allá de mí, es normal cansarse de un blog hasta odiarlo. Es normal que las mismas cosas que antes nos resultaban atractivas, de repente nos parezcan un numerito agotado que nos sabemos de memoria y ya no nos causa gracia. Le pasa a todos los lectores, incluso a mí, que también escribo.

Pero cada tanto, a quienes escribimos blogs nos pasa otra cosa mucho más terrible: nos cansamos de los lectores. No los soportamos más. No aguantamos más sus reclamos, sus pedidos, sus delirios de cliente que siempre tiene la razón.

Y yo, Carolina, hoy me cansé de mis lectores. No los aguanto más. No tolero más sus peleítas idiotas, sus camarillas, sus batallas sin sentido, sus mañas prepotentes. Algunos se creen mejores que otros porque son menos chupamedias, otros se creen mejores porque no caen en la ridiculez de enemistarse virtualmente, alguno que otro sólo necesita un poco de atención, otros se acostaron y ahora que se pelearon deciden participarnos de su conventillo.  Sólo unos pocos entienden que esto es sólo un blog. Tan sólo un estúpido, insignificante y trivial blog. Un blog que no va a cambiar la vida de nadie.

No tengo más ganas de escribir para ustedes. Me agotaron, me pudrieron, me dejaron exhausta con sus boludeces. Por unos días, los comentarios van a estar cerrados. Cuando los abra, espero que muchos de ustedes no vuelvan. No quiero tener más 4000 comentarios. Quiero tener 10, 10 de esa gente que entiende que esto es un blog y viene acá a divertirse.

Leer completo

Hasta hace un par de meses, cada vez que me tenían que cobrar, cualquiera fuese el monto, tanto el kiosquero, como los pibes de la verdulería, como los taxistas me pedían monedas: ¿Tenés veinte centavitos? ¿No tenés un peso, que no tengo cuatro para darte? Y a pesar de que me reventaba, me los tenía que bancar, porque si no tenías monedas no tenían forma de darte el vuelto. Se quedaban mirandote fijo con cara de pescado, esperando que encontraras una forma de pagarles de otra manera.

Pero desde hace un par de meses, las cajeras del Carrefour o de Farmacity también empezaron a mendigarte los centavos o a decirte que no tienen cambio de cien pesos, algo que me vuelve loca de ira.  Al principio, les explicaba que ellas eran la multinacional y yo la particular, que ellos tenían que darme cambio a mí y no al revés, pero no daba resultado: te repetían que no podían hacer nada y tenías que empezar a revolver la cartera. Sin embargo, desde hace un tiempo me inspiré en el kiosquero y los taxistas y los cagué: ahora, cuando me piden veinte centavos me quedo ahí, mirándolas con cara de pescado, mientras la fila cada vez se hace más y más larga. Ni les doy monedas ni me voy indignada. Me quedo ahí parada, mirándolas fijamente, sin saber qué hacer, hasta que llaman una supervisora y arreglan el problema.

Ayer me tenía que encontrar con una amiga en una librería de Palermo a las seis de la tarde en punto, pero previsiblemente, sólo diez minutos antes de la cita yo todavía estaba buscando medias en el cajón del placard. Recién seis y cinco, después de revolver todos los cajones y rincones de mi casa, bajé corriendo, despeinada y de malhumor a parar un taxi que me llevara rapidito y sin escalas a Honduras y Fitz Roy.

Cuando uno le da una esquina precisa y bien conocida a un taxista y lo imposibilita para preguntar en dónde queda o a qué altura es, sólo hay tres desenlaces —o martirios— posibles. De acuerdo al tipo de tachero que te toca, el final que vas a tener.

El primero es inofensivo pero insoportable. Al menos a mí me genera unas ganas de asfixiarlo con el cinturón de seguridad que no puedo controlar. Básicamente consiste en interrogarte durante todo el trayecto acerca del recorrido que querés tomar. Para eso, mientras vos tratás de leer o hablar por teléfono, el denso te detalla todas las calles en las que podría doblar, todas las avenidas que podría tomar, todas las vueltas que podría pegar hasta dejarte seca por dentro.

Leer completo

Hace dos meses se me ocurrió que era hora de comprar una buena cámara de fotos.

Lo primero que hice fue decidir entre la marca Canon o una Nikon, y después de leer, consultar y mirar precios, me decidí por la segunda. Sin embargo, Nikon tenía cámaras entre 150 y 1500 dólares que a su vez estaban divididas entre compactas y réflex, con diez millones de variantes. Así que además de ver precios y features, tuve que averiguar si la cantidad de megapixeles importaba más que la calidad del lente o el sensor, qué diferencias había entre una reflex de objetivo fijo y una con intercambiables, qué variables existían entre el zoom digital y el zoom óptico, a cuáles se les podía agregar flash y a cuáles no, y un montón de cosas que transformaron la compra en una pequeña odisea.

Durante más de sesenta días hablé con 4 fotógrafos y 2 amigos aficionados, leí varios blogs sobre el tema, hojeé tres o cuatro manuales, evalué todas las variables posibles y me informé con minucioso detalle. Y finalmente, cuando entendí todo y estuve segura, desembolsé una cantidad importante de dinero para comprar una cámara genial. La calidad de las fotos lo vale, pensé, tratando de tomar coraje para pagar.

Ayer, luego de unos días de espera, por fin llegó la cámara, y después de cargar la batería y ponerle la memoria, saqué mi primera foto:

Leer completo

Una de las cosas que más odio en el mundo es lo distraído que es mimarido. Sin ánimo de exagerar, todas las semanas. pierde algo. En los últimos seis meses, por ejemplo, perdió tres juegos de llaves (computarizadas, a $90 cada una), dos celulares (uno caro y uno barato), tres tarjetas de débito (una mía y dos suyas), dos pen-drives (de 2 y 4GB), un cupón de inscripción para un examen, plata (varios billetes de $100 y otros que no me debe contar), un cargador de notebook, un cable de ipod original y un short de tenis (que le conseguí especialmente para combinar con la remera). Y debe haber más, solo que no me acuerdo.

También se pierde él mismo caminando para otro lado o tomando el colectivo en el sentido opuesto, porque le falta un poco de orientación. Tanto es así, que mis hermanos le hacen bromas todo el tiempo y le quieren hacer poner una remera con mi teléfono y datos por si alguien lo encuentra en otra provincia y lo tiene que devolver.

Siempre fue así y si bien me exaspera no me quejo. A él le causa gracia y a mí ya me tiene acostumbrada a su incapacidad para retener información o recordar qué llevaba en el bolso al salir de casa. Después de todo, él soporta mi carácter, así que bien puedo padecer en silencio que viva a diez centímetros del suelo.

Leer completo

Ayer salí en la tapa del diario chileno "El mercurio". Me habían hecho un reportaje para la versión dominical y decidieron usar algo que dije ("Odio twitter, cómo lo detesto, es como monitorear un grupo de retrasados fingiendo que su vida es fabulosa") en una sección llamada "la frase del día".  Previsiblemente, mucha gente se ofendió. Mimarido me pregunta por qué soy tan peleadora y yo le digo que me divierte, pero no es cierto. Hoy no me divierte, hoy me cansa y me sorprende que haya gente capaz de ofenderse con las pavadas que  digo yo.

Yo siempre fui muy estudiosa. No anteojuda y chupamedias, pero estudiosa. Siempre me saqué las mejores notas, fui a clase con todos los apuntes leídos, entregué anticipadamente todos los trabajos prácticos y cuando pude, pasé primera a dar lección.

No creo en la inspiración, sino en la cultura del trabajo y por eso, siempre sentí un poco de rechazo por la gente que teniendo todo el día libre no estudiaba demasiado, llegaba a clase sin haber leído nada, o pedía prórrogas para rendir parciales. La verdad es que, salvo en algunos casos geniales, casi todos me parecían lamentables: unos siesteros holgazanes que desangraban el sistema de educación gratuita dejando materias y pidiendo plazos más flexibles cuando lo único que tenían que hacer era sentarse a estudiar la carrera que ellos mismos habían elegido.

Por eso, por el rechazo que me da la gente vaga, durante muchos años sólo me dediqué a estudiar. Leía, escribía y miraba películas durante diez horas por día mientras otros se divertían en fiestas, pateaban parciales, terminaban la carrera en diez años e iban a todas las entregas con las manos vacías a mendigar una prórroga.

Leer completo

El sábado 15 de agosto voy a estar en Chile, dando una charla sobre blogs en BLOGPOWER 2009, invitada por Telefónica de Chile, Movistar y la Universidad Diego Portales. Pueden ver el programa completo del evento clickeando acá y comprar los libros Bestiaria y Ciega a citas en cualquier librería de Chile o el evento desde ese mismo sábado. Los espero.

Leer completo

Hoy, un adolescente lleno de granos del otro lado del globo hackeo este blog. Y digo “hackeó” para que se ponga contento y presuma delante de otros amiguitos, porque la verdad es que hackear un blog como este, aparte de ser aburrido, es un pavadón enorme.  Esperamos que se haya divertido y que para cuando cumpla 18 sea un poco más solvente y original con la computadora, o va a tener que hacer soporte técnico de wordpress en un callcenter. Nosotros, por lo pronto, seguimos con la programación.

Leer completo

1) Consultora laboral

From: M.
To: bestiaria@gmail.com
Sent: Sunday, August 02, 2009 3:58 PM
Subject: consulta

hola carolina que gusto. queria saber si te podia mandar mi curriculun vital para que lo entreges en la revista que trabaas porque capas que lo podes entregar y asi cambio de trabajo.
el asunto que como sos una fuente casi como una consultora se me ocurrió pedirtelo.
si lo deceas, pidemelo.
otra cosa, sos algo de anibal agirre? porque yo hace años sali con un tal anibal aguirre. era bien… pero nos distanciamos por diferentes cuestiones.
bueno y si sos mandale un saludo mio, de m. esoty en la plata ahora…
un beso,
M.

***

Leer completo

Cuando leo blogs o páginas de otra gente, veo las estupideces que objetan o piden algunos lectores y se me hace agua la boca. Sé que no puedo meterme, así que me deleito imaginando todas las barbaridades que les diría yo. ¡Cómo me molesta que el anfitrión desperdicie la posibilidad de mandarlos bien a la mierda cuando le reprochan que no hace lo que ellos quieren o que tiene un errorcito en tal o cual renglón! Es como ver a alguien malgastando agua o tirando comida a la basura. Por suerte, la imbecilidad es un recurso renovable y hay para todos.

Cansada de ver tantas faltas de ortografía, le pedí explícitamente que escribiera bien y le advertí que no  pensaba ayudarlo si seguía escribiendo mal, pero no se dio por aludido. Volvió a pedir “alluda”, a suplicar por “fabor” y a avisarme que éramos colegas de la misma “aliansa” unas dos o tres veces.

galos8n.jpg

Sacada, le di un ultimátum.

Leer completo

Sí, ya sé que es previsible, pero no por eso es menos cierto.  Detesto el día de la madre, del padre y del niño, odio la semana de la dulzura, aborrezco el carnaval en todas sus formas, le huyo a la Navidad y a las fiestas de fin de año, y como ya dije antes, no soporto los cumpleaños y los casamientos. Así que, como se podrán imaginar, también odio el día del amigo.

O en realidad no. Porque “el día del amigo” no existe, es un invento de los shoppings y de cerveza Quilmes,  y no se puede odiar algo que no existe. Más bien odio lo cursi, lo cargosa, y lo desubicada que se pone la gente en el día del amigo. Más que nada la gente que no es tu amiga pero no lo quiere entender.

Durante años la gente que me rodea (o incluso los desconocidos) han tratado de explicarme sin éxito qué significa para ellos festejar este tipo de inventos. No puedo entender por qué me quieren evangelizar. A mí no me gusta festejar por motivos externos. Yo festejo cuando me gano un premio, cuando termino un proyecto, cuando concreto algo que ansiaba mucho, no cuando al Shopping Alto Palermo se le ocurrió que es el día para homenajear a mi mamá.

Hay gente corrupta, envidiosa, metida, desubicada, pedigüeña, irresponsable. Yo soy pesimista, malhumorada y peleadora. Y encima no quiero cambiar ¿Cuál es el problema? ¡Si yo no les pido que festejen nada conmigo! ¿Por qué me molestan?

Leer completo

Hace al menos quince días que todas las viejas apocalípticas están como locas con la gripe A. Pero no paranoicas. Sino  más bien obsesionadas como adolescentes fanáticas de un grupito pop. Se la pasan todo el día en el teléfono, preguntándole a todo el mundo si está bien y aprovechando para contar, como quien se cuelga una medalla, que un conocido de ellas tuvo la enfermedad. Tener a un amigo o un familiar con gripe las hace sentir  en el ojo del huracán, como si fuesen amigas de alguna estrella de Hollywood o hubieran pasado por alguna guerra mundial. También les gusta recitar de memoria  las precauciones, tener un primo que les consigue alcohol en gel por litro, o un pariente médico que les dice cuántas víctimas hubo de verdad en tal o cual hospital. Ni me quiero imaginar lo que puede llegar a pasar si una de ellas tiene la suerte, el privilegio ¡el honor! de contagiarse. Se le van a gastar los molares de tanto contar su experiencia con la muerte. Ojalá se les dé así me dejan de molestar hasta fin de mes.

El martes pasado sufrí un accidente pequeño pero doloroso: me desgarré. Y con tristeza confieso que no me desgarré corriendo una maratón a beneficio; me desgarré por estar escribiendo mal sentada, durante muchas horas, en las sillas de madera de algún bar de mala muerte.

Desgarrarse es tan doloroso y humillante que ni siquiera me pude poner de malhumor. En vez de enojarme con el destino o maldecir mi suerte, sólo podía repetir “dios mío ayudame” como un disco rayado, mientras mimarido llamaba un médico a domicilio. Un papelón.

Cinco horas más tarde, cuando el médico vino, me recetó una semana de reposo, unas pastillas con corticoides y el uso de una almohadilla eléctrica que mi gata se empeñó en acaparar cada vez que me levanté para ir al baño. Una semana entera. En la cama. Sin poder girar, ni doblar, ni pararme, ni alcanzar el teléfono sola. “Al menos no me voy a pelear” pensé. Pero por supuesto, me equivoqué.

Leer completo

 Si ustedes pensaban que yo era mala, intolerante, incorrecta, irascible y obsesiva, es porque todavía no habían conocido a mi hermano menor. Pero por suerte (para mí, que desde ahora seré la más buena de la familia), desde hace unos días pueden hacerlo, porque finalmente está en la calle el libro basado en su blog, “El bobero”. Les dejo la tapa y la introducción, a modo de paréntesis entre pelea y pelea, para compartir con ustedes algo que, a pesar de las diferencias de estilo, también comparto con mi hermano Agustín: el placer por la escritura, por los personajes horribles y las teorías descabelladas que tanto le molestan a la gente aburrida y común.

INTRODUCCIÓN

Para mí, El bobero, además de ser mi primer libro, significa lo que un buen abogado para un hombre inocente: un poco de justicia.

Es, por un lado, una colección de denuncias, de ideas, de reflexiones acerca de la mediocridad cotidiana, de la moral pre-establecida, de las costumbres sociales tontas y de algunos personajes nefastos que encontramos en la vida diaria, pero por el otro también un manifiesto contra la existencia gris y mediocre que nos propone la sociedad hoy en día.

Sé que quizás sea juzgado por quienes no se atreven a cuestionar la vida que tienen. Que muchos dirán que soy cruel, incorrecto, antisocial, incluso maleducado. Y quizás sea cierto. Para la vida que ellos tienen, para su pobre ética de oficinista amargado, quizás yo sea un delirante.

Leer completo

Cuando estoy enferma, me pone muy pero muy nerviosa que me sugieran remedios inmundos. Tomar té de cebolla cruda o agua de arroz, comerse la gelatina que dejan las semillas de lino en remojo, ponerse crema de hemorroides en la cara, mascar un ajo por la mañana, poner una palangana con agua de laurel debajo de la cama, y otras chanchadas que ni siquiera puedo decir en voz alta, son algunas de las que me han ofrecido en el pasado. Cualquier persona normal prefiere toser como un perro antes de tomarse una infusión de cebolla. Enfermos son los que la toman, no los que eligen seguir tosiendo.

Hace más o menos dos meses que abrió otra partida de alma cerca de casa: un centro de fotocopiado  con una magra librería, que atiende una cincuentona que lucha contra la computadora y ordena las Voligomas en fila india.

Yo jamás piso un centro de copiado, pero en estos meses tuve que escanear varios documentos y, como no tengo escáner en casa, tuve que ir varias veces a pagarle la escandalosa suma de $3 por digitalizar una carilla.

Cada vez que iba, me llamaba la atención el mismo asunto; que no tenían caja registradora, así que la señora, muy legal, hacía todas las facturas a mano, incluso cuando vendía dos o tres fotocopias o un sobre de papel madera. Seguramente pensaron que podían abrir así y comprarla más tarde, cuando el negocio despegara y por fin llovieran billetes.

Ni voy a ponerme a explicar lo nerviosa que me pone que use tres minutos para facturarme cincuenta centavos de fotocopias porque voy a empezar a trenzar esos insultos interminables llenos de adjetivos políticamente incorrectos que tanto le chocan a la clase media. Sepan nada más que tarda mucho más tiempo haciendo la factura a mano que sacando las copias o bajando de un estante el papel carbónico que le compré.

Pero eso no es nada. Lo que me vuelve absolutamente loca es que esos talonarios de facturas que usan, traen unas 100 copias y cuestan por lo menos $25 pesos cada uno. Es decir, que vale $0,25 cada factura.

Leer completo

Desde este mes van a poder leer mis notas para Revista Joy en el NUEVO sitio Planeta Joy (http://www.planetajoy.com). Por el momento hay cinco:

>> Una crítica y llamado a la reflexión sobre lo perversa y asquerosa que es la comida navideña

>> Un análisis extraño sobre la culpa de Narda Lepes en la proliferación de bolichitos de cocina berreta en Palermo

>> Una reseña de lo mejor y lo peor de cada supermercado.

>> 9 cosas que detesto de las revistas de vinos

>> Una crónica sobre el nacimiento y boom del negocio berreta de mermeladas y licores artesanales.

planeta2.jpg

Además, pueden encontrar reseñas gastronómicas, recomendaciones sobre vinos, artículos sobre tendencias gourmet, recetas para gente que no sabe cocinar, reseñas sobre bares y restaurantes nuevos y otras curiosidades desde un enfoque divertido y moderno.

Pueden suscribirse al newsletter, hacerse fan en Facebook y leer las actualizaciones desde el feed. Los invito a descargar su bronca y a contar sus anécdotas, como siempre, en los comentarios.

 

Leer completo

A los llamados diarios de Volkswagen, ahora se le sumó Banco Santander, Banco Privado, Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Movistar, Carlos Heller, y Emergencias Médicas. Absolutamente todos son grabaciones para comunicarme nuevas medidas, hacerme preguntas, o pedirme que espere unos segundos hasta que llegue un operador. La semana pasada escuché que sonaba el teléfono desde el pasillo y por apurarme para abrir y atender, me rompí dos uñas. Antes de ayer, mojé todo el living por salir corriendo de la ducha pensando que era un aviso importante que estaba esperando. Hoy se me quemó medio kilo de cebollas que estaba salteando por ir a atender a otra grabación.  No entiendo. ¿Qué va a pasar dentro de unos meses, cuando se sumen veinte empresas más ofreciendo sus servicios? ¿Voy a tener que contratar una recepcionista o poner un preatendedor?

Entre otras cosas, el mundo se divide entre la gente que lee las instrucciones antes de usar las cosas y la que usa las cosas directamente.

Yo no puedo decir si soy de los primeros o de los segundos, pero mi vida siempre estuvo atravesada por los manuales de uso. Desde los cinco a los doce años, todos los fines de semana, mi papá quería ver una película en el living o armar una mesita que había comprado en Easy Homecenter y me obligaba a ocupar uno de los dos siguientes roles: buscarle el manual de la VCR en todos los cajones de la casa, o sostenerle las instrucciones de la mesita mientras él maldecía y revoleaba fijaciones que nunca encajaban del todo bien.

Por esa época empecé a notar que en todos los manuales pasaba lo mismo: los dibujos jamás coincidían con la pieza real. La arandela “A”, para dar un ejemplo, que siempre lucía tan grandota y llena de muescas en el manual, en la realidad siempre era lisa. El tramo de tubo B era igual al C y al D y por varias horas los usabas al revés sin darte cuenta. Los tornillos que aparecían dibujados en el lado izquierdo de un ventilador en la realidad eran una palanca, y las piezas F, B2, B4 y C16 que a simple vista parecían imprescindibles, nunca aparecían en los gráficos. Si bien las cajas dicen que traen todo lo necesario para armar el producto,  cuando las abrís (un domingo a las ocho de la noche) te das cuenta que necesitás dos llaves Allen y una pico de loro y tenés que esperar hasta el lunes a la mañana, cuando abre la ferretería. Además, siempre sobran dos pitutos y una tuerca que nadie sabe en dónde va, el pie queda flojo, un cable es demasiado corto, y la pantalla no parpadea antes de apretar MODE como explica en el manual.

Leer completo

No soporto la frase "no tiene desperdicio".  Detesto cuando alguien me recomienda que mire una película o que haga un viaje y remata la sugerencia con esa expresión ¿Qué quiere decir que "no tiene desperdicio"? ¿Que es bueno porque rinde mucho? Asociar la calidad a la cantidad me parece deprimente. Me niego a hablar de un libro o de una película en los mismos términos que de un peceto o de una bolsa de acelga precortada.  No tiene desperdicio, me dicen. Imbéciles. ¿Entonces qué hacemos con el azafrán, la raíz de nogal o los viajes a la China? Las mejores cosas de la vida son pocas, difíciles de conseguir, y tienen un montón de partes que no sirven absolutamente para nada.

Los mozos son personajes difíciles. Los hay de carrera (cincuentones de boliche gallego que usan chaleco y no necesitan anotar), los hay improvisados (estudiantes de teatro muy simpáticos que no conocen el menú y se olvidan de traer la mitad del pedido) y los hay insoportables, desubicados, amargados y fuera de lugar. Estas son algunas de las peores anécdotas de camareros porteños.

El impertinente. Los mozos más malhumorados del mundo, por ejemplo, sirven chocolate con churros en un bar tradicional de la calle Corrientes. Son famosos por su cara larga, sus pésimos modales y sus quejas recurrentes. Hace unos cuántos años, en un afán adolescente de hacerse el escritor oscuro y torturado, un amigo concertó una cita con una chica que le encantaba en ese bar. Le costó dos meses convencerla pero al final la espera rindió sus frutos, porque al terminar la primera taza de café ya estaban besándose apasionadamente. Pero cuando más acaramelados estaban, con cara de asco e indignación, el mozo se acercó a la mesa, golpeó la fórmica, y les gruñó:

Mozo
A ver si la terminamos con los besos, que esto no es un hotel.

El metido. Otro caso de mozos desubicados me tocó en uno de esos bares enormes y vidriados típicos de avenida Cabildo o Rivadavia. Yo estaba con la que entonces era mi asistente y habíamos parado a almorzar a la salida del gimnasio. Lo primero que hicimos fue preguntarle al mozo por todo el menú “¿Las espinacas gratinadas tienen crema? ¿La milanesa puede ser al horno? ¿El panaché puede ser sin papa ni batata? Pero como todo tenía aceite o manteca, finalmente elegimos las dos lo mismo: un menú de milanesas de soja con ensalada de la huerta. Sin embargo, al mozo le pareció mal.

Leer completo

1) Feria americana

—– Original Message —–
From: lulu l
To: bestiaria@gmail.com
Sent: Tuesday, June 09, 2009 6:40 PM
Subject: hola carolina

hola como estas? te escribo por lo siguiente. me estoy mudando y estoy vendiendo algunas cosas y como vos sos popular y conoces mucha gente quizás puedas mandar un mail a todos tus contactos y avisarles, porque me estoy mudando y quizas tu me puedas ayudar el asunto que como me estoy mudando me tengo que desacer de algunas cosas y como me mudo a un lugar mas pequeño me tengo que deshacer de algunas cosas porque no me quepa todo en el depto nuevo, esta re lindo. y bueno, como sos asi que la gente te escribe te puede interesar la propuesta de ser la intermediaria… así adquiris mas popularidad… esto de los negocios da ganancia y que todos te conozcan y respeten. jeje.
bueno, vos ves, pero pensalo, es una buena oportunidad para ti
pensalo.
un saludo y bueno, resolvelo.
si te interesa, te paso los precios y los articulos que vendo
lulli

***


2) Seducido y abandonado

—– Original Message —–
From: A.
To: bestiaria@gmail.com
Sent: Tuesday, June 09, 2009 4:09 PM
Subject: Seducido

Tienes algo que seduce por lo bronco, como cuando intentas que una mujer ría al despertar y fuiste tan gilipollas de no recordar que es lunes.
Quisiera que tú a mí me linkearas, pero no lo harás porque recuerdas a todas esas mujeres que siempre te acaban mandando a la mierda. Tras seducirte.

A.

Leer completo

1) Andrés Pacotillo se sincera

From: Andres Pacotillo
To: bestiaria@gmail.com
Sent: Tuesday, May 26, 2009 5:43 PM
Subject: ay ay ay, carolina

Cuando te leo te juro que me dan ganas de que vuelvan los militares y te chupen.
Saludos!

 ***

2) Quería pedir un tema para mi novia que me está escuchando

From: JOSE
To: bestiaria@gmail.com
Sent: Friday, June 05, 2009 12:56 AM
Subject: para que la votaste

Hola disculpame que te moleste, pero queria pedirte un favor, tenes el tema “para que la votasta ” en mp3, si lo tenes, me lo mandas en archivo adjunto, gracias
jose

***

Leer completo

En el Olimpo de las cosas mersas, justo arriba de la gente que dice ¿Qué acelga? en vez de ¿Qué hacés? y de la que pone pasacalles para los 15 años de la hija, y justo al lado de los que usan vincha en los recitales y decoran la comida con el pico "rizador" de la mayonesa, están los anormales que te preguntan cuánto ganás. Esos son, a mi modesto entender, los especímenes más ordinarios del planeta. Ni hablar de los que te interrogan sobre lo que pagás de psicólogo, lo que te cobra la empleada doméstica, o cuánto te viene de expensas. Esos están en la cima de todo, apenas superados por los monstruos que usan riñonera.

La gente que no tiene un gato o un perro por falta de dinero, porque no tiene tiempo para atenderlos, o porque no tiene espacio en la casa no me merece ninguna opinión en especial. No los entiendo, pero me resultan indiferentes. Sin embargo, la gente que no tiene mascota para no ensuciar su casa me parece gente horrible. Ni hablar de los que compran un perrito o juntan un gato de la calle y una semana después lo quieren devolver porque se comió unos auriculares. Esa gente, además de ser asquerosa y miserable, está muerta por dentro.

Cada vez que miro televisión, que recibo publicidad por correo, que me invitan a participar de un concurso o que me quieren seducir con un descuento, me golpeo con una verdad que con los años se ha hecho cada vez más gruesa y evidente: la gente que trabaja en marketing es toda estúpida.

Sé que corro el riesgo de que muchos se enojen y me insulten, pero tengo que decirlo porque no puedo más. Desde hace más de dos décadas vivo con el peso de una vergüenza ajena que no me corresponde y me angustio por anticipado cuando me avisan que una empresa me va a mandar un regalo o va a lanzar un nuevo producto.

Y lo mismo me pasa con la tele o con la radio. Ni bien empieza una tanda publicitaria cambio de canal o huyo a hacerme un café (incluso cuando no quiero uno) sólo para ahorrarme el dolor de comprobar que otra vez a algún retrasado mental se le ocurrió poner a unos pibes con pecas saltando en gorrito para vender una mayonesa.

Es verdad, la publicidad tiene un dios aparte. A diferencia de la televisión, que se cancela cuando nadie quiere ver el programa o de los negocios que cierran cuando la gente no entra a comprar, la publicidad es una cucharacha que sobrevive al desprecio de los consumidores. De hecho, el zapping —y todo lo que el zapping conlleva— es un invento de la publicidad actual. Lo que parece un rally desenfrenado para recorrer la programación del cable antes de que termine la tanda es en realidad un escape terrorífico y contra reloj para esquivar a Fabián Gianola promocionando jabón o Luisina Brando hablando de su dentadura postiza.

Y por eso, justamente, tiene lógica que sea tan mala. ¿Para qué van a hacer algo bueno que nadie va a mirar? Sino fíjense en la excepción de esa misma regla: cuando la publicidad es creativa e interesante hacen un programa de TV exclusivamente dedicado a mostrar esa excepción. ¡Uhhhh, miren, hacia 1988, en Finlandia se hizo una publicidad buena! ¡Y no se la copiaron a nadie!

Leer completo

Todos los santos días suena el teléfono y cuando atiendo, me sale una grabación de Volkswagen diciendo que nos adjudicaron un auto. Todos los santos días. Todos, hasta los domingos. A pesar de que soy consciente de que es una máquina, me pongo tan loca que les termino gritando "¡Andate a la puta que te parió!".

Mimarido al principio se sobresaltaba y me preguntaba con quién estaba hablando, pero con el tiempo se fue acostumbrado a que me insulte con los contestadores. Pero ayer a la tarde se cansó. Cuando me escuchó gritar ¡Andate a la puta que te parió, pelotudo! por enésima vez, se acercó, y con esa cara de pena que le ponen los médicos a los pacientes que están muy mal, me explicó que era una grabación, que no tenía sentido ponerme así, sobre todo porque nadie me escuchaba. 

—En todo caso buscá la oficina de Vokswagen, llamalos y deciles que te saquen de su mailing. —¿Para qué?- le dije, sobresaltada. —¡Porque estás insultándote con una máquina! —¡Aaaaaaah! ¿Eso? No, nada que ver. Ese era el administrador.

Hace diez días tuve que ir a hacerme un análisis de sangre bien temprano. A sabiendas de que a las 8:30 de la mañana siempre estoy de malhumor,  procuré buscar un taxi nuevo y sin adornos raros (remeras en los asientos, perritos que mueven la cabeza, dados de peluche) que me llevara a destino libre de sobresaltos y conversaciones desagradables.

Tardé como quince minutos, pero la espera valió la pena. El auto era nuevo, el olor a limpio rozaba la germofobia, y además el chofer ofrecía los diarios y revistas de la semana y tenía los ceniceros llenos de caramelos. Me subí, dejé la cartera sobre el asiento y le dije el nombre del hospital. Ni hizo falta darle la dirección. Sabía perfectamente a donde era porque según él, ahí se atendía toda su familia.

Taxista:
Tengo la obra social del hospital por el trabajo de mi mujer.

Genial. Empezamos bien. No me pregunto “¿Pueyrredón y qué?” ni me preguntó si iba a la fábrica de Felfort, ni me dijo que había un incendio justo sobre esa avenida. Sólo hizo un comentario y luego se calló.

Taxista:
Si querés agarrá una revista. Son todas de esta semana.

Agarré el diario y hojeé la parte de espectáculos. Me di cuenta que no leía un diario de papel desde hacía por lo menos cuatro o cinco años.

Carolina:
Gracias.

Pero apenas empecé a leer tuve la impresión de que había caído en una trampa. Que ese auto de apariencia silenciosa y confortable, escondía en su fachada servicial la guarida de un charlatán.

Leer completo

Hace unos seis meses me fui a probar una remera en un local de ropa, pero como me quedaba corta, no la llevé. Cuando se la devolvía, la vendedora me hizo una sugerencia insólita que en ese momento me pareció na broma  "Llevatela y agregale una telita abajo", me dijo, la muy asquerosa.

Hasta ahora siempre había pensado que era un hecho aislado. Pero la semana pasada, entré a un negocio y quise probarme un collar y me pasó algo parecido: ni bien la dueña me lo alcanzó, me avisó que aunque era de aluminio costaba $180 porque era de un diseñador. Pero para mi desconsuelo, me lo probé y quedaba raro. Era como una gargantilla llena de discos que se te atoraban en el mentón. Hubiese sido más lindo si esos mismos discos hubieran caído con gracia en el pecho. Desconsolada, le agradecí y le dije que era una pena que no lo hubieran hecho más largo. Entonces la mujer me hizo la misma sugerencia que la anterior: "Y.... agregale una cadenita o un cordoncito".

Y es a causa de estas dos anécdotas simbólicas que hoy quiero hablarles directamente a todas las vendedoras remendonas, pordioseras, cochinas y desesperadas del mundo. Necesito que lo entiendan de una vez y nos ahorremos todos un mal rato: No voy a pagar ciento ochenta pesos para llevarme un collar para reparar, ni le voy a agregar piolines ,ni arrancar escuditos ni cortar la flor de cuero de un zapato recién comprado. Cuando alguien adquiere algo nuevo, pretende que sea impoluto, perfecto, con olor a cuero, a fábrica, a apresto.

Se los voy a decir una vez porque quiero que estén avisadas: a la próxima  puerca inmoral que me recomiende "rasparle algo" a una cartera, "cortarle una tirita" a una remera o "usarlo con otra cosa abajo" la prendo fuego en un probador.

1) Gigoló

De: Fabricio Balcani
Fecha: 1 de diciembre de 2008 10:56 AM
Asunto: hola
Para: bestiaria@gmail.com

hola estoy buscando mujeres mayores que queiran empesar una relasion con muchachos jovenes y apuestos, he visto en tu pagina que tu resibes correo de mujeres….. si por favor podrias avisarle, que mi nombre es fabricio balcani y tengo un amigo interesado tambien muchas grasias,desdeya fabricio balcani 21 años

***

2) Amigos imaginarios

From: Peter Wilson B.
To: bestiaria@gmail.com
Sent: Thursday, April 02, 2009 7:37 PM
Subject: saludos

Muchas felicidades por ser una gran guionista de películas te cuento que yo fui parte de una filmacion un corto metraje sobre un secuestro de la vida real pero no lo difundieron mi nombre es Peter B. soy boliviano de Cochabamba abogado pero me encanta el arte y en especial ser actor el cine espero me des respuesta y seamos amigos chau si gustas te lo puedo enviar ese corto metraje

***

3) Gente que busca gente

—– Original Message —–
From: silvia
To: bestiaria@gmail.com
Sent: Tuesday, May 05, 2008 1:39 AM
Subject: ¿primas?

hola carolina, por hay mi mail te parece algo loco…. yo se que es inesperado…. pero me parece que somos primas por parte de madre, por casualidad tu abuela no se llama de apellido Romagnoli? sos la hija de netita? perdon que te peegunte asi pero te juro que cuando vi tu foto en el blog estaba muy muy segura de que eras….. me acorde de cuando jugabamos con mi prima al jardin de einfantes en la quinta, y me parecio no me preguntes por que que eras vos….. sos? sos vos? te dejo mi celular por si lo sos je 156-xxx-xxx. ojala lo seas!!!!!

Leer completo

Como todos los lectores de La peleadora saben, tengo un segundo blog llamado Bestiaria. En el primero mis lectores me dicen Peleadora o Pelia; en el segundo me dicen Bestiaria, Besti o Carolina. Lo que muchos no saben (aunque algunos sospechen y otros aseguren) es que el año pasado tuve un tercer blog y desde entonces tengo también un tercer apodo. El blog se llama Ciega a citas, y ahí, mis lectores todavía me dicen Lucía, Lulú o LG.

 Ciega a citas cuenta la historia de Lucía G, una periodista soltera de 30 años que un día descubre que su madre apostó que iría sola, gorda y vestida de negro al casamiento de la hermana menor de la familia y decide hacer cualquier cosa (literalmente, cualquier cosa: volver con viejos amantes, citas a ciegas, búsqueda de pareja por internet) para no ir sola a la fiesta de casamiento.

 Durante nueve meses (desde noviembre del 2007 a junio del 2008) escribí en primera persona la vida de LG. Todos los días, por la tarde o por la noche, conté un capítulo de su historia, a modo de folletín, como si fuese la telenovela de las cinco de la tarde: a veces una cita patética, o el episodio de alguna relación fallida, una reunión del dietaclub, un domingo en pijama mirando tv berreta, una reunión con amigas casadas que hablan de pañales, un encuentro horrible con un candidato que conoció en internet o alguna reflexión irónica sobre su agobiante soltería.

 Escribir en vivo esta novela fragmentada en 250 capítulos fue lo más alucinante que me pasó en la vida. Es muy difícil escribir durante tanto tiempo metida en un personaje y lograr que los lectores no pierdan tensión ni interés y se muerdan las uñas por saber que sigue al día siguiente. Durante ese tiempo tuve que interpretar a Lucía en los comentarios, armar una estructura dinámica y coherente, transmitir todas las emociones y detalles de la historia en una sola anécdota diaria y por sobre todas las cosas, equivocarme lo menos posible, porque en los blogs en vivo no se puede borrar ni volver atrás, la goma no existe.

 Ciega a citas fue, por ahora, el desafío más difícil que tuve. Escribí el 24 de diciembre a la noche, cuando estuve enferma, en un viaje de vacaciones o después de trabajar 15 horas en otro proyecto, y si bien fue un proyecto enorme y delirante, nada me hizo más feliz que ser LG durante esos meses de mi vida.

Leer completo

Si agarro a la hija de puta que llegó a mi blog buscando "utilisima manualidades babero de goma eva" y "reseta huebos reyenos" no le queda un pelo. Y los que llegaron buscando "oviuan quenobi", "muñeco de peluche hijo boludo"  y "como se llama la cancion parapapa papapa" no sonrían, que ustedes vienen después.

El martes pasado, ni bien me enteré que para hacer unos trámites en el exterior necesitaba renovar mi pasaporte, me fui a la comisaría a hacer la denuncia de extravío. Apenas entré, un policía me preguntó qué necesitaba y en donde vivía. Lo típico. Cada vez que uno va a la comisaría, los policías preguntan en donde vivís y recorren un mapita con los dedos con la burocrática esperanza de que tu caso le toque a otra delegación.

POLICIA
¿De qué lado de la calle?

CAROLINA
Del lado que sea el de esta comisaría

 POLICIA
(Señalando unos bancos)
Bueno, esperá ahí  que ya te atendemos.

Cuando vi la cantidad de gente que había antes que yo (un chico joven y una señora de cuarenta años con una anciana que, presumo, sería su madre) me puse contenta. Como mucho, iba a estar media hora ahí adentro.

Sin embargo, dos coca colas más tarde y cuarenta minutos después yo todavía seguía esperando que me atendieran. El chico había terminado en quince minutos pero la señora hablaba tanto, lloraba tanto y gesticulaba tanto que el policía apenas había logrado avanzar con la denuncia.

Leer completo

Desde que tengo un blog, no hay semana en la que no que venga un lector a avisar que desde ahora en adelante, por el motivo que fuere, me va a dejar de leer. Como si estuvieramos en una oficina, o como si fuésemos el elenco de un teatro de revistas, este lector se organiza una despedida sin invitados ni anfitrión en los comments.

“Para ser franco,durante un tiempo,el blog me parecio divertido…Despues trate de interpretar a la fauna que lo visita,los que se buscan el primer comentario (…) y he decidido sacar a este blog de la carpeta de “favoritos” dijo Pablo, un lector anónimo, en el día de ayer.

En general, el resto de los lectores se burla por la ocurrencia, pero a mí el fenómeno me impresiona un poco. Una persona que nadie sabe que está  del otro lado del monitor me amenaza con irse, convencida de que me voy  a angustiar porque ya no va a clickear en mi link. Es como si un empleado mandara una carta de renuncia a una empresa que nunca lo contrató, como si un tipo que no conocés te sentara en un bar para plantearte que quiere ver a otras mujeres…

***

Atte. Sres. Chalchaleros.

El motivo de esta carta es para avisarles que desde que cumplí 17 ya no soy más fan de ustedes. Ahora me gusta Soledad.

Saludos,
María Cristina Lorenzetti
DNI 22.348.494

 ***

A quien corresponda:

Buenas tardes, soy Amelia de Villa Luro y quería decirles que luego de muchos años usando Fastix, compré el sellador genérico de Carrefour. Lo siento mucho, me pareció que lo correcto era decirlo de frente y no que lo escucharan en ferreterías de por ahí.

***

¡Hola, Ante Garmaz!

Quería avisarte que durante cuatro semanas vi tu programa pero que desde este martes voy a mirar Magazine en canal 26. Saludos, Lorena de Tapiales.

 ***

Sres Havanna,
De nuestra mayor consideración:

Desde el día de la fecha nuestra familia ha dejado de consumir sus alfajores.

 ***

Si ni te conocemos, Pablo ¿De quién te despedís?

Leer completo

1. Saludar con un beso a las cincuenta personas que llegaron antes a la fiesta.
Si agarro al anormal que extendió a los desconocidos el ritual de saludar con un beso, le parto una columna de hormigón en el lomo. Estoy harta de entrar a una reunión y que cincuenta personas te miren la trompa para darme un beso. Es una locura. Ya la acción de saludar es bastante arcaica, para que encima la practiquemos con gente que jamás vimos en la vida. A nadie le interesa besar a sus compañeros de oficina o la suegra de un amigo. ¿Por qué no buscan novios o amigos por internet y se sacuden la necesidad de afecto de esa manera?

2. Cantar el feliz cumpleaños en bares o restaurantes
¡Levanten la mano el que quiera matar a los estúpidos que cantan el “Feliz cumpleaños” en cualquier lugar! ¡Yooooooooo! Estoy harta de estar tomando un café tranquila en un bar y de repente sentir un estruendo e barrabrava alcoholizado que golpea la mesa y grita incoherencias en la mesa de atrás. Tu amigo no es mi amigo, no tengo por qué padecer su cumpleaños.

3. Comer torta en servilleta
No sé cómo se les ocurre que servir torta encima de un pedazo de papel es un comportamiento aceptable para un ser humano, pero quiero aprovechar este espacio para decir que no. Piénsenlo bien. Ni siquiera se usan cubiertos. Uno agacha la cabeza a la servilleta y come directamente con la boca, como si fuese un perro. ¿Qué va a venir después? ¿Vamos a tomar vino de un abrevadero y a comer morcilla con la mano? ¿Nos van a tirar maíz en el piso para cenar? Festejar es un lujo, no una obligación. Si no querés hacer nada, no invites gente a tu casa. Yo tampoco quería ir a tu cumpleaños y ahí estoy, comiendo con las manos, como un animal de granja para que vos no tengas que lavar los platos.

Leer completo

Yo puedo soportar a un idiota, a un lastimero o a un envidioso con total normalidad. Sin embargo, me resulta imposible ser amable o educada con los cursis. La gente cursi me saca todas las ganas de vivir. Me agrede con sus frases hechas, con sus rituales llenos de parentela cariñosa, con sus adornitos y tarjetas alusivas, con sus poemas dedicados a la madre, con su colección señaladores y muñequitos. Los odio, me dan arcadas; no puedo evitarlo. Cada vez que un padre cursi lleva a sus hijos vestidos en tiradores y moñito a una fiesta quiero morir. Si escucho "personita especial" o "estamos embarazados" cruzo los dedos para que llegue pronto el fin del mundo. La cursilería debiera ser reconocida como una patología, y los cursis como buenos enfermos mentales que son deberían estar encerrados en una institución llena de guirnaldas, duendes de la buena onda y adornos de goma Eva.

Este jueves 16 y viernes 17, de 15,30 a 18 hs voy a estar en Radio Mitre, en La otra pata, el programa de Marcelo Zlotogwiazda, hablando un poco más de mi malhumor. Pueden sintonizar la radio AM 790 o escucharme desde la web en www.radiomitre.com.ar.

Leer completo

Al menos dos o tres veces por semana recibo un mail francamente increíble. A veces es un pedido fuera de lugar, otras veces son detractores con ganas de desahogarse, internautas que están de paso, o gente que no entiende del todo bien como funciona internet.  No lo sé porque no los conozco y jamás les contesté ni les voy a contestar.

Hasta el día de hoy, los compartía con mis amigos más cercanos, que todavía no pueden creer las cosas que recibo y esperan ansiosos cada nueva entrega.  Desde ahora y a pedido de los lectores del blog, voy a abrir una sección para compartirlos también con ustedes. ¿Me creerán?

***

1) El prnsipe asul

From: R.
Date: 2008/10/20
Subject: hola soy un lector masculno
To: bestiaria@gmail.com

HOLA LINDA. ME ENCANTA TU BLOGSPOT  SOY UN GRAN SEGUIDOR TUYO….TENGO UNA LINDA CUALIDAD QUE POCOS HOMBRES POCEEN Y ES LA DE SER FAMINISTA Y PODES ADAPTARCE A LAS NECESIDADDES Y CONDICIONES DE MI PAREJA…. LAS MUJERES ESTAN SIEMPRE A LA BUSQUEDA DEL PRINCIPE AZUL…

YO QUIERO SABER QUE CLASE DE HOMBRE QUIEREN LAS MUJERES (UNA DESCRIPCION GENERAL)…. REFERENTEMENTE HACIENDO INCAPIE EN LA PARTE DE LA PERSONALIDAD, YA QUE ME ES MUCHO MAS FACIL DE MOLDEAR QUE MI CUERPO…

POR CIERTO, TENGO 19 AÑOS, PESO 96 KILOS, MIDO 1.85 COM, HACE POCOS AÑOS DEJE DE JUGAR AL RUGBY, POR LO QUE DESPUES DE TANTOS ENTRENAMIENTOS FISICOS Y PSICOLOGICOS HE OBTENIDO A CAMBIO UN BOLUMINOSO CUERPO (”45-Que te abrace un hombre grandote, con brazos pesados y espalda ancha” ESE COMENTARIO ME SUBIO LOS ANIMOS)Y UNA ALTA DISCIPLINA. ESPERO QUE ME PUEDAS AYUDAR EN MI PROBLEMA, QUIERO SER UTIL Y HACER FELIZ A ALGUNA MUJER Y DEMOSTRAR QUE TODAVIA QUEDAN APROXIMACIONES BASTANTES CERTERAS A PRINCIPES AZULES

***

Leer completo

No hay nada que me ponga más loca que las afirmaciones sin dueño. Ni bien alguien arranca una oración con la palabra "Dicen" quiero pararme y hacerlo callar metiéndole un trapo en la boca hasta que se ponga azul.

"Dicen los que saben que a Kennedy lo mató Bob Patiño", "Dicen los médicos que el dengue es un arma de destrucción masiva de Al Qaeda", "Se dice que Alejandra Pradón es el anticristo" son sólo algunos ejemplos. Y lo peor, es que mientras enuncian su estupidez arquean la ceja y ponen cara de espía de la KGB. ¿Quiénes dicen? ¿Quiénes son los que saben?  Y esos médicos que dicen tantas cosas...¿En dónde están? ¿Quién los conoce?

Hace unos meses fuimos con una amiga a comprar un collar a Palermo y nos dimos cuenta que  ya no sabíamos hablar español. A pesar de que toda la vida habíamos vivido en Argentina y que hasta veinte minutos atrás habíamos conversado en perfecto castellano con todo el mundo, ahí, en esa zona comercial, éramos como turistas extranjeras que miraban carteles con expresión confusa, rascándose la cabeza, tratando de dilucidar si estábamos en el lugar correcto o no.

 La historia empezó así: nos encontramos en una esquina sin un plan establecido. Yo quería comprar un collar y ella unos aros largos para una fiesta, pero la idea era mirar vidrieras, dar vueltas, y ver qué había de nuevo.  El plan, sin embargo, fracasó desde el principio. No sólo porque no sabíamos a donde ir, si no porque no podíamos averiguar qué vendían los negocios quehabía en nuestra cuadra.

 La primera marquesina que vimos decía “Victoria Díaz. Objetos”, y como decía “objetos”, allá fuimos. Un collar definitivamente es un objeto ¿O no? Pero cuando llegamos, los objetos eran de otro tipo. Había almohadones, floreros y unas sillas plásticas bastante feas que no diseñó Victoria, sino una fábrica de San Martín que vende al por mayor.

Leer completo

Los ferreteros  no te venden nada sin antes preguntar para qué lo querés. Es como si te tomaran examen de forma solapada. Vos pedís un sellador y te preguntan si vas a pegar con eso. Pedís una mecha de 6 mm común y te preguntan si la vas a usar en la pared. Por mis trabajos anteriores, yo soy muy buena alumna de ferretero y comparto con ellos el desprecio que sienten por la gente que pide "un cosito de esos para la luz" o "un ganchito para el barral del placard". No puedo evitar odiarlos. Cada vez que una señora intenta describir un herraje con palabras como "pirinchito" o "pendorchito", yo arqueo las cejas y me miro con el ferretero para que bufemos juntos.

Estoy en un bar muy tranquilo al que vengo a trabajar un par de veces por semana. El público, en general, está compuesto por amigas tomando el té, turistas, o gente que viene a trabajar con la notebook. Sin embargo, hace una hora llegó un grupo de amigas muy charlatanas que no paran de gritar y no me dejan trabajar. Tendrán unos cuarenta y cinco años, pero hacen chistes imbéciles, golpean la mesa, llaman al mozo a los gritos y otras delicias de inadaptadas adolescentes. Aguanté todo lo que pude pero eran tan pero tan insoportables, que no tuve más remedio que ir a su mesa a intervenir.

—Disculpame ¿Pueden dejar de golpear la mesa y de gritar?

—No estamos gritando, nos estamos riendo. Esto es un restaurante y es para festejar. Andá a trabajar a una oficina— me contesta la más gritona.

—Mirá, esto no es un restaurante. Esto es un almacén orgánico. Yo no sé a donde van a comer ustedes y no me interesa. Mirá alrededor. ¿Ves a alguna persona que “se esté divirtiendo” como te divertís vos? ¿No te das cuenta que estás fuera de lugar y que todos te estamos mirando con pena?

—Si los demás no saben divertirse no es nuestro problema.

Leer completo

Desde hace unos meses, al spam del email y a las llamadas de los telemarketers se le ha sumado una nueva desgracia: el spam vía sms.

Todas las tardes, mi celular recibe entre dos y cuatro mensajes de la empresa de telefonía con alguna promoción imbécil o el sorteo de alguna basura que no le importa a nadie.  Yo no sé a quién se le ocurrió esa idea pero es brillante. Pueden joder a sus abonados  hasta la demencia, sin recibir amenazas de muerte, aullidos descontrolados, ni incendios premeditados en sus locales.  Los aplaudo ¡Genios! El mundo entero les desea la muerte  y ustedes están en la oficina, como si nada, tocándole el culo a la secretaria y tomando café.

Después de más de cuatro semanas de paz con la vieja de la sillita, ayer tuve noticias de ella. Mientras estaba trabajando en el sillón de casa, escuché a lo lejos que me pasaban un sobre por debajo de la puerta, y como por esta fecha llega el gas y la luz, tuve que interrumpir mi trabajo para ir a ver la factura y enterarme si iba a tener que vender los órganos para pagar el consumo del aire acondicionado.

 Pero para mi sorpresa no había ningún sobre. Sólo una factura vieja, escrita del revés, que en letra temblorosa y despareja decía:

 “POR FABOR NO HASER MAS RUIDOS DE CANILLA ESTOY ENLOCECIENDO SOY UNA MUJER MAYOR NO PUEDO SOPORTAR TODO ESTO YA PASE POR BASTANTE”

 No sé bien a qué ruido se refiere. Lo único que se me ocurre es que a mi gata le gusta tomar agua de la canilla, y que, cuando nos vamos, la dejamos un poquito abierta para que tome de ahí. Pero ni siquiera yo escucho el ruido de ese hilito de agua. Es inverosímil.

Leer completo

¿Por qué será que toda la gente que canta mal se escucha a sí misma como Frank Sinatra?

Ayer, apenas me desperté y miré la hora, supe que Any, la chica que limpia en casa, no iba a venir otra vez. Previsiblemente me levanté de un humor perverso, desayuné bufando, leí los diarios quejándome porque las notas son siempre las mismas, e hice la cuenta: yo tenía que entregar varios artículos durante el día y si me ponía a limpiar no iba a llegar. Lo mejor era huir. Así que me tapé los ojos con la mano, agarré mi computadora y la cartera, cerré la puerta sin mirar atrás, y me fui a escribir a un bar en Palermo.

Me subí a un taxi mientras trataba de organizar el día mentalmente, pero con el bullicio de la radio era imposible. Un conductor de voz chillona y ritmo monomaníaco no paraba de hablar sobre lo fabuloso que sería su programa ese día.

—Tenemos de todo. Música, el concurso por los DVDs , el reportaje de riesgo y en unos minutos nada más, Charly con los argentinos desde Barcelona. Ya yayayayaya venimos, quietos ahí…

Cuando empezó la pausa aproveché para retomar. En un papel empecé a garabatear todo lo que tenía que hacer y a asignarle una cantidad de tiempo razonable a cada tarea, pero no pude seguir mucho tiempo, porque el taxista me lo impidió.

—Me salgo de la vaina, eh—me dijo, muy serio.

Me quedé en silencio unos segundos, desorientada.

—No puedo más de la ansiedad ¿Y vos?

Leer completo

Hoy es el día internacional de la mujer.

Eso quiere decir que seguiremos ganando un 30% menos que los hombres por hacer el mismo trabajo, que seguiremos siendo nosotras las que faltan a la oficina cuando un hijo se enferma, que seguiremos saliendo en cuatro patas en la revista Hombre por $5,90, que los diarios se seguirán ocupando de debatir si las presidentas usan malla o se ponen pestañas postizas, que nos seguirán exigiendo estar flacas, tonificadas y sin arrugas mientras a los hombres estallan de canas y triglicéridos, pero que, como recompensa, todos los 8 de marzo algún supermercado nos va a regalar un clavel de mierda.

Todos los años, el mundo es testigo del nacimiento de un producto estúpido y ordinario que, contra todos los pronósticos, se vende como pan caliente. El loco lope, el tiki taka, los sea monkeys, el goma-goma, el barrilete de Bob Esponja, el tamagochi, el yo-yo, el balero, los guantes mágicos, son sólo algunos ejemplos, aunque hay más. Por suerte, la presencia de estos cachivaches en los negocios no dura mucho tiempo. Se venden mucho durante un par de meses y luego desaparecen, hasta dentro de veinte años, cuando algún chanta los obliga a renacer.

Desafiando esta tendencia, desde hace más de veinte años, uno de los productos más tercos de esta familia de subnormales multiplica su absurda presencia en distintos avatares que se acomodan, con sus ojos plásticos y perversos, en los estantes llenos de polvo de librerías, jugueterías y parques de diversiones.

Sí, me refiero al objeto más inservible y mugriento de todos. Me refiero al peluche.

Leer completo

Todos los días recibo cuatro o cinco quejas sobre los lectores que se pelean por comentar primero en un post. Al parecer, a muchos les molesta que algunos escriban "pri" o "seg" sin haber leído el artículo, y me piden que los rete, que los borre, o que les diga que son unos tarados.

Hago esta aclaración hoy para no hacerla nunca más: estoy harta de que me pidan justicia o que me pregunten si no me saca las de las casillas. La respuesta es no. No me molesta. Me gusta el "pri". Me gusta saber que del otro lado hay alguien esperando ansioso leer lo que voy a colgar acá. Para eso escribimos todos, para que nos lean.

Desde la epidemia de fiebre amarilla en el año 1871, que no había una plaga tan vulgar, monstruosa y dañina como las empresitas familiares de desayunos a domicilio.

Amparados en la virtualidad de canales de venta online, un montón de improvisados ofrecen —por la módica suma de setenta pesos más quince de envío—un desayuno completo en la puerta de su casa, adornado con los objetos más siniestros que pueda recibir una persona al despertarse: globos y celofán.

La idea es simple, y a primera vista incluso podría pasar por cuerda: si se puede pedir un almuerzo o una cena por teléfono ¿Por qué no pedir también un desayuno o una merienda?

Sin embargo, detrás de este razonamiento apurado, la propuesta se revela bastante estúpida, porque el delivery nació como una solución a la falta de tiempo y al cansancio, y a diferencia de una cena —que bien puede ser una pizza— en el desayuno hay que poner a calentar el agua, hacer el café, armar las tostadas y luego lavar la vajilla. O sea, que igualmente hay que trabajar.

Pero veamos un ejemplo. Este es el desayuno clásico que se ofrece la mayoría de las empresas. A fines de hacer un análisis profundo, transcribí de forma textual (incluidas las comillas y las negritas) la oferta.

Leer completo

Desde muy chicos, mis hermanos y yo odiamos violentamente a la gente que declara sus gustos y hobbies a través de un adjetivo inventado terminado en "era". Cada vez que escucho a alguien decir que es "matera", "familiera", "mamera", "mañanera", "saladera" o "dulcera", para poner algunos ejemplos, fantaseo con romperle la cabeza con un bate de béisbol y luego colgarme del ventilador. Y ni hablar de los que duplican el adjetivo para darle más énfasis a sus fanatismo. La frase "Yo soy matera matera" me da ganas de salir a ametrallar gente.

1. Las revelaciones absurdas sobre sexo y salud

“Científicos aseguran que tomar una copa de vino diaria previene el pie de atleta”
“Descubren que el chocolate excita sexualmente a las mujeres”
“Un estudio revela que el 70% de los hombres es infiel en la oficina”

Me tienen cansada las notas acerca de disparates científicos avalados por alguna universidad norteamericana. ¿A quién le puede interesar que la Universidad de Arizona asegure que el morrón alarga la vida? ¿No tienen nada más importante para estudiar? La gente que lee esas notitas sobre folklore científico es la misma que se saca fotos en el Parque de la Costa o que le pide autógrafos a los famosos.¿No se dan cuenta de que al mes otro estudio revela exactamente lo contrario, que el chocolate deprime, engorda y da cáncer? ¿Hasta cuándo van a robar con ese reciclaje berreta?

2. Que pongan gente analógica en la sección de tecnología.

“¿Sus hijos están seguros en Facebook?”
“Cómo elegir una buena Notebook”
“Qué hay que saber a la hora de elegir un proveedor de internet”.

Nunca leí tantas burradas juntas como los suplementos de tecnología de los diarios. La mitad de lo que escriben ahí es lo mismo que piensa mi mamá sobre Internet o que las alertas de virus con las que se asustan las secretarias de sesenta años. Es increíble que habiendo tanta gente informada y talentosa todavía se empeñen en disfrazar a esos dinosaurios que antes de escribir una nota tienen que buscar en google qué es un megapíxel o cómo funciona el 3G. Sacan informes sobre la novedad de Twitter cuando hace dos años que la gente lo está usando, aconsejan comprar notebooks teniendo en cuenta si incluyen camarita web o antivirus, y hablan del robo de datos personales en Facebook como si  a alguien le pudiera interesar qué está haciendo la mayoría de los tarados que están ahí adentro.

3. Que la página principal de la versión digital esté atiborrada de noticias insignificantes sobre deportes

“Gallardo fue terminante: el Ogro Fabbiani está gordo”
“Perdió Gisela Dulko”
“Arsenal pelea por el descenso”

Hace unos años, en la tapa del diario salían los clásicos, la copa Libertadores, el Mundial. Pero hoy en día es tal la estupidez de la gente que hoy no alcanzan las noticias deportivas para tapar la realidad. Al lado de las medidas económicas que tomará el gobierno para paliar la crisis o el conteo de muertes del alud de Tartagal —en el mismo tamaño de letra y con la misma extensión— se pueden leer noticias sobre turismo carretera y al abierto de golf de Estados Unidos. Yo me pregunto: ¿A quién carajo le importa que el Ogro Fabbiani esté gordo, que Gimnasia pueda comprar a un jugador de Estudiantes, o que Gisela Dulko haya perdido por enésima vez? ¿No pasa nada más importante? Gisela Dulko ganó un sólo torneo en la vida y perdió doscientos. ¿Me van a contar cada vez que pierde? ¿No debería ser al revés?

Leer completo

Si alguien me vuelve a contestar que mañana va a venir a trabajar  "si Dios quiere" me pego un tiro. Si Dios existiera y fuese, en efecto, tan absoluto como dicen en los pasillos de las iglesias, les aseguro que no le importaría en lo más mínimo que el diariero abra su puesto a la mañana o que el lavadero me trajera las camisas en tiempo y forma. Si Dios quiere, me dicen. Dios no quiere nada, salvo que se pongan a laburar.

Desde que tengo un perfil en Facebook mi vida ya no es lo que era. Desde hace meses, vivo haciéndome malasangre virtual, respondiendo mensajes cargosos e impertinentes, y padeciendo la invasión sistemática de la gente que no hace nada en la oficina.

Antes de Facebook, yo interactuaba con doce tarados por mes. Más o menos tres por semana. Me tocaban dos fijos en el supermercado, uno por teléfono, tres o cuatro conocidos, y cinco novedades al azar. Me llegaba spam, sí, pero nadie me pedía que me uniera al club de fans de galletitas Formis ni me llegaban cervecitas virtuales a mi casilla de e-mail. Pero desde que me uní a Facebook, el número de tarados con los que me veo obligada a interactuar ha ascendido a ciento setenta y cinco por mes. Si no me creen, miren lo que les digo. Guardé las invitaciones que recibí desde el 1 de enero para evitar que pensaran que estaba exagerando.

facebook.jpg

Leer completo

Cuando uno alquila o reserva un hotel argentino por teléfono, siempre tiene que aplicar la regla del 50%. Por las dudas, hay que asumir que todo lo que ese lugar ofrece, en realidad es la mitad de lindo, la mitad de nuevo y la mitad de confortable de lo que sus dueños declaran en su página web.

Si mencionan cinco estrellas, en realidad tienen cuatro. Cuando hablan de un arroyo, probablemente esté seco o sea una acequia. La palabra "rústico" avisa que es una choza.  Un bosque muy cerca, en realidad es un jardín. Atendido por sus propios dueños quiere decir que explotan a sus hijos, y si dicen "antiguo", está viejo, destruido y a punto de derrumbarse sobre todos sus pasajeros.

No hay que olvidar que en algunos casos, al descontar el 50% ya no queda nada para ofrecer. Cuando un hotel aclara que tiene "televisor color" o "baño privado", dense por avisados. Es probable que estén a punto de vacacionar en una tapera.

De chica, la pesadilla del fin de semana empezaba el domingo, cuando a mis padres se les metía en la cabeza que teníamos que hacer cosas en familia. A eso de las once de la mañana, mi madre nos preparaba, mi padre prendía el auto y yo me ponía a llorar anticipadamente porque sabía que me iba a aburrir.

En vano les suplicaba que me dejaran en lo de mi abuela a ver películas y a recortar revistas. Mi padre nunca me dejaba. Para él, si era domingo, había que estar en familia.

En ese entonces yo no tendría más de ocho años, pero ya me preguntaba cómo se suponía que nos íbamos a divertir juntos si a todos nos gustaban cosas distintas. Qué íbamos a hacer si a mi hermano le interesaba sólo el fútbol, a mi papá el rugby y yo sólo quería dibujar, ver películas y leer. ¿Cómo hacían, para poner un ejemplo, un padre camionero, una madre maestra, un hijo intelectual de izquierda y una hija aspirante a modelo para divertirse de verdad un domingo a la tarde?

Aunque en ese momento yo no lo sabía, la respuesta era simple: ni la familia del camionero ni la mía se divertían. Nadie se divertía en esas salidas. Aunque se quisieran con el alma, todos querían huir. Si cuatro amigos que se eligieron por afinidad y comparten el humor no se pueden poner de acuerdo en el lugar de vacaciones o una salida nocturna ¿Cómo iban a estar de acuerdo cuatro personas diferentes que están juntas porque es lo que les tocó en la vida?

Leer completo

Averiguar la hora en la calle tiene una curiosa asociación con la brujería y la magia: de todas las veces que pregunto, una de cada tres, me responden con una adivinanza.

-Disculpame ¿Tenés hora?

-Uh, no, no tengo. No traje el reloj. Pero hace un rato eran las cuatro, así que calculale que son y cuarto, y veinte, y media más o menos. Más de eso no. Sí, calculale y media, más o menos, para decirte algo.

No puedo creer que alguien suponga que demorarte con sus ocurrencias es una forma de solidaridad. Si me tomo el trabajo de parar para preguntar es porque necesito imperiosamente saber la hora exacta.  Cuando me interese averiguar las conjeturas temporales de cada desconocido que hay en la calle, en vez de usar el verbo "saber" o "tener" voy a elegir "sospechar", "presentir" o "delirar".

-Che, disculpame. Sin mirar el reloj ni el celular, qué hora te parece que es... Tirame un número. Más o menos, para decirme algo... ¿Las tres? ¿Las seis? ¿Doce y media?

—¿Y ahora qué?—le dije a la vieja, sin presentación ni ceremonia.

—Mirá, yo te molesto porque acá la señora Angélica me dijo que ayer por la mañana, vos y el chico que vive con vos se llevaron unas sillas mías a su casa. Ella las vio cruzarlas por la medianera—explicó la vieja mientras que giraba sus ojos como canicas dementes hacia todos lados.

—¿Qué?

—Entonces a mí lo único que me queda pensar es que ustedes me cambiaron las mías, porque yo las tengo hace tantísimo
tiempo y nunca se habían roto y estas que tengo ahora sí.

Mientras la vieja exponía sus paranoias seniles, un poco por pereza y otro poco por justicia divina, pensé que quizás lo mejor era terminar la discusión en ese momento. No valía la pena entrar en una pelea infinita con una mujer que claramente no estaba en su sano juicio. Yo no me merecía estar en una situación así y menos por treinta y seis pesos. A veces es mejor no confrontar y dar un paso a un costado. A veces (sólo a veces) es mejor no pelear. Así que hice eso. No confronté. Antes de que terminara de artícular la “t” de “roto”, le cerré la puerta en las narices y volví a trabajar como si no hubiera pasado nada.

Pero la vieja no cedió. Dos minutos después se prendió del timbre como un ternero de la teta de su madre. Tan grande era el escándalo entre el timbre y los ladridos de Gastón que mimarido tuvo que salir de la cocina para ver qué estaba pasando. Cuando llegó al living, se sorprendió al verme impávida, trabajando en la computadora como si reinara el más pacífico silencio.

Leer completo

Para mí, pedirle un favor a la vieja estaba fuera de discusión. No era una cuestión de orgullo. Lo que me aterraba era establecer algún tipo de vínculo con ella. Que al hacerme el favor insignificante de dejarme pisar su patio por tres minutos, el día de mañana sintiera que podía pedirme que apagara el aire acondicionado, que le pusiera una inyección en la cola, o le cuidara a Gastón mientras ella iba al médico.

Ante este panorama, mimarido estuvo de acuerdo conmigo, no sin antes hacerme jurar que en el futuro iba a ser más diplomática.

—¿Pero vos qué pretendés? ¿Qué le pague una silla que jamás vi ni usé en mi vida?

—No. Que seas amable. Que seas más inteligente que ella. Que hagas lo que hice yo: que le expliques que jamás cruzaste a ese patio, que no tenés idea cómo se rompió su sillita y que vaya a preguntarle a todos los vecinos si vieron algo desde sus ventanas ¡Mandala a joder a otros! ¡Que vaya de puerta en puerta con su sillita preguntando hasta que se canse o alguien le diga que fue el viento!

—Lo que quieras, pero ahora ya está.

Así que al otro día, a las ocho de la mañana, cuando la vieja se fue a pasear a Gastón, subimos las reposeras por su patio sin que se enterara. El encargado —que también odiaba a la vieja— también ayudó. El día anterior había dejado las reposeras en la planta baja, en el cuarto en el que están las cosas de limpieza y los interruptores, para tocarnos timbre apenas la vieja saliera del edificio.

Leer completo

Cada vez que me estoy peleando con alguien tengo la horrible certeza de que un futuro cercano voy a necesitar algo suyo. Es justicia divina. Nunca preciso ayuda del vecino silencioso que me regala gajitos de plantas o me saluda a la mañana. En cambio, la terraza por la que hay que pasar un cable o el patio en donde cae la pelota siempre pertenece a la vieja con la que me agarré de los pelos en el palier.

Fuera de casa, en la calle, pasa algo muy parecido. La única ferretería que está abierta cuando se rompe la ducha del baño es la del carero al que insulté dos meses atrás y las mejores cerezas las tiene el verdulero al que acusé de ladrón cuando me puso tomates podridos escondidos debajo de la lechuga capuchina.

Yo lo sé bien, porque a causa de mi mal carácter durante toda la vida sufrí en carne propia estas represalias del destino. Cada pelea es un vecino menos, un proveedor prohibido, un negocio al que no puedo entrar. Me tuve que callar cuando entraron a mi casa a robar y nadie había visto nada, me tuve que joder cuando el instalador de aire acondicionado me cobró el doble para instalar el equipo sin que tocara la medianera del vecino, y tuve que lavar toda la ropa a mano cuando mi tintorería cerró por vacaciones y sólo quedó abierta la de la vieja que me había desteñido las toallas de colores y me las tuvo que pagar.

La vida del peleador es orgullosa y solitaria, pero además tiene ese condimento espantoso que tiene que ver con el azar. Para nosotros, los peleadores, el barrio es un campo minado. Cada vez que necesitamos algo de un vecino, seguramente sea un vecino con el que nos llevamos mal.

Hace un par de semanas, cuando llegó el calor, mimarido y yo fuimos a comprar muebles de jardín (nosotros, a pesar de vivir en un primer piso, tenemos un patio bastante grande: setenta metros cuadrados de mosaico) y elegimos unas sillas, un par de reposeras y una sombrilla de tres metros para protegernos de la mirada espía de otros pisos.

Leer completo

En todos los bares hacen algo que me vuelve loca: cuando pedís un desayuno, te traen  un cuenquito diminuto de mermelada y de queso blanco y una panera con doscientas cincuenta mil tostadas. Como mucho, llegás a untar dos enteras.

Así que hace cinco minutos, harta de este bluf, puse las tostadas adentro de una servilleta, llamé al mozo y le dije que se había equivocado, que por la mermelada que había, todas esas tostadas estaban de más. Como insistió con que así lo servían en ese bar, no tuve más remedio que hacerle una demostración practica:

Unté dos tostadas y media delante suyo y cuando me quedé sin mermelada, le pedí una explicación."¿Qué hacemos con el resto?" le pregunté. "No sé" me dijo. "No lo volvemos a poner más. La gente no piensa que son generosos. La gente piensa que no saben contar" le expliqué, y se rió  como un chico.

No sé de que se ríe si hablo en serio.

 

1. El gil que te lee el ticket
No soporto más al empleado que me lee lo que dice el ticket en la entrada. Desde que desapareció la figura garronera y vividora del acomodador, salió a flote este mamarrcho que ni siquiera señala el lugar; simplemente mira el ticket y te dice:

—Bueno, pueden pasar por sala 4, asientos L y F, fila 15.

¿Para qué quiero que me lean lo que tengo yo misma escrito en la entrada? ¡Si no supiera leer, iría a ver una película doblada o en español!

2. Las viejas que se cuentan la película

En todas las películas hay un par de viejas que duplican la información visual con los comentarios que creen estar haciendo en voz baja. Son como la voz en off del cine. Les encanta contarle a su amiga de al lado todo lo que va pasando, como si las dos no estuvieran ahí, mirando la misma película que yo.

—Claro, él la engaña y no le dice nada… Porque él es el muchacho de la otra vez, el que se encontró, que está casado con la rubiecita del ojo raro, pero ella no sabe…

3. Los adolescentes excitados

La primera salida sin supervisión que hacen los adolescentes es ir al shopping o al cine con amigos. Yo entiendo que sea perfectamente normal que se sientan adultos y muestren un entusiasmo a veces exagerado a causa de su nueva aventura. Pero si no son mis hijos ¿Por qué tengo que padecer yo el cimbronazo hormonal de estos mamertos con acné y bigote ralo? ¿Por qué tengo que soportar que se griten, se empujen, se tiren pochoclo y se rían de sus propios chistes boludos mientras sus padres descansan? ¿No es loco que los hijos le arruinen la película a los demás mientras los padres miran un dvd en su casa?

4. El libertinaje culinario

Chipacito con mate automático, nachos con queso, pizzetas, superpanchos, pochoclo, empanadas y cerveza son algunos ejemplos de lo que ahora se puede comer en el cine. Es imposible concentrarse y entrar mansamente en el drama de una película si al lado tengo a una tonta llorando con un hilo de muzzarella colgando de la pera. ¡En la pantalla hay una mujer muriendo de cáncer mientras tres tipos comen confites con olor de cherry pop y dragon fruit al lado mío! ¡Las golosinas estridentes y los olores borronean la conciencia de ficción! No puedo suponer que estoy en una guerra si la boluda de al lado masca fugazzeta como un rumiante ¡Se los pido por favor, vuelvan al maní con chocolate y a los caramelos masticables!

Leer completo

Detesto profundamente el mes de enero. No se puede empezar ni concretar nada porque todos se fueron de vacaciones, y los no se fueron todavía están achanchados por la seguidilla de feriados. No entiendo para qué se festeja fin de año el 31 de diciembre, si la vida no comienza hasta marzo. ¿No sería mucho más inteligente festejar cuando los chicos empiezan las clases, terminó la programación de TV enlatada y por fin se está yendo el calor?

Cada vez que leo "detalles de gran jerarquía" o "de nivel" en un aviso inmobiliario, sé que la propiedad es un engendro de nuevo rico lleno de manijas de bronce y escaleras de madera torneada con cuatro manos de barniz brillante.

Hace un par de semanas estaba tomando el té en la casa de mi hermano junto a algunos familiares políticos, y una chica empezó a contar que la noche anterior había conocido a un candidato perfecto para ella.

—No sé, espero que me llame. Charlamos un montón pero qué se yo. A mí me encantó. Me encantó la ropa que tenía puesta, cómo hablaba, la música que escuchaba, todo. Además, nada que ver con la onda de ahí. Divino, re tranqui, re humilde, re centrado— contaba la chica.

El relato estaba lleno de lugares comunes y alojaba, ignorante, esa esperanza cliché que tienen todas las mujeres que desean intensamente encontrar al amor de su vida: la de que existe un otro ideal para ellas. Sin embargo, no me molestaba. Sólo era la crónica desesperada de una boba cualquiera tratando de creerse que había encontrado al padre de sus hijos bailando, sin camisa ni vergüenza, en el parlante de un boliche del conurbano bonaerense.

No obstante, después de un rato, llegando al final de ese monólogo predecible, apareció una frase que tanto a mi hermano como a mí nos llamó la atención. No por novedosa —la habíamos escuchado muchísimas veces— sino porque por primera vez que la oíamos juntos y nos sonaba, al mismo tiempo, igual de idiota y absurda.

—Lindo no era. O sea, feo tampoco, pero tenía algo. Igual yo no me fijo tanto en esas cosas, a mí me importa lodeadentro— aclaró la mensa, con pretendida profundidad.

Leer completo

Los amigos, incluso los buenos, normalmente te someten a dos rutinas insoportables. La primera, de la que ya he hablado, es mostrarte sus fotos de vacaciones. La segunda, que hasta ahora no había mencionado, es contarte el sueño que tuvieron la noche anterior.

No entiendo por qué esta gente se empeña en someternos a la crónica tediosa y ridícula de sus ires y venires nocturnos. ¿No se dan cuenta que siempre es lo mismo? ¿Qué tiene de divertido escuchar que viste a tu papá sentado en un banquito azul y que después estabas en lo de tu abuela pero tu tía era rubia y tocaba la quena? Si los sueños efectivamente fueran interesantes, hubiera prosperado el cine surrealista. Termínenla. Nos están aburriendo.

mierda.jpg

Leer completo

Recién fui a la librería y estaba cerrada. Al parecer, cierran de 13,30 a 17,30 hs. No dejan de parecerme pintorescos los comerciantes que se quejan del país, de la caída de las ventas, de los costos fijos y de las ventajas que tienen las grandes cadenas, y sin embargo siguen cerrando todos los mediodías para dormirse cuatro horitas de siesta.

1. A los retrasados mentales que tiran petardos desde el 1 de diciembre
Los fuegos artificiales ya son una gansada que todos los años deja ciegos o mancos a unos cuántos irresponsables. Los petardos, sin embargo, son algo imposible de explicar. Yo puedo entender a qué clase de tonto le gustan las luces de colores, pero ignoro por completo qué tipo de anormal gasta plata para explotar cosas. Si les gusta el ruido ¿Por qué no se compran un tambor y un taladro con rotopercutor y se ahorran el temita ese de mutilarse las extremidades?

2. Que me sometan a participar en rituales estúpidos
No me interesa comer doce uvas a las doce, ni intercambiar regalos, ni cortar pan dulce, ni brindar, ni ponerme una bombacha rosa en Año Nuevo. Me parecen rituales tan lúcidos como el sacrificio de animales o bailar alrededor del fuego. No quiero compartir ninguna otra costumbre basada en supersticiones y menos si son mediocres y aburridas como subir varias copas juntas en el aire o comer fruta a la medianoche.

3.Que me molesten con los detalles sobre los preparativos
Hay mucha gente que considera que las fiestas son importantes. Yo no. Yo pienso que son una superchería inútil con mucho dorado y mayonesa. No puedo debatir quince días un menú o cuatro horas la logística para ir a buscar a mi abuela. Bastante tiempo pierdo comprando chucherías. Hacer ensalada de frutas no es una decisión importante, consíganse una preocupación en serio.

Leer completo

Desde el 15 de diciembre, mi pobre casilla de email está sufriendo los ataques de un virus extraordinariamente dañino: las tarjetas navideñas.

No existe nada más inútil y retrógrado que esos saludos de haragán con los que algunos pesados molestan a su lista de contactos durante fin de año. Nada. Ni siquiera las cadenas de email. Las tarjetas navideñas son las primas pesadas del spam y molestan el doble con esa musiquita perversa. Si me vuelven a mandar otro Papá Noel bailando no voy a tener más remedio que bloquearlos. Están avisados, no me sigan jodiendo con ese folklore berreta.

Desde hace unos años, la industria de souvenires, sales de baño y jabones manufacturados por admiradoras de Utilísima golpeó de cerca a la gastronomía. Apremiados por la crisis, luego de años haciendo muñecos de miga de pan, velas con caracoles y tarjetas españolas los televidentes del morboso canal de artesanías tuvieron que salir a buscar un nicho más rentable para arruinar. En este caso, la cocina artesanal. Sin embargo, la culpa no la tienen las conductoras ni los ejecutivos del canal. La culpa la tienen dos hombres que, paradójicamente, no saben nada de cocina: Fernando de la Rúa y Adrián Suar.

Debido a la recesión y el corralito del año 2001 la gente tuvo que encontrar nuevas formas de provisión y comercio. Entre ellas, el trueque. En los barrios, la gente se agrupaba en clubes, con la ilusión de mantener su rasa vida de clase media, y empezaba a ofrecer comida casera o clases de inglés a cambio de trabajos de plomería o arreglo de electrodomésticos. Sin embargo, este fenómeno que nació como un parche laboral, tuvo un efecto colateral inesperado. Cuando la recesión cedió y se abrieron nuevas fuentes de trabajo, muchos holgazanes no quisieron volver a trabajar, quisieron seguir vendiendo dulces caseros.

Al mismo tiempo, en plena crisis, Adrián Suar ponía en el aire su fallida serie “Ilusiones”, una comedia en la que Patricia Palmer interpretaba a la dueña de restaurante italiano que hacía deliciosa comida de cantina y elaboraba su propio lemoncello casero, que le servía, helado y cremoso, a su amigable cocinero cuando terminaban la jornada. Y esta conjunción impredecible de variables: la moda del lemoncello (un licor muy barato y fácil para hacer en casa) y la legitimación de los emprendedores gastronómicos artesanales de garage nos llevaron al infierno que vivimos hoy: una cochina plaga de mermelada y licor supuestamente artesanal.

Leer completo

Nahuelito, la luz mala y Papá Noel son mitos populares. Algunos creen que existen, otros aseguran que un amigo los vio de lejos, pero la verdad es que nadie pudo probar aún que efectivamente existan.

Lo mismo pasa con el 112. Aparece en la guía y en la factura telefónica pero nadie puede dar fe de que en ese número efectivamente atiendan seres humanos.

Yo tengo un primo que jura que una vez habló con alguien. Dice que llamó, pidió el teléfono de una empresa y lo transfirieron al 110, en donde le dieron un número absurdo de un locutorio en Villa Soldati,. La proeza no carece de mérito, pero convengamos que suena bastante inverosímil. Yo misma llamo hace 30 años al mismo número y nunca me atendió nadie.

En el sexto piso viven un par de retardados que todos los fines de semana nos aturden con sus fiestas mediocres. En general cantan cosas como "Entregá el marrón" o "Somos los piratas" mientras saltan y ululan como animales con el cuerpo tomado por un celo devastador. Hoy a la mañana, les pegué ocho timbrazos demoníacos para despertarlos, pero la verdad es que no me alcanzó.

Quiero que se patinen y se caigan por la ventana. Quiero que se mueran electrocutados al poner un disco. Quiero que un vecino los asfixie con una toalla enroscada hasta que vayan puerta por puerta suplicando perdón. Y pienso pedirlo como deseo cada vez que vea una estrella fugaz, que cumpla años, que pase por debajo de un puente, que encuentre una vaquita de San Antonio o un trébol de cuatro hojas, e incluso ahora, en Nochebuena.

No se van a salvar. Si los milagros existen, estos pelotudos no llegan vivos a Marzo.

Ring ring

Carolina:
Buenas tardes, yo llamaba para averiguar sobre la hostería…
¿Me podés contar un poco? Serían quince días para dos personas
a principios de enero.

Dueño:
Te cuento, en principio la hostería es un lugar familiar, atendida
por nosotros, mi esposa que es chef, mi hijo mayor y yo, así que es
un ambiente muy cuidado, en donde cada cosa está especialmente
elegida por nosotros. Tenemos cabañas y habitaciones individuales
con baño privado, no sé qué están buscando…

Carolina:
Ah, la cabaña me gusta más. ¿Son para dos o para cuatro?

Dueño:
Hay para dos y para cuatro, pero básicamente son iguales. Cuestan
$459 más impuestos por día y tienen una cama matrimonial y una de
una plaza, un futón, vajilla, ropa blanca, mucama una vez por semana,
televisión por cable, ventilador, tiro balanceado, deck…

Carolina:
Disculpame, creo que escuché mal. Escuché “ventilador”

Leer completo

El hipermercado de acá a la vuelta volvió a cambiar las bolsas. Aunque parezca increíble, ahora son todavía más chicas y más finitas. Puse una coca cola y una bolsa con dos lechugas adentro de la primera (porque no entraba nada más) y cuando la agarré, se rompió como una naranja podrida. Las acabo de medir, y están a cuatro centímetros de las bolsas que usa el kiosquero de acá abajo para vender caramelos.

Yo no sé quién fabrica esas bolsas, no sé quién las compra, no sé quién las soporta y no sé quién piensa que hacerlas más finitas es solidario con el planeta, pero están todos enfermos. Lo único que me mantiene en pie, es pensar que alguna vez me voy a cruzar con el comprador y le voy a poder decir que es un imbécil. Lo único.

Cuando yo era chica, los chefs nacían chefs. Eran hijos de familias acomodadas, con padres polistas, madres de la rubia aristocracia porteña, y tías emparentadas con la duquesa de York. Tenían chacras que cubrían la mitad de Córdoba o Mendoza, niñeras de toda la vida, y en la adolescencia viajaban a pelar papas a Francia para volver, cinco años después, transformados en artistas de la cocina internacional. Se llamaban Francis Mallmann o Gato Dumas, y uno los miraba ya no para aprender a cocinar, sino para envidiarlos.

Los chefs eran un poco como las modelos o los actores de los años cuarenta. No reflejaban un modelo real de persona. Por el contrario, nos mostraban un ideal de elegancia, de glamour, un modelo distante de dandy culto y viajado que era inalcanzable para la mayoría de los mortales. Si te llamabas Omar Alderete o Nelson Pichirili lo mejor era que estudiaras otra carrera, como gasista, chofer de micro de larga distancia, porque la puerta de la cocina del Hotel Alvear se te cerraba en la cara.

Sin embargo, desde hace unos años, surgió un fenómeno impensado, que sin querer, desembocó en una catástrofe sin precedentes. De repente, debido a la masificación televisiva y a la proliferación de las escuelas de cocina con matrícula barata, cualquier joven de familia de clase media, llamado Juan Carlos Trocero o María Ayelén Petito, se compra un colador chino y un soplete para gratinar y puede ser el chef ejecutivo del Hotel Alvear. Y está bien. Brindo por Juan Carlos, por Omar, por María Ayelén, y por Nelson, que cansados de colocar azulejos en baños ajenos, se decidieron por la pastelería.

Leer completo

Hoy viajé hacia atrás en el tiempo. Fui a Correo argentino. Hice una hora de cola con siete paquetes en la mano para que una empleada holgazana demorara veinte minutos en pesar cada sobre, preguntarme qué tenían adentro, les pegara unos stickers inservibles, y me cobrara la obscena suma de ciento cuarenta pesos para enviar cinco libros que van a llegar a destino dentro de un año y medio todos machucados.

Como si fuera poco, antes de irme, mientras me daba los números de cada envío, la tarada me avisó que  con ese número podía seguir el envío por internet sólo hasta que abandonaran el país. Pagué ciento cuarenta pesos para enviar libros que valen ciento cincuenta y ni siquiera me dieron un número que sirva más allá de La Quiaca. Salí tan confundida, que me fijé si estaba el De Lorean en la puerta, porque para mí estábamos en 1985, pero no vi nada.

Yo no vivía en un edificio desde hacía más de cuatro años, y la última vez que lo había hecho, había sido en dos torres enormes bastante feas con vigilancia y cuatro porteros. Por eso, la primera vez que me enfrenté a este fenómeno, recién fue hace seis meses, cuando me mudé al departamento que ocupo hoy.

Desde el primer día, cada vez que bajo a hacer algo, hay un estúpido esperando que le vengan a abrir la puerta. Y cada vez que abro la puerta para salir, el estúpido quiere aprovechar para subir directamente, sin que nadie baje a buscarlo.

Más allá de que me parece un acto descortés y rudo entrar a cualquier lado sin que nadie te haya invitado a pasar, lo que me vuelve loca de estos idiotas es que me ponen a mí, —que no los conozco, que no los invité, que no les bajé a abrir— en la terrible posición de preguntarles a donde vienen o de pararlos para decirles que no pueden subir hasta que alguien que lo conozca baje a abrirles. Sin querer, estos inadaptados me ponen en el rol de portera, de policía, de patovica.

Leer completo

Mariano Llinás, vi tu película de cinco horas sentada en una butaca del Malba y tengo una sola cosa para decirte:

MINISERIE.

Finalmente llegaron al final los BOBs, el concurso de la cadena alemana Deutsche Welle. Bestiaria, o mejor dicho, los lectores de Bestiaria (y los de La peleadora), ganaron a fuerza de insistencia y fanatismo el premio al mejor blog en español del público. El del jurado fue para 233grados, un blog de noticias español.

Este premio es muy importante para mí, porque significa ya no que tengo el mejor blog, sino que -aparentemente-  tengo los mejores lectores de todos. ¡Y qué puedo decir! Cada uno inventará lo que quiera, o dará las excusas que sienta más genuinas, pero la verdad es que quienes escribimos, mal o bien, escribimos para que alguien nos lea. Me alegra, me emociona mucho saber que ustedes están ahí leyendo. ¡Muchas gracias por ser mis lectores!

Más información en:
La Nación
Ámbito Financiero
Diario Los Andes de Mendoza
La vanguardia de España
Crítica Digital
La Gaceta de Tucumán
La Gaceta de Tucumán II
Diario Uno de Mendoza
Agencia CNA
Diario Panorama de Santiago del Estero
Diario Clarín

Leer completo

Según la empresa Alianzo, que actualiza semanalmente el ranking de blogs más leídos/influyentes/importantes de cada país, La Peleadora ya ocupa el número 45 de Argentina. Bestiaria, como siempre, se mueve entre los diez primeros.

pelia.jpg

Leer completo

El viernes me desperté decidida a pelear. No por capricho ni para satisfacer a los demás, sino porque mi trabajo corría peligro. O lograba pelearme con alguien o iba a tener que cambiarle el nombre al blog por “La Bondadosa”.

Probé de todo. Fui al correo a despachar unos sobres pero me atendió una viejita encantadora. Después fui a depositar unos cheques al banco pero llegué sobre la hora y no había nadie en la fila. También fui al supermercado, al lavadero, a pagar el ABL que estaba vencido, a buscar los vidrios para un cuadro, a cambiar una remera fallada, a dar de baja el cablemodem y no logré ni una mísera pelea. Ni una sola.

Como si todos estuvieran complotados en mi contra, después de años de hacerme la vida imposible, empleados y telemarketers me atendían y resolvían mis problemas con la rapidez de un relámpago. Así que volví a mi casa derrotada, con una sonrisa en la boca como muestra de mi inequívoco fracaso, puse música, canturreé, amasé ñoquis de calabaza, vi unas series, escribí un poco y dormí el sueño de los justos. Subí la bandera blanca, entregué mi ejército, pedí tablas. Me rendí y asumí que quizás no iba a pelear de nuevo.

Pero el sábado, por suerte, arrancó distinto. Si bien durante la mañana estuve feliz, hacia el mediodía tuve un malestar profundo e incierto. Para ser precisa, a las dos de la tarde en punto me puse quejosa e intolerante sin saber por qué. No me había peleado con nadie, no me habían llamado por teléfono y los vecinos no habían vuelto a poner el cedé de Marcela Morelo, pero estaba molesta como si tuviera una astilla clavada en el pie.

Leer completo

Ayer mimarido volvió a casa a las ocho de la noche. Abrió la puerta, se sacó los auriculares y, como yo estaba hablando por teléfono muy concentrada, me saludó en voz baja.

-¿Con quién hablás?-susurró.
-Shhhhh.
-¡¿Con quién hablás?!- insistió, curioso.
-Estoy contestando una encuesta de salud del Hospital Alemán…

Mimarido abrió los ojos grandes como dos relojes y se quedó así, clavado en la puerta, duro, mudo, aterrorizado, como pidiendome una explicación.

-¿¡Cómo voy a estar contestando una encuesta, Martín?! ¡Estoy hablando con mi mamá! ¡No estoy tan mal todavía!
-¡Y qué se yo! ¡Si estás desconocida!

Leer completo

Una de las cosas que más odio en el mundo es que alguien te toque el timbre por error. Uno está bañándose, revolviendo un risotto, tratando de bajar a la gata del techo de la biblioteca o durmiendo la siesta, y se ve obligado a interrumpir su actividad porque un tarado con dedos de morcilla no puede retener en su memoria una complejísima fórmula como “1 B”.

Por eso, cuando me tocan timbre y me dicen “Claudia, abrime” o me piden por la dentista Silvina Adorno, me gusta decir “Ojalá te mueras” o “Volá, pelotudo” y colgar el tubo sin mayor explicación. Me hace ilusión pensar que se quedan parados al lado del portero eléctrico sin saber si el dentista está loco o se equivocaron de departamento.

Hoy a las nueve de la mañana, por ejemplo, me despertó el timbre. Salí de la cama corriendo, atendí el portero y pregunté, intrigada:

-¿Sí?
-Dale boluda que hace frío….

Hasta el momento me habían llamado Dra. Adorno, Melissa o Raquel, pero boluda jamás. Al menos no en este edificio.

-¿Quién sos?- pregunté, todavía dormida.
-Dale boluda, la puta madre, me cago de frío, tengo las facturas- insistió un hombre desconocido.

Leer completo

Cuando me desperté esta mañana después de un sueño tranquilo, me encontré sobre mi cama convertida en algo monstruoso: una persona que se levanta de buen humor. Me toqué la frente, preocupada, pero no tenía fiebre. Me pellizque, previsora, para constatar que no fuese un mal sueño. Y me miré al espejo en el baño, aterrada, para comprobar si yo todavía era yo.  Y más o menos. Porque mi cara era la misma, sólo que yo nunca sonrío antes del mediodía.

No sé qué pasó, pero desde hace ocho días que no peleo con nadie, que no le grito a la cajera del supermercado, que no me enojo porque una fila tarda mucho o que no chisto, indignada, cuando el quiosquero de abajo me cobra treinta centavos más por la coca cola fría. Ni siquiera antes de ayer, cuando los adolescentes estúpidos que viven arriba tocaron la guitarra, salí a gritar al patio que les iba a mandar un sicario.

Todo empezó el día nueve, cuando fui a pagar las expensas al banco. Creo que en ese momento me perdí. Al menos, es el único motivo que se me ocurre ahora mismo, aunque tengo alguna otra teoría.

El Banco Itaú de Santa Fé y Agüero es idéntico a lo que algunos pintores imaginaron como el infierno. A toda hora aloja setenta personas furiosas en veinticinco metros cuadrados, ventiladas por un aire acondicionado arcaico y miserable de doscientas frigorías, tres cajeros que redefinen el término haragán con su lentitud alevosa y una recepcionista ordinaria que dice “vistes” y le explica a los jubilados que deben la tarjeta de crédito a los gritos pelados.

Apenas entré, supuse que me iba a pelear. Vi que iban por el 197 y que yo tenía el 264 y estuve segura: no me iba de ahí adentro sin ensayar una piña. Si hasta podía imaginarme la sangre de una clienta lerda corriendo como lava espesa por el piso, la cabeza de la cajera ensartada en el pasamanos como una brochette y las súplicas de la recepcionista para que no le estrellara su nariz de picaporte contra el vidrio del monitor.

Leer completo

Desde hace unos días estoy buscando adentro mío algún odio para ofrecerles, pero no encuentro nada. No sé bien qué está pasando, pero estoy de buen humor durante todo el día. La situación es tan grave que ya hace una semana no me peleo con nadie. ¡Una semana! No sé bien qué está pasando, no puedo fruncir el ceño, me he vuelto paciente y respetuosa y me da fiaca pelear. Faltó Vidalia y no lloré. Me atrasaron dos pagos y no estallé de ira. Calculé lo que cuesta irse quince días de vacaciones al sur y no tiré nada por el balcón. Ni siquiera cuando los oligofrénicos de los vecinos nuevos pusieron música y aullaron “uhhhh” “uhhhh” tuve ganas de bajarles la puerta a patadas y amenazarlos de muerte. Hasta me cae bien mi portero. Me desconozco. ¿Será permanente? Tengo miedo.

Leer completo

Desde hace un tiempo existe una tendencia popular que se encarga de hacer pasar a la gente malagradecida y desconsiderada por "distraída". Se supone que esta gente no es mala, sino que es olvidadiza. "Uh, me re colgué", "Uh, me olvidé", "Uh se me pasó" ¡Pero por favor! Una vez te podés olvidar. Cuando olvidarte de cumplir con tu trabajo, con tus promesas, con tus obligaciones es la norma y no la excepción, no sos un colgado. Sos un cagador oculto.

Les recuerdo amigablemente que pueden seguirme votando en el concurso de la cadena Deutsche Welle, los BOBs para mejor blog en español.  Todos los día se levantan, se lavan los dientes, se hacen el desayuno y me votan. Es una rutina. No me hagan enojar.

Leer completo

Cuando yo era chica no sabía ahorrar. A diferencia de mis primas, que siempre tenían una caja repleta de billetes planchaditos y relucientes, a mí la plata me quemaba las manos. Si me daban unos pesos, en vez de guardarlos para comprar algo grande, corría directamente al kiosco de mi barrio para transformar el billete en caramelos.

Recuerdo un día preciso en el que mi tío Carlos me había dado cinco australes y decidí comprarme 33 mielcitas y un chicle, pero como el kiosco de la Turca estaba cerrado, tuve que ir a gastar mi fastuoso billete al almacén de Macario, que tenía mucha menos variedad de golosinas que el resto de los comercios.

El almacén de Don Macario era igual a todos los almacenes de barrio. Sucio. Era un agujero en la pared oscuro, sin ventilación, con olor a vinagre, ruido a motor de heladera y un montón de afiches y calcomanías de promociones viejas. Vendía fiambres, galletitas, algunos yogures y un mediocre surtido de almacén que incluía gaseosas, yerbas y alguna mermelada.

Sabía que iba a tener que elegir de lo que tuviera en stock, así que alivió llegar y ver las tiras de mielcitas colgando de un caño negro que recorría toda la heladera de yogures. Las miré, hipnotizada, sin despegarles la vista mientras Macario me preguntaba por mi madre, por mi abuela, por el perro de un vecino que se había muerto y por el auto nuevo de mi papá: ¿Todos bien? ¿Tu abuela cómo anda de la rodilla? Decile a tu mamá que la vi el otro día en la municipalidad, estaba con tu hermano. ¿Tu papá cambió el auto? ¿Sabés si va a vender el viejo? ¿Está bien cuidado? Pero yo no podía entregarme a la conversación porque me estaba imaginando anticipadamente el festín de jarabe artificial en mi boca. Treinta y tres mielcitas me parecían un millón. No se iban a terminar nunca.

Leer completo

La gente que completa su perfil con sus películas y música preferida es toda estúpida. Y ni hablar de los que aclaran el signo del zoodíaco o ponen una frase de cabecera. Esos están pidiendo a gritos una lobotomía.

1. Que me traten de hipnotizar con técnicas de venta de los años ochenta.

−Hola, Carolina Aguirre, mi nombre es Mariana de Movistar, y queremos premiarla por su consumo…
−Decime, Mariana de Movistar ¿Por qué no me premias dejando de llamarme a las nueve de la mañana para venderme tus chorras promociones de llamadas larga distancia?

2. Que me discutan estupideces sin sentido para desviarse del tema central.

−Mira, hace veinticinco minutos que me dijiste que te espere en línea
−Eso no es cierto, señora Aguirre, fue hace veinticuatro minutos.

3. Que repitan cosas ilógicas sin pensar lo que están diciendo.

−Tiene que volver a llamar al 0800-999-999
−Pero te digo que llamé a ese número y atendiste vos ¡¿Entendés?!
−Sí, pero tiene que volver a llamar al 0800-999-999
−TE DIGO QUE LLAME A ESE NUMERO ANORMAL DE MIERDA ¿TENES SANGRE EN LAS VENAS? ¡TE LO PIDO DE RODILLAS, ESCUCHA LO QUE TE DIGO QUE ME ESTOY VOLVIENDO LOCA!

Leer completo

La gente que responde "de todo un poco" cuando le preguntan qué música escucha es la misma que se prende en el trencito de las fiestas de casamiento, la misma que hace discos con temas enganchados, la misma que se fanatiza con algunos jingles publicitarios, la misma que mira imitadores de celebridades en la televisión, la misma que compra libros de personajes mediáticos y la misma que vota por teléfono para eliminar a un participante de Gran Hermano.

El equilibrio del universo depende de un factor tan simple como trascendental: la armonía entre productores y consumidores. Si, por ejemplo, en una familia hay dos hermanos pijoteros, la cena de navidad y fin de año se viene a pique. Para conservar el equilibrio, siempre debe haber siempre un gordo que se gasta cuatrocientos pesos en petardos y pone un lechón, y otro que llega con una sidra berreta que le regalaron en la oficina.

Fuera del núcleo familiar, el universo también se equilibra con la cantidad de gente que produce y consume recursos. Aunque nunca con la misma intensidad, mientras que los primeros construyen, mejoran y cuidan la sociedad, los segundos la fagocitan. El aporte que puede hacer un veterinario siempre superará el daño que hace un tecladista de música tropical, por ejemplo.

Por eso, esos esfuerzos están representados por un número que le otorga un valor simbólico a los recursos. A un cirujano se le podría otorgar un puntaje de +5, a un maestro +4, a un científico +7, a un poeta +3, a un cobrador de peaje +2, a un recolector de residuos +3,5, a un guardabosques +3, y a un comediante +5,5.

Y al contrario, a quienes malgastan o absorben recursos, se les concede un valor negativo: los ñoquis, asesores y dueños de consultoras -5, los abogados de divorcios -8, los que piden probar varios gustos de helado antes de elegir -1,5, los que merodean a las promotoras que regalan comida en los supermercados -0,5, los cuidacoches -2, los que hacen más de un CBC y luego no se reciben -2, los que abren paquetes de alfajores en el supermercado -1, los usuarios de facebook que mandan matecitos -18, los que hacen la cola en el banco en vez de abonar las facturas online -5,5.

Leer completo

bobd.jpgPor segundo año consecutivo Bestiaria es finalista como mejor blog en español en los BOBs (The best of the blogs), el concurso que organiza la cadena de televisión alemana Deutsche Welle. No hace falta decir lo soprendida, contenta y emocionada que estoy con este reconocimiento. Pero este año por partida triple, porque además está nominado mi hermano menor por su blog El bobero y uno de mis blogs preferidos: Peinate que viene gente. Pueden ver el resto de los nominados acá ¡Y no se emocionen mucho, que nos va a devorar con justa razón la cubana Yoani Sánchez!

¡Quienes quieran votarme, pueden hacerlo acá!

Leer completo

El orden cotidiano se materializa en dos métodos o rutinas: las filas y los números.

Misteriosamente, los dos son igual de idiotas y agrupan el mismo número de tarados y estafadores. La filas tienen a los que no avanzan al mismo ritmo que el resto y dejan huecos, a los que desvían la fila para poder sentarse o apoyarse en la pared, a los que cuidan lugares para otras personas, a los que esperan a un par de metros esperando conservar su turno, a los que creen que su caso es excepcional y merece omitir la fila, a los que tardan demasiado en subir, pagar o hacer su consulta y atrasan a todos los demás.

Con los números el resultado no es mejor: están los que se ausentan y vuelven con un número que ya llamaron, están los sacan un número y se lo dan a otra persona, están los que sacan varios números inflando el tiempo real de espera, están los que montan guardia por miedo a no escuchar el suyo, y están los que a pesar de tener un número, un asiento o un horario para ser atendidos, intentan -con ardides extraordinariamente chorros- pasar antes que el resto, sentarse en otro lado, o conseguir una vacante de alguien que faltó. De más está decir que todos me exasperan. Soy una persona ecuánime e imparcial: los odio a todos con la misma intensidad y la misma violencia.

Yo no entiendo cómo hay gente que no se da cuenta que las fotos de sus vacaciones no le interesan a nadie. Estoy harta de fingir interés y emoción mientras veo doscientas fotos de un cerro pelado, el costado de la ruta o habitaciones de hotel. ¿Para qué querría ver fotos iguales a las que hay en internet sólo que fuera de foco, con un encuadre espantoso y la nitidez de un video en VHS? Y lo mismo pasa con los casamientos, bautismos y fiestas en general. ¿Para qué carajo voy a querer ver una foto de tu abuela comiendo vithel thoné o de la sandía calada en que servías una ensalada de frutas horrible? Para vos es tu abuela, para mí es una vieja igual de diez mil viejas. Ya basta de torturar a la gente con esos rituales de mierda. A nadie le interesa ver familiares ajenos. Y menos de vacaciones. Si vuelvo a ver a un amigo con las orejas de Mickey Mouse me pego un tiro.

Como buena ermitaña moderna, yo detesto las reuniones sociales. Odio cambiarme para salir, odio el ruido de la calle, odio regresar a casa de noche, e incluso odio tener que inventar excusas cuando quiero faltar sin que nadie se enoje. Desde que existe la entrega a domicilio e internet, cada vez salgo menos de casa. Si alguna vez lo hago es para ir a los mismos lugares de siempre o para emprender una tarea absolutamente imposible de ejecutar en el living de mi casa.

Sin embargo, de vez en cuando, un factor externo me obliga a salir. Nunca falta el retrasado que me invita a su cumpleaños, a una cena de parejas o a la fiesta de fin de año y me quita las ganas de vivir.

De más está decir que ni siquiera me importa quien organiza la reunión. Me da igual si es un amigo a quien adoro incondicionalmente. Cualquier ocasión que agrupe gente elegida con el corazón y no con la cabeza es, para mí, una pesadilla. Después de todo ¿De qué pueden hablar el cabezón del quiosco, un ex compañero del jardín, dos conocidos de la oficina, la novia idiota de un primo lejano y cuatro amigos de toda la vida? ¿Qué anécdotas, qué intereses, qué personas tiene en común esa ensalada de gente?

Pero, aunque a primera vista parezca lo contrario, la heterogeneidad de invitados no es lo que más me molesta de las reuniones. Me molesta, sí, pero no por la diversidad en sí misma, sino porque es el principio de otro fenómeno que detesto. Así como cada reunión tiene una mujer que descalifica a su marido, un desubicado que se come cuatrocientos triples y mea la tabla del baño, y una pareja con hijos maleducados, también tiene un experto. Y cada vez que un experto se asoma a una fiesta, la noche se me vuelve oscura y profunda como un agujero negro.

Leer completo

antologia.jpgEn la primera semana de noviembre saldrá a la venta una antología de cuentos a cargo de Santiago Llach y Natalia Moret, bajo el sello Emecé, en la que esta pedantísima servidora tiene un texto. Todavía no puedo saber si me pusieron entre las últimas autoras (entre las que están Silvina Bullrich o Hebe Uhart, por ejemplo) porque mi texto es muy malo o por una cuestión de ritmo. No me animé a preguntar ¡Ni quiero saberlo! Por el motivo que sea, estoy contenta: no todos los días el azar me pone al lado de Silvina Ocampo.

Cecilia Pavón (Teoría posmarxista de la infelicidad), Magalí Etchebarne (Furia contra la máquina), Sara Gallardo (Un secreto, Némesis y Palermo), Romina Paula (Si llegás a faltar un verano), Amalia Jamilis (Los veranos falsos), Rosario Beltrán Núñez (El regalo de Caraí), Mónica Müller (Observaciones científicas sobre cuatro modelos de infidelidad en la hembra humana), Adriana Battu (Cero culpa), Florencia Monfort (French 2208), Silvina Bullrich (El tercero en discordia), Ana María Shua (La caída),  Hebe Uhart (¿Cuándo vuelvo?), Carolina Aguirre (Cuestión de fe), Silvina Ocampo (La casa de azúcar).

Leer completo

Siempre me volvió loca que algunas mujeres -por asco, prudencia o higiene- no se apoyen en inodoros ajenos, pero sí hagan pis paradas, se tambaleen y ocasionalmente mojen la tabla y sus propios pantalones. No entiendo. ¿Les da asco tocar una pieza de plástico que tocó otra mujer pero no les da asco manguerear todo el baño con su orín demente? Además, estas reinas escatológicas son las mismas que después gritan finito cuando escuchan un chiste grosero o ven vómito en el piso.


Así que harta de esta hipocresía femenina, decidí acabar con la impunidad del meo, y esta misma tarde, sin buscar demasiado, ya pude ajusticiar a una. Fui al baño de un bar y estaba ocupado, así decidí esperar afuera, en la puerta. Cuando la chica que estaba adentro salió y me vio esperando se quedó desencajada y amagó con volver a entrar pero hipnotizada por mi mirada penetrante y reclamona, finalmente salió. Rápida como un rayo, me di cuenta de que algo pasaba, miré el baño y estaba todo salpicado de pis. Así que inflé mis pulmones, y muy patriota le grité: "Chancha, measte todo el baño". La chica se dio vuelta, me miró y abrió los ojos bien grandes. Entonces insistí: "Vos, la puerca de sweater verde, dejaste el baño todo chorreado. Vení a limpiarlo". Muerta de vergüenza, la piyona apuró el paso, así que me apuré para rematarla antes de que llegara a la salida, mientras me doblaba de risa. "Alguien que agarre a la señora de sweater verde que meó todo el baño", dije, pero desgraciadamente nadie la agarró.
No tengo idea si se fue sin pagar, si no era cliente o  si justo se estaba yendo. Como sea, están avisadas, meonas. Ojo con lo que hacen. La peleadora anda suelta haciendo justicia.

oblea-bestiaria-2e.jpg

Se agotó la primera edición de Bestiaria. Eso quiere decir que se están vendiendo los últimos ejemplares en las librerías. Hoy me avisaron que se está reimprimiendo la segunda edición, que saldrá a fin de mes.  Normalmente no sería necesario decir que estoy muy contenta, pero conmigo nunca se sabe. Así que quizás sí sea oportuno decirlo: estoy muy feliz, por un par de días no me voy a quejar ni a insultar a nadie.

Bueno, un par de días quizás sea mucho. Quizás hasta mañana. Porque si no escribo pronto sobre la vieja de mierda que se mudó al piso de arriba, no quiero seguir viviendo.

Leer completo

1. Las películas que eligen los choferes
Hay que estar muy drogado para pensar que un chofer de micro puede elegir una película para sus pasajeros. Estoy podrida de ver a Van Damme doblado al castellano o a Vin Diesel apixelado rescatando a una retrasada mental con la cara de Barbie. Y lo peor es que no me animo a pedir que la apaguen. No por pudor, sino porque muchas veces lo cambian por algo peor. Los choferes son muy afectos a la música melódica y tienen enganchados de videoclips de Marco Antonio Solís y Jorge Rojas todo aceitado y con brushing ululando melodías inmundas que dicen mucho “calor”, “piel” y “seno”.

2. Los alfajores, el jugo, el café
No concibo inmundicia más venenosa que el alfajor Nevares. O sí, el “Mar de Oro”: un acordeón de galletas duras y amarillentas cubiertas con vela Ranchero que ahora tiene el mal gusto de venir también triple. Los científicos que buscan la razón de la muerte súbita en bebés deberían dejarse de joder con estudios superficiales y empezar directamente por ahí. Dejen de ver si las madres fuman, se drogan o beben alcohol durante el embarazo. Mejor averigüen si no se comieron un alfajor Mar de Oro en un viaje a Mar del Plata después del segundo mes.

3. Los tarados que hacen de policía a bordo
Siempre hay algún idiota que no entiende la dinámica del micro y se enoja porque reclinás el asiento, porque abrís la ventanilla, porque prendés el aire, porque lees con tu lucecita prendida, porque te levantás para hacer pis. Les cuesta entender que si el servicio existe, es porque está bien usarlo. ¿Para qué iría uno en un coche cama si no puede tirar el asiento para atrás?

4. Los nenes maleducados
Ya sé. Es un clisé. Pero es la verdad. Hay niños encantadores y niños maleducados. Niños graciosos y niños tontos. Niños rozagantes, bonitos, divertidos y niños grises y fuleros.
Si un nene es maleducado e insoportable tiene el deber moral de ser lindo. Un nene feo no puede darse el lujo de molestar.  Así tu hijo es feo, o largo y flaco, o tiene más de seis años (a los seis años los varoncitos son medio bobos) tenelo atado con el cinturón de seguridad. No dejes que vaya a molestar al resto de los pasajeros con sus preguntas. No nos causa gracia que nos den un baybiscuit erosionado y empapado de saliva, ni que nos pregunte estupideces sin gracia con la nariz llena de mocos.  Vos lo ves lindo. Pero sos vos. No es él. Él sigue igual de feo.

Leer completo

No tengo idea por qué, pero a todas las víctimas de secuestro las liberan en el mismo lugar. En Moreno. Estoy harta de que los secuestrados digan siempre lo mismo: "me dejaron en un descampado, no sabía en dónde estaba...". ¿En dónde vas a estar? En Moreno. No sé si es un plan universal o coincidencia, pero a todos los dejan en el mismo lugar. Así como Escobar es la Capital Nacional de la flor, Villa Dolores es Capital Nacional de la papa y la yerba mate tiene su ciudad en Apóstoles, Misiones, Moreno es la Capital Nacional del secuestro express.

1. Las mujeres que no golpean la puerta del baño y tratan de entrar directamente.
Cada vez que estoy adentro, alguna puerca fuera de control empuja desquiciada para meterse en el baño, y cuando se da cuenta que está cerrado, pide perdón. No entiendo cómo pueden ser tan cochinas y repugnantes para no tocar primero y esperar que no haya una voz que avise que está ocupado antes de pasar. No tanto por los demás, sino por ellas. ¿Quién quiere entrar a un baño ocupado y ver a una vieja haciendo fuerza? ¿En su casa hacen lo mismo? ¿Se meten adentro del baño con el hermano, la abuela, el pintor que justo fue e hacer pis? El gobierno de la Ciudad de Buenos Aires debería clausurarlas. No al baño. A ellas.

2. Los mozos que te preguntan si querés edulcorante o azúcar y te dejan tres sobrecitos en la mesa.
Estoy harta de tener que darle explicaciones al mozo de cuánto edulcorante le pongo al café. Lo peor, es que es culpa de mi abuela. Fueron las viejas, en ese frenesí por lo gratis que desarrollan los jubilados y que nada tiene que ver con la clase social, que se empezaron a meter los sobres en la cartera.

3. Los mozos que fingen que no se olvidaron de tu pedido, sino “que está saliendo”.
Sí, veinticinco minutos para un té y hora y media para un cortado. Está complicado el tema del filtro ¿No?

4. Esa nueva moda norteamericana de compartir mesa.
Hace un par de semanas estaba sentada en Starbucks esperando a una amiga y dos viejas se enojaron porque no las dejé sentarse en mi mesa. “Es grande y se puede compartir” me dijeron, indignadas. “La mesa se puede compartir, pero la conversación no” les contesté, asquerosa como siempre. A ver si nos organizamos: no tengo ningún inconveniente en sentarme con un desconocido si ambos estamos trabajando en silencio. ¡Pero no es lo mismo con dos grupos de amigas que van a cotorrear y a escuchar lo que cuento! ¿Se supone que yo me junte con una amiga a hablar en código como cuando teníamos quince años y decíamos delante de mis padres que nos íbamos a emborrachar?

Leer completo

Entre una persona envidiosa y una optimista, prefiero la envidiosa. Entre un mentiroso y un optimista, me quedo con el que me miente. Entre un psicópata, un estafador, un asesino serial y alguien buena onda, prefiero el primero toda la vida.

Odio a la gente que cuando le cuento un problema o un enojo tremendo, me pide que mire el lado bueno de las cosas, afirma que fue "una desgracia con suerte", me asegura que voy a aprener mucho de esto, me dice que el otro es tonto pero no hace las cosas con maldad, me aconseja que piense "en positivo", me regala amuletos de la suerte, me suplica que no sea mal pensada, me sugiere que no me haga haga problema antes de tiempo, y por último, me desliza que a veces las cosas malas a veces suceden porque son una prueba de Dios.

La próxima vez que un tarado de estos me diga que tengo que estar agradecida por lo que tengo, voy a la casa y le rompo todo. Vamos a ver si ahí también cree que mi exabrupto fue una desgracia con suerte y que lo hice por tonta y no por maldad. Vamos a ver.

El domingo, en Tucumán, decidimos ir hasta el cerro. Nos subimos a un taxi para que nos llevara, nos esperara y luego bajara con nosotros. El paisaje era hermoso, el clima era perfecto, mimarido estaba más bueno que nunca, pero hacia al final, cuando llegó la hora de pagar, el taxista, como siempre, me arruinó el paseo.

Carolina:
¿Tenés cambio de 100? No tengo ochenta y siete pesos

Taxista:
Pero es 150, se cobra el doble porque es turístico….
Cuando es turístico se cobra así, por kilómetro.

Carolina:
¿Por qué?

Taxista:
Y… porque te alejás mucho y hay que volver.

 Carolina:
Pero si te tomamos en la terminal y volvimos a la terminal
y te estoy pagando la vuelta.

Taxista:
Sí, pero fue lejos.

Leer completo

La gente más idiota del mundo es la que usa las siguientes fórmulas para hablar de sí misma: "porque yo no soy ningún boludo", "yo seré bueno, pero no boludo", "porque si hay algo que soy, es sincero" y "porque yo, a boludo, boludo y medio". Inmediatamente después de escuchar a alguien aclarando que no es boludo, lo catalogo como un imbécil para toda la vida. Y no hay forma de revertirlo. Sólo un boludo necesita avisar que no es boludo. Los demás están ocupados con otra cosa.

Como la mayoría de los adultos gruñones que conozco, yo también odio el día de la primavera. Detesto los puestos de flores vestidos de celofanes, los informes sobre la sensación térmica, los movileros de la tele en musculosa, y el hormiguero de estudiantes de bigote ralo y frente acnéica que, munido de tapers, pelotas de fútbol y cartones de tetra brik, sale a castigar el indefenso rosedal de Palermo.

Pero además de un escenario de vándalos con las hormonas por las nubes, el día de la primavera es ante todo, el preámbulo de ese infierno llamado verano, que algunos obtusos asocian a las caipirinhas y a las reposeras, en vez de entender que en Buenos Aires, el calor tiene más que ver con el olor a bolas que hay en el subte que con tomarse un trago al borde de la pileta.

Sin embargo, a diferencia de otros quejosos, yo no empecé a odiar el día de la primavera cuando la edad me volvió mañosa e intolerante. Con los años mi repulsión militante ha crecido, es verdad, pero yo odio el día de la primavera con idéntica pasión desde que tenía once años. Desde que miraba dibujitos animados, soñaba con ser grande y creía que Nellie Oleson era la chica más linda del mundo. Desde que fui por primera vez con mi taper y mi mochila a recibir a Pomona en los lagos de Palermo, y volví a casa llorando a casa con un pebete de salame pegado en el pelo.

Leer completo

La gente que le agrega "s" a cualquier palabra (dice "fuimos al vips del boliche", "Actúa Alfredo Caseros", mediaslunas, "Untado con un dips de cebolla", soy fans de Cristian Castro) es la misma alguna vez fue socia del fanclub de algún artista latino, llama a las radios para mandar saludos, pone pasacalles para los cumpleaños, compra ropa en mercadolibre, baila cumbia en los casamientos, toma licores frutados, ananá fizz, y tragos como "Orgasmo de pitufo" o "Pantera Rosa".

Este viernes voy a estar en Tucumán presentando BESTIARIA. La cita es a las 21 hs, en la sala “Paco Urondo” de la Librería El Griego (Muñecas 287) en donde Bernardo Erlich me presentará y hablará pestes de mí. Además, la actriz Vicky Pérez va a leer algunos textos del libro. A quienes vivan en Tucumán, los espero ahí, y a quienes no, mala suerte.

Leer completo

Cuando era chica tenía un par de amigas que hacían algo que me causaba una vergüenza fatal: firmaban con su nombre y el apellido de un integrante de los Guns n Roses. María McKagan o Natalia Rose, por ejemplo. No sin terror, ahora descubro que todavía hay gente que anda suelta (repito: que anda suelta) y hace lo mismo; que mezcla su nombre con el apellido de un ídolo deportivo o musical. En una semana me crucé con tres retardados distintos: un Chiqui Vilas, una María Sol Gallagher e incluso una Romina Montaner. Quise contestarles desde una casilla nueva, a nombre de Arnol Yuapseneguer o Maiquel Yacson pero mimarido no me dejó. Estoy esperando que se vaya a algún lado para hacerlo.

Antes de ayer fue el cumpleaños de un amigo de mimarido y no tuve más remedio que ir a la fiesta. Y digo que no tuve más remedio porque no soporto las fiestas de cumpleaños. Ni siquiera las de la gente que estimo. La idea de cenar rodeada de un montón de compañeros de oficina que no conozco me dan ganas de tirarme de un auto en movimiento. Ya la gente de oficina me da sueño. Imagínenselos borrachos, con el azúcar por las nubes, dandole rienda suelta al viejo sueño de ser capocómico, con una rutina de chistes malos que robaron de la televisión.

Pero a veces no puedo decir que no. A veces mimarido me frunce el ceño y no tengo más remedio que ponerme la careta de la buena onda e ir al cumpleaños a brindar con la bandada de pavos en cuestión.

La cena arrancó como una gran promesa de bienestar: los conocidos hablaban entre ellos y no me dirigían la palabra. Una suerte. Sólo tenía que aguantar hasta las once y luego huir argumentando que me dolía la cabeza.

Sin embargo, hacia las diez de la noche la velada sufrió un giro inesperado que me complicó la huida. Me pasó lo peor que le puede pasar a una mujer en un cumpleaños. El anfitrión quiso alardear de un whisky, reclutó a los hombres, y me dejó sola con las esposas, que al parecer tenían unas ganas bárbaras de hablar de niños y televisión.

Leer completo

No existe gente más cobarde y apestosa que la que no se hace cargo de lo que le gusta hacer. La que reconoce que escucha cumbia "pero sólo para bailar", que ve la novela "sólo porque la pone la chica", la que tiene un cd de Cristian Castro "porque se lo regalaron", la que mira Tinelli "sólo por distracción, para bajar a tierra, después de la oficina" o la que va a tirarle besos a los travestis "pero sólo para joder".

Cada vez que se me acerca un amiguiento, siento lo mismo que cuando me llega spam. Una irritación e impotencia parecidas a las que provocan esos moscardones pegajosos que sobrevuelan la cocina en las tardes de verano. El amiguiento es el spam de la vida.

Los amiguientos son seres perturbados dispuestos a humillarse de las formas más pintorescas para conseguir la compañía y el cariño de otra persona. Y usan la ingeniería más burda para acercarse, porque entienden la amistad como un acto premeditado y no como un acto de magia. Son delincuentes morales; ladrones que se aprovechan de la confusión, la oscuridad o el apuro para tomar por la fuerza algo que no le corresponde. Abusan de la cortesía y la compasión ajena, agazapados como un gato doméstico, y saltan encima de su presa con la excusa de cambiar apuntes, de prestar un libro, de invitar a algún evento, o simplemente de ofrecer un favor redundante y difícil de rechazar.

Leer completo

Ultimamente estoy tan malhumorada que sólo tengo una fantasía: agarrar al imbécil que pensó que era buena idea poner publicidades que no se puedan skipear o fastforwardear en los DVDs, atarlo a una silla y pasarle publicidades de yogur SER durante una semana.

Ayer a la tarde, salgo apuradísima para una reunión y me tomo un taxi en la puerta de casa. Le pido que me lleve a Alem al 700 lo más rápido que pueda y abro un libro para evitar una posible conversación sobre el tránsito. El auto se cae a pedazos pero el taxista me cae bien: se parece a Papá Noel y tiene los cachetitos gordos y rozagantes. No creo que quiera hablar de motochorros ni de hazañas sexuales. Y eso es un avance.

Taxista:
Disculpe ¿Usted sabe algo de computación?

Toda la gente que no sabe usar una computadora dice “computación” como si fuese un tema general. Para ellos un diseñador, un programador, un blogger, un telemarketer de fibertel, un vendedor de cds piratas y un técnico que instala el Norton Antivirus son todos la misma persona. Las tías gordas dicen que los hijos tienen que estudiar computación para ser alguien, las madres que “no entienden bien la computación” y los padres que sus hijos son genios porque “saben mucho de computación”.

Miro por la ventana. Si le digo que no sé nada del tema, me va a contar su problema con su mugrosa computadora para buscar empatía entre brutos, y si le digo que sí, encima le voy a tener que explicar algo que no va a entender. Mejor le digo que más o menos, que depende, que es complicado y que no es un tema para hablar en el taxi.

Leer completo

Cada vez que alguien habla de psicoanlális pasa lo mismo: un cretino le pregunta cuánto paga por sesión, y mientras se ríe con la boca torcida, propone que lo contrate a él, que lo escucha por a mitad de plata y le dice lo mismo. Más tarde se justifica diciendo que él hace terapia charlando con sus amigos, que sería incapaz de contarle su vida privada a un desconocido y que un primo suyo fue a uno y "está igual". Estoy esperando ansiosa un anormal de esta calaña tenga que hacerse una cirugía para irrumpir en su casa con un tramontina y abrirlo en pleno living al grito de: ¡Mirá si le vas a pagar a un médico por un transplante! ¡Te lo hago yo y me pagás la mitad a mí! ¿Para qué somos amigos?

tapa-final-ch.JPG¡Por fin puedo descargar todo mi enojo con los repetidores de quinto año que estudian hotelería soñando con ser Narda Lepes! Desde Agosto me pueden leer protestando en la revista Joy, en donde voy a escribir pestes de los cocineros jóvenes, el té de supermercado, las verdulerías tradicionales y la dictadura de la industria láctea. El mes pasado hice una guía sobre las mejores casas de té de Buenos Aires (con reseñas, direcciones, precios y sugerencias de acuerdo a mi gusto personal) y una nota sobre la cocina berreta y adolescente de niños ricos con tristeza de Palermo. En Septiembre habrá una guía de compras de vegetales freak y una diatriba contra las empresas de desayuno delivery: una plaga que odio con todo mi cuerpo y que debe fundirse inmediatamente.

  • Comments Off

A esta altura no tengo que aclarar qué tipo de carácter tengo: un carácter de mierda. Soy como esos artefactos viejos que levantan temperatura de nada. No puedo evitarlo. Apenas escucho una pavada, me empiezo a poner nerviosa y quiero insultar. Y no es un orgullo. ¡Más bien todo lo contrario! Lo padezco como una enfermedad crónica y dolorosa, y pago un precio muy alto por vivir de esta manera.

Pero no todo es griterío y malhumor. Con el correr de los años he desarrollado algunas técnicas preventivas que me han permitido ahorrarme alguna que otra discusión. Con tal de no pelear, no hablo de cine con amigos, no le contesto a la gente por la calle y cuando la conversación se pone difícil prefiero cortar el teléfono, para dar algunos ejemplos. Entre una antipática y perder mi tiempo discutiendo con una idiota, prefiero la antipatía. Incluso cuando el interlocutor bien se merece una paliza verbal.

Sin embargo, hay algunas cosas en la vida que no puedo evitar, que me provocan un odio consentido, buscado, atesorado. Malhumores que persigo, morbosa, para poder indignarme. Cosas que aún sabiendo que me hacen mal, por terca o masoquista, elijo seguir haciendo. Leer revistas de la farándula es una de ellas.

Leer completo

De todas las cosas horribles que existen en el mundo (el decolorado de cabello, los pies con durezas, las prepizzas, las piletas pelopincho, por ejemplo) la peor de todas, la que derrite el mercurio, la que envía ondas sísmicas de vulgaridad al núcleo terrestre, es, sin duda, decirle "mercadería" a las compras del supermercado. Ya escuché a varios enfermitos diciendo que no tenían "mercadería" o que ganaban "mercadería" en alguna promoción. Lo único que les aviso es que estoy dispuesta a matar. Si escucho a otro animal diciendo "mercadería" en la cola del supermercado, le parto una caja registradora en la cabeza.

Todo el mundo sabe que la máxima felicidad de un taxista es mentir. Lo que no siempre se sabe es que sólo tiene cinco formas de hacerlo.

La primera consiste en contar delante de sus colegas que hicieron viajes muy largos y cobraron un montón de dinero. En general, dicen siempre lo mismo: que un pasajero de traje los levantó en la esquina y les pagó “en dólares” para ir urgente a Mar del Plata. La segunda es más simple y cotidiana, y consiste en confudir y engañar al pasajero. Le dicen que la avenida está cortada y que hay que ir por otro lado, para sumarle un par de pesos al reloj. La tercera es sólo para impresionar a sus clientes y la hacen en casi todos sus viajes. Cuentan que antes de agarrar el taxi eran empresarios o que son primos de algún jugador de Boca o del doble de Luis Miguel. La cuarta es más intrincada y radica, básicamente, en desarrollar teorías conspirativas que un supuesto amigo o familiar les reveló: negociados con el gobierno, planes secretos de la CIA, fórmulas tóxicas en bebidas gaseosas y un montón de pavadas que vieron en la serie 24 y les pudrieron la cabeza. Y la quinta, que es de la que nunca había hablado hasta el día de hoy, consiste en inventar historias sexuales con pasajeras.

Leer completo

Esa vocación por el patriotismo cholulo que tienen los medios argentinos me enferma la cabeza. ¿A mí qué me importa si la saltadora con garrocha rumana tuvo un romance con un argentino? ¿O qué clase de enfoque ridículo y egoísta es avisar que no había nadie de este país en el avión que se estrelló de Spanair?  ¡"La argentina que se casó con Matt Damon" fue mamá otra vez! ¡Robert Duvall se casó con una argentina! ¡Los argentinos que sobrevivieron al tsnunami! ¡O peor todavía! ¡Habla en vivo y en directo el argentino que vio la caída de las torres gemelas! Digo yo ¿Son infradotados? ¿Qué diferencia hay entre el miedo de un argentino y el de un uruguayo? Una cosa es que nos interese que un argentino gane una medalla en ciclismo, porque los deportistas olímpicos, son, de alguna forma, una suerte de gladiadores modernos que defienden el virtuosismo de cada pueblo. ¿Pero por qué me importaría más que se ahogue un argentino que un holandés? Para alguien que vive en Capital Federal, la gente que vive en La Quiaca es igual a la que vive en Holanda. Igual de lejana. Igual de desconocida. E igual de humana.

Si hay algo peor que los vecinos ruidosos, son los que se hacen un bife a las cinco de la tarde o joden con su olor a pomarola y a fritura todos los mediodías. No entiendo por qué yo puedo llamar a la policía cuando un vecino hace ruido y no me deja dormir, pero no cuando me contamina olfativamente y no me deja respirar con su olor a tuco. Un día de estos voy a hacer justicia por mano propia: les voy a tirar la puerta abajo de una patada voladora y les voy a descargar un volquete de lechuga a ver si me dejan de joder con esos pútridos hedores de comilona dominguera.

Ya he contado en otras ocasiones que tengo un cariño especial por mis primeros lectores. Si no fuera por su apoyo, sus comentarios y su espera semanal, quizás hubiera abandonado la escritura hace mucho tiempo.

Sin embargo, así como un día entendí que quería a estos desconocidos que venían a dejar su mensaje en mi blog de manera casual, más tarde descubrí con horror que había otros que me causaban exactamente el sentimiento opuesto. Antipatía total. Un asco pesado y recurrente parecido al hastío que sienten los empleados de Mc Donalds por las papas fritas o los telemarketers por su trabajo.

En vano se apuraron algunos colegas a consolarme explicando que en general estos pesados no eran más que un par de adolescentes largos y bobos, algún viejo extraviado en internet, o un ingeniero nostálgico que siempre quiso ser periodista. Me daba igual. Los seguía odiando de manera entusiasta y minuciosa, como si fuera un hobbie. Es más, los odié tanto, pero tanto, que los tuve que clasificar de acuerdo al nivel de hartazgo que despertaba su mogólica patología de este lado del mostrador.

Leer completo

Desde el día de hoy se puede bajar el nuevo libro de Leandro Zanoni, "El imperio Digital", sobre la revolución de la web 2.0, con prólogo del director de Google en Latinoamérica, Alberto Arébalos. El libro va a estar disponible en pdf durante 10 días. Luego ese período de tiempo, sólo lo podrán conseguir impreso en todas las librerías del país. Entre otras cosas, hay algunos testimonios míos que tienen que ver con mi blog y mi libro. ¡Apúrense a bajarlo que se agota!

  • Comments Off

Este miércoles que viene, 20 de Agosto, a las 19.00 hs voy a estar en el ciclo "Conversaciones con creadores" en el Museo Evita (J.M. Gutiérrez 3926, Palermo). Me va a entrevistar Cristina Civale (guionista, periodista y escritora), que viene armando este ciclo desde el año pasado, con muchísimo éxito. Ya estuvieron Cristina Banegas, Alejandro Tantanián, Gustavo Sierra y Daniel Burman. Veremos cómo me va a mí. A todos los que me escribieron para que les firme el libro después de la presentación, pueden llevarlo ahí ¡Los espero!

  • Comments Off

Hoy a la mañana, antes de irme a una reunión, me despierta un telemarketer del Standard Bank.

Matías de Standard Bank:
Buenas tardes ¿Carolina Aguirre? Mi nombre es Matías,
la estoy llamando del Standard Bank para ofrecerle una tarjeta…

Carolina:
¿De dónde tenés mi número, vos?

Matías de Standard Bank:
Está en nuestra nómina de clie…

Y le corté inmediatamente, en la mitad de la palabra, bien a propósito.

Me terminé de cambiar, me tomé un café, leí los diarios y cuando iba a salir, volvió a sonar el teléfono. Despistada, atendí.

Matías de Standard Bank:
Hola Carolina, estábamos hablando y creo que se le cortó

Carolina:
Oím…

Y me cortó él.

Leer completo

La exagerada variedad de disciplinas y categorías de los juegos olímpicos me parece una estupidez. Hay 500 competencias, entre todos los deportes ¿Alguien vio la cantidad de medallas que hay para natación? ¿100 metros libres femenino, 200 metros mariposa masculina, Estilo libre 50 metros femenino, Estilo espalda 200 m masculino, Relevo 4x100 estilo libre masculino, Relevo 4x100 cuatro estilos femenino, y podría seguir hasta llegar a cien distintas, igual de sobredimensionadas y ridículas. Faltarían Estilo libre 100 metros Perros, Relevos 4x100 entre familiares, Estilo espalda con malla roja y Estilo espalda con malla azul sub16. Además ¿No se supone que uno admire a un tenista por la belleza de su juego, a un gimnasta por la delicadeza y la precisión de sus movimientos, a un bailarín por la gracia de su danza? ¿Hasta cuándo vamos a mirar competencias en donde se premia al que corre más rápido y no al que corre más lindo? Al que mete más goles, al que tira menos pelotas fuera de la cancha, al que tira un disco más lejos, al que levanta más peso o corre durante más tiempo sin desmayarse. ¿A qué clase de tarado le puede importar la cantidad?

  • Comments Off

A no ser que me haya quedado hipnotizada con alguna serie nueva, a las cinco de la mañana ya estoy durmiendo. Ayer no fue la excepción. A las cinco y treinta y cinco yo roncaba despatarrada, con un brazo apoyado sobre la panza de mimarido, y la gata ovillada en el hueco del cuello.

Sin embargo, a las cinco y treinta y seis me desperté. De repente, sentí un ruido extraño: una llave tratando de entrar, desbocada y nerviosa, en la cerradura de la puerta del departamento. Después siguieron unos golpes contra la puerta, de nuevo la cerradura, y unos grititos histéricos. Me quedé dura, entre dormida y asustada, sin saber si el ruido era real. Era como si alguien quisiera abrir por la fuerza, pegándole a la puerta con todo el cuerpo.

Traté de despertar a mimarido, que duerme con auriculares puestos, mientras los golpes cada vez eran más fuertes y continuos. Ahora la puerta sonaba como un trueno. Se despertó, mareado, pero no entendía nada de lo que yo decía. Es más, pensó que era yo otra vez imaginando cosas raras en el patio. Así que para evitarme sus burlas, me paré y fui yo misma a averiguar quién quería entrar a matarnos.

Mientras caminaba hacia la entrada, empecé a escuchar insultos con acento raro. Mi estómago de achicó del miedo. Pensé en mimarido muerto, envuelto en una mortaja espontánea hecha de sábanas ensangrentadas, y me angustié como nunca lo había hecho.

Con una valentía rarísima abrí la puerta de un solo movimiento. Del otro lado, me sorprendió un grito estremecedor y el llanto de una nena.

Leer completo

De todas las conductas absurdas e imbéciles que tiene el ser humano, las tres más graves son comprar revista Caras para completar el juego de cubiertos, tirar bombitas de agua en carnaval, y pedirle trabajo a San Cayetano. La última es, sin duda, la más grave de todas, porque carece de toda lógica. ¿Cómo funciona en la cabeza de los suplicantes la búsqueda laboral? ¿Los gerentes son los que fueron más temprano a hacer la fila? ¿Si le llevás más espiguitas de trigo te pagan mejor? ¿Si vas todos los años te volvés un empresario exitoso? ¿Y qué pasa con los ñoquis? ¿Son traidores demoníacos o fieles tan constantes y aplicados que consiguen un trabajo tan bueno que ni siquiera tienen que trabajar?

Hace un mes me olvidé mi tarjeta de débito en un cajero automático. Llamé para hacer la denuncia y luego de media hora de espera me atendieron y me aseguraron que en una semana me llegaría la reposición. Nunca llegó. Llamé nuevamente y me dijeron que haga el pedido por internet. Lo hice. Nunca llegó. En ese período no me dejaron sacar más de mil pesos por caja porque no era mi sucursal pero me debitaron todos los servicios como correspondía. Llamé a mi banco. Me quejé. Me dijeron que no tenían ningún pedido. Fui a mi sucursal, que queda en el microcentro. Hice una cola de media hora para hablar con un oficial. Me dijo que tenía una tarjeta en el correo pero que la intentaban entregar en mi vieja casa porque la dirección del correo no se actualizaba con la de la web. Pedí que me la reenvíen acá pero no se podía. Tenían que darme una clave de PELOTUDO-HOLA y yo tenía que irme hasta mi casa, activarla, llamar y preguntar ahí en dónde estaba mi tarjeta. Lo hice. Pero me dijeron que sólo yo podía recibirla. Les expliqué que no podía quedarme en casa todo el día pero insistieron. No hubo caso y accedí. Ayer finalmente llegó mi tarjeta. Un motoquero con cara de borracho me tocó dos timbrazos, ni me miró a la cara, y me dijo (cito textual): haceme un firulete acá. Hoy me despierta un llamado de atención al cliente, a las ocho de la mañana, para saber si estoy satisfecha con la atención. No me puedo acordar todo lo que los insulté. Trato y trato, pero les juro que sólo recuerdo un baño de sangre verbal que incluía la palabra "motosierra".

  • Comments Off

Ayer a la tarde fui a hacer unos trámites personales con mi hermano Juan. Teníamos que ir a firmar papeles a lo del abogado y aprovechamos para ponernos al día. El habló mal de Orteguita, yo le conté las últimas monerías de la gata, y después compartimos anécdotas graciosas sobre mi madre.

Cuando volvíamos, paramos a tomar algo en un bar de Recoleta. Era un bar detestable, una de esas franquicias en las que tenés que ir a la caja, pedir lo que vas a tomar, pagarlo y llevartelo en una bandeja. Previsiblemente, las mozas eran lerdísimas y estuvimos un rato largo esperando que atiendan a paso de hormiga.

Por suerte, adelante nuestro sólo había una pareja en su primera cita y me distraje observando y analizando cada uno de sus gestos. Qué hacían con los brazos, qué pedían para tomar, cómo se reían y cómo hablaban de ellos mismos. Incluso hice una nota mental de esa situación para escribir algo al respecto en el futuro. Y así, esperando y espiando, pasó bastante tiempo. Hasta que un griterío me despabiló.

Justo cuando el chico de la cita estaba pagando, mi hermano pegó un alarido estremecedor. Fue como si hubiera visto un fantasma detrás del mostrador. Y yo, que normalmente ya hubiera empezado a pelearme con la cajera, no tuve más remedio que desviar mi atención por un rato.

Leer completo

Si agarro al anormal que inventó el día del amigo, la semana de la dulzura, el día de San Valentín o los "desayunos delivery" no le dejo un hueso entero.

  • Comments Off

Las personas que ponen pasacalles, que dedican temas en la radio, que compran muñequitos que dicen "te amo", o que le dedican tarjetas a "una personita muy especial" merecen morir solas como un perro.

  • Comments Off

Desde el viaje de egresados de séptimo grado, cuando me enteré que todas las excursiones consistían en caminar como vagabundos por el monte, que no tenía semejante pico de malhumor. Ni siquiera cuando mimarido vació todas las bibliotecas para buscar un papelito, o cuando la gata se comió los auriculares por tercera vez consecutiva me poseyó una furia similar.

Pero el viernes pasado, por esas cosas de la vida, tuve que interactuar con una persona analógica y hasta el día de hoy sigo inquieta, perturbada, fuera de mi eje.

Carolina:
Hola, te mandé los comprobantes de pago por mail.
Cuando te llegue la transferencia ¿Me mandás los recibos?

Analógica:
Pero acá no llegó nada. Igualmente hasta que no vaya al banco no
puedo saber, después de eso sí, tendrías que pasar y te hago los recibos…

(La gente que dice que los mails no le llegaron, que pide confirmación o que pregunta si llegó un mail es toda analógica)

Carolina:
¿Pero podés ver la transferencia online y mandarme los recibos
por mail? Es el mismo banco, se acredita inmediatamente.

Leer completo

Lo que más me cuesta asimilar y soportar de mimarido, es su condición de "tardón". Los "tardones" demoran años para hacer algo. Salir de la casa es un preámbulo infinito lleno de pequeñas actividades de último momento. Pierden las llaves, van al baño, comen algo, checkean los mails, encuentran las llaves, las vuelven a perder, se distraen con la gata, se olvidan la película que van a devolver, se dejan la plata en la mesa de luz. En fin, tardan. Como los taxis, tienen "bajada de bandera". Hay que pagarles por arrancar. Sólo que en vez de costar $4,18, cuestan veinte minutos. Y como si fuera poco, cuando una decide dejar de soportar que le digan "ya va" y "un minuto" por media hora se ofenden. Porque nunca es un minuto. Si fuese "un minuto" de verdad no llegaríamos tarde a todos lados.

  • Comments Off

Hay un tipo de empleado administrativo que está convencido de que su trabajo es una actividad esencial para el desarrollo de la humanidad. Tiene la fantasía de que está a cargo de una embajada o de un ministerio, entonces cuando les pedís el recibo de las expensas, que te de un acolchado sin ticket en la tintorería, o que te mande una moto a las cuatro y cuarto de la tarde, te da una lista interminable de explicaciones boludas que no le interesan a nadie. Yo entiendo que, para ellos, su trabajo, con sus reglas caseras o su política almidonada, sea muy importante. Pero a mí no me interesa. Me queda de paso. Son un trámite, una escena de transición, plasticola en la rutina. No puedo perder cuarenta minutos escuchando al tarado que arregla el control remoto explicarme con qué partecita de su boludo talonario retiro el producto. ¡No va a pasar! ¡Nadie guarda esos papeles! ¡Más vale que entiendas desde ahora que voy a perder el ticket y que vas a tener que buscar el sobre por mi apellido! ¡La vida es injusta, hamacate!

Sábado, 9.30 pm.

Pido un combinado de 60 piezas en un delivery de sushi, al que llamaremos Sushilandia (sí, somos dos cerdos y el nombre es bien grasa. Es que estoy muy enojada). Gasto $159

Sábado 10.45 pm.

Llega el pedido. Firmo la tarjeta de crédito. ¿Somos locos o bon vivants? ¿Podemos seguir gastando esta plata en sushi y no tener microondas ni haber colocado de nuevo el aire acondicionado desde la mudanza?¿Somos vulgares o extravagantes? ¿Somos tarados o víctimas de nuestra propia gula?

Sábado 10.48 pm.

Mi marido pregunta si no hay menos piezas que de costumbre. A fuerza de ser sinceros, la bandeja luce medio vacía. Busco los míos y no encuentro la mitad. Pero como él come tan rápido me cuesta contabilizarlos, porque van desapareciendo como un animal que se extingue minuto a minuto en la selva.

Sábado 10.56 pm

Me doy cuenta que faltan todos mis futurama rolls (8). De los demás, no tengo idea. Pero de esos estoy segura. Llamo furiosa a Sushilandia.

Leer completo

pres.jpg

Los espero con el malhumor de siempre.

Leer completo

Estoy esperando pasar por abajo de un puente, cumplir años, o ver una estrella fugaz para pedir un deseo: que toda la gente que reemplaza los nombres por alguna chanchada vinculante como “tocaya”, “primo”, “padrino”, “comadre” se caiga de un precipicio. O no. Me conformo con menos. Con que una sola persona muera en mis narices luego de decir “¿Cómo le va, compadre?” me doy por hecha.

Leer completo

Para mí, esos chiquitos de Miranda! son el descarte de un circo. Deberían estar bailando vestidos de empanada en Acoyte y Rivadavia, o animando fiestas infantiles en el Tren de la Alegría.

  • Comments Off

¿En qué están pensando algunos contactos de facebook cuando me envían "matecitos" o "milkshakes" virtuales, tests para averiguar qué personaje de la serie ALF sería yo, o una invitación al fanclub de un cantante latino? ¿Qué clase de persona puede creer que yo, con este carácter de mierda, puedo recibir ese aluvión de estupidez con una sonrisa?

A ver si nos organizamos de una vez por todas. Antes de tomarme "un matecito virtual" o agregar la aplicación "Superwall" prefiero tirarme de un puente. No quiero recibir ni una más de esas absurdas peticiones de empleado ocioso. No me hagan repetirlo.

  • Comments Off

Ayer a la noche, un odio que me persigue desde la adolescencia vino a posarse en mi ventana de nuevo. O mejor dicho, en el patio de mi departamento. Es un odio peligroso, porque me transforma inmediatamente en una villana impaciente y cruel capaz de poner la cara de culo más agresiva e indignante del mundo. Y en cualquier lugar. Incluso en un bautismo, el cumpleaños de un amigo, o en mi propio festejo.

Desde que soy muy chica, cada vez que voy a una reunión con amigos, y veo que un pelotudo saca una guitarra, me vuelvo absolutamente loca. Detesto con todas mis fuerzas los fogones, las zapadas, los cantores de asado y todas esas chanchadas de soprano de quincho.

Esa música almibarada de profesor de canto, esas voces afinadas y cargosas, esas vocalizaciones de Susano entusiasmado, esos falsetes de tallercito barrial, esa necesidad de ser artista por un minuto, me dan ganas de prender fuego la casa del anfitrión. Incluso cuando yo organicé el encuentro.

No comprendo por qué los invitados no amasijan al trovador espontáneo como corresponde y le revolean el pan duro que quedó olvidado en la parrilla en señal de protesta. Si alguien hubiese querido escuchar música hubiera ido a un recital o hubiese puesto un disco.  Si hicimos un asado es para comer y charlar y no para repasar todo el repertorio de los Chalchaleros mientras se hace el café ¿Cómo puede ser que no lo entiendan?

Leer completo

La gente que declara que "está aburrida" debe morir inmediatamente. No merecen vivir, son un desperdicio de días y de aire. Su existencia es tan precaria y chiquita, que en vez de sentirse aterrados porque la vida es una sola, no saben cómo llenar sus días para que pasen más rápido. A diferencia del resto del mundo, para ellos la vida es demasiado larga y hay que buscar cosas para apurar el proceso.

De la misma forma, no comprendo cuando dicen que algo está bien "para pasar el rato" o "para matar el tiempo". Oíganme, anormales, si quieren matar el tiempo o hacer que pase rápido péguense un tiro directamente y dejen de atormentarnos con sus melancólicas y absurdas vidas de planta.

Yo no quiero que el tiempo pase nunca. Ojalá tuviera más. Ojalá pudiera estudiar todas las carreras, dormir la siesta todos los días, viajar por todo el mundo, acariciar a todos los gatos de Buenos Aires, leer todos los libros, mirar todas las películas que se hicieron. Si les sobra tiempo, dénmelo a mí, que lo mato por ustedes.

Cada vez que me cruzo con el conspireta siento unas peligrosas y genuinas ganas de matar. Quiero ajusticiarlo por estúpido, por supuesto, pero además quiero pegarle porque su única ambición en la vida, por encima del amor, del dinero y la salud, es demostrar que es más vivo que yo.

El conspireta es una mezcla de pinchaglobos con mentiroso compulsivo. En su carácter confluyen la fascinación infantil por las teorías conspirativas, el pesimismo absurdo, las ganas de figurar y un razonamiento defectuoso lleno de baches y lugares comunes. Todo junto.

Es un mago inverso que ofrece a quien quiera escucharlo, la secreta ingeniería de todas las conspiraciones del mundo. Es decir, que tiene “la posta” de todos los temas. Desde el misterio de las pirámides hasta los truculentos negociados que un conocido arregla en la municipalidad. Desde el maquiavélico relleno de las salchichas de paquete, hasta la verdadera identidad del doble de Fidel Castro. Lo sabe todo. Lo intuye todo. Lo razona todo. Porque siempre, pero siempre, tiene un conocido infiltrado que lo avivó a tiempo.

Por suerte para nosotros, que somos una manga de retrasados mentales que necesitan su investigación, el conspireta siempre tienen un primo que le “batió la justa”. Que le avisó que la leche de tal marca es la misma que otra, que le dijo que los televisores de plasma duran sólo dos años, o que el verdadero negocio de los bingos es lavar dinero de drogas y prostitución.

Leer completo

Hay algo que desvela. Necesito averiguar qué estan pensando esos cincuentones rancios, con olor a noche y desodorante de ambientes, que aprovechan cuando esperas el colectivo o caminás sola de noche para arrimarte su enorme auto de remisero premium color bordó y preguntarte si estás solita o te pueden alcanzar a algún lado.

¿Cuál es su expectativa? ¿Se imaginan que vamos a ponernos a charlar, risueñas, y al ver que somos muy parecidos nos vamos a enamorar de su pelada grasienta? ¿Que nos vamos a subir a su chata del amor y vamos a tener sexo desenfrenado a cambio de que nos lleven a casa? ¿De verdad creen que alguien de veintipico de años podría estar interesada en un viejo redondo y fracasado, de 50 años, casado, con un auto horrible y un sweater de colegio? ¿Están locos? ¿Y por qué luego de tantos años lo siguen haciendo? Alguna hija de puta se sube ¿No?

  • Comments Off

Recién, en la góndola de aguas saborizadas del supermercado, una promotora me interceptó y me cagó el día. Me vio agarrando unas aguas y me propuso lo siguiente:

¿Te comentaron la promoción? Si comprás seis productos Gatorade o agua Propel, podés participar de un sorteo por una vincha o una cantimplora me dijo muy emocionada.

Yo me quedé dura. No sabía si me estaba tomando el pelo o qué. Por un momento pensé que me había querido decir "viaje a disney" o "auto cero kilómetro" y por error había dicho "cantimplora", pero no había error. Tenía la vinchita de toalla en la mano.

Yo no sé a quién se le ocurrió semejante promoción indigente y miserable, pero me dieron ganas de darle una moneda de un peso a la piba para que se la lleve a la gente de Gatorade. ¿Cómo vas a participar por un sorteo de una vincha? ¿Me estás cargando? Me hizo acordar a esos programas de televisión de cable que sortean una canasta de turrones o un reloj despertador.

  • Comments Off

Dentro del generoso universo de cosas que me ponen de malhumor, hay algunos resortes que son más sensibles que otros. Las palabras, por ejemplo, son sagradas. Puedo adorar u odiar a alguien sólo por su forma de hablar. No necesito conocer nada más que sus adjetivos, sus giros, sus expresiones para decidir si merece un mimo o una paliza. Me alcanza con que diga alguna cosita para hacerle la cruz para siempre.

Sin embargo, este vicio no tiene nada que ver con la corrección gramatical o con la riqueza del vocabulario. A mí no me interesa que la gente hable bien, sino que evite algunas chanchadas verbales. Hay algunas expresiones puntuales, algunos términos y formas de hablar que me ponen particularmente violenta. Y no porque yo tenga una historia personal con ellas, o porque sean ofensivas. Nada más lejos. Me molestan porque representan una cosmovisión errada del mundo; una clase de humor, o una falta de gracia y estilo, que me resultan insoportables.

La gente que pregunta “¿qué hora son?”, por ejemplo, me provoca un rechazo inmediato. Tampoco tolero a los que preguntan “qué sale” algo, a los que se disculpan antes de decir una guarangada, o a los que pronuncian “güevo”, “güenísimo” y “guielo”. Pero son personas con mañas leves. Sus elecciones orales son horribles pero no hieren de muerte a nadie. Al menos no como otra gente, cuyo discurso es verdaderamente repulsivo. Gente que usa las palabras como las balas de un revolver; gente que toca los resortes más sensibles de mi paciencia.

Leer completo

Si hoy mismo no hablo sobre los "motopolichorros" con un tachero, me mato. No puedo pensar en otra cosa. Me imagino al viejo sobre su 504 hablando sobre los motopolichorros y se me hace agua la boca.

  • Comments Off

Dentro de una semana exacta, el día 1 de julio sale a la venta mi primer libro, “Bestiaria”, basado en los textos de este mi primer blog. Va a estar en todas las librerías de Argentina y presumo que lo podrán comprar desde cualquier parte del mundo vía temátika.com. Contiene unos setenta artículos sobre el universo femenino, especialmente aguafuertes, estereotipos y algunas teorías descabelladas. Hay algunos nuevos, otros reescritos, y otros que se ampliaron. Sólo la esencia permanece intacta.

El prólogo es de Hernán Casciari y hay algunas ilustraciones de Celina Hilbert. Acá está la tapa, la contratapa, y la introducción, que también va a estar como adelanto en la página de Alfaguara desde los primeros días del mes que viene.

libro de bestiaria

Leer completo

Detesto profundamente a la gente que ocupa la vereda con sus porquerías.  A los porteros que baldean todos los días, a las madres que se instalan a charlar con otra madre llena de mochilas a la salida del colegio, a los edificios en obra que llenan de volquetes, mezcladoras de cemento y montañas de arena la entrada de un edificio, y por último, a los estúpidos que todavía suben el auto a la vereda, en la entrada de un garaje amigo.

Me parece que la única posibilidad de erradicar este mal es moverlos con una topadora municipal. Una suerte de camioncito muy pintoresco, de color  naranja, con una corneta pegadiza, que se lleve por delante a los porteros y a las madres distraídas, arrastrándolos hasta la esquina.

  • Comments Off

Cuando la gente normal recibe gacetillas o publicidad indeseada la marca como spam o la mueve a la papelera de reciclaje. Ya están tan acostumbrados, que lo hacen con resignación, como un obrero que palea tierra de siete de la mañana a seis de la tarde.

Yo, sin embargo, que de normal no tengo nada, ni lo borro, ni trato de darme de baja de esa lista macabra. Yo al spam lo contesto. Me gusta suplicarles de forma escandalosa o rezongona que me dejen de arruinar la vida o decirles alguna barbaridad. Incluso si eso activa mi casilla para que me envíen todavía más spam. No puedo evitarlo. Es un vicio como comer bombones o pellizcar nenes gorditos.

A modo de ejemplo, voy a ofrecer algunos casos reales.

1. Este muchacho, por ejemplo, me manda las coplas de Jorge Manrique.
manrique.jpg

Leer completo

Hagan el siguiente experimento: pregúntenle a la gente que habla y habla sobre el conflicto del campo qué son las retenciones móviles. Se van a asombrar con las respuestas. Más del noventa por ciento no tiene idea de qué está hablando ni por qué protesta. Apenas balbucean alguna pavada infantil sin pies ni cabeza sobre la falta de aceite.

Vayan, hagan la prueba y me cuentan. Arranquen con sus madres y vecinas.

  • Comments Off

Si jugás al Pictionary siempre hay algún imbécil que grita "DIVIDIR", "SUMAR", "SOMBRERO" en la categoría ADJETIVO. También está el que no quiso jugar pero que después —en la mitad del partido— se entusiasma y empieza a participar desde afuera. El bobito dice cosas como "AH; YA LA SE" o directamente arriesga: "RESTAR", "SUMA", "GORRA AZUL".

Si jugás al TEG, en cambio, siempre hay uno que gentilmente avisa que hiciste todo mal, que deberías haber puesto ejércitos en otro lado, atacado al verde o reagrupado en otro país. Casualmente, es el mismo estúpido que cuando pierde, estalla de ira y se pelea con todo el mundo mientras sacude los dados como una mezcladora de cemento fuera de control.

Ojalá hubiera podido filmar la cara de mimarido cuando Edda Díaz apareció en el escenario, vestida de piñata, a darnos la bienvenida. Hubiera pagado por tener una cámara de fotos y retratarlo boquiabierto ante el espantoso disfraz de murga que ostentaba esa mujer.

Como si cuatrocientos chicos no fuesen evidencia suficiente, Edda confirmó con su saludo que, en efecto, se trataba de una ópera para niños. Lo primero que dijo fue: “HOOOOOOOOLA CHIIIIIIIIIIICOS, HOOOOOOOOOOOOLA PAPIS” con voz de pito. Mimarido me hizo notar su enojo apretándome la mano bien fuerte. Tan fuerte, que sin querer chillé.

Lejos de molestarme, la situación me provocaba una diversión morbosa. Yo quería compadecerme de su maltratado snobismo pero no podía. ¡Era demasiado lindo verlo sufrir porque la ópera no era en italiano! Me di cuenta que lo mejor que podía hacer era pasarla bien. Es decir: reírme de él.

Desde ese momento, empecé a quemarle la cabeza. Le dije que si se portaba bien les podíamos pedir autógrafos a la salida, que le iba a comprar pochoclo, y que lo iba a llevar a la calesita. Que los chicos que se portaban bien iban al cielo y recibían regalos de Papá Noel, y que los malos se quedaban sin nada. Que si él quería premios, debía quedarse quietito y con la boquita cerrada como decía Edda.

Mimarido trataba de ignorarme pero echaba humo. Estaba cada vez más enojado, y sin embargo, debajo de su furia, aparecía de vez en cuando, una sonrisita. Yo pensé que mis chistes le causaban gracia, o que la obra lo entretenía, pero no. En un momento acercó su amarga y rencorosa boca hasta mi oreja y por fin me dijo de qué lo ponía tan feliz.

Leer completo

Para prevenir que los taxistas me paseen, desde hace un mes adopté un sistema muy eficaz. Antes de salir de casa, miro el recorrido en un mapa y cuando me subo al taxi no les digo más la dirección, sino el trayecto que quiero hacer: "vamos todo derecho por Santa Fé, doblamos en Plaza San Martín, agarramos Rojas y luego Alem hasta el 700".

Debieran ver la desesperación que les agarra a estos ladrones insolentes. Sienten que les estoy sacando plata del bolsillo. Se exasperan, se pegan la cabeza contra el vidrio, incluso algunos chocan contra el cordón de la vereda de indignación.

Algunos, sin embargo, no se rinden e intentan un último truquito desesperado: inventar un obstáculo que escucharon por la radio en el medio de mi recorrido. Con cara de muchísima preocupación, los patanes me avisan que la avenida que elegí está cortada, que hay un incendio o un embotellamiento feroz que no nos va a dejar pasar. Dicen "¿No sabías? Todo cortado, por ahí". El pasajero normal abre la boca bien grande y le pide al taxista que por favor lo salve de la catástrofe llevándolo por otro camino. Y el taxista cumple, por supuesto.

Pero yo no. A mí me encanta decirles "¿Un incendio? No importa, vamos igual por ahí. Me encantan los incendios".

Lo hago cada vez que intentan timarme con esa triquiñuela y me da excelente resultado. Nunca, pero nunca, existió el imprevisto que habían anunciado. Jamás. Siempre la avenida está libre como un pasillo y ellos se rascan la cabeza de manera artificial mientras balbucean incoherencias infantiles para justificar la ausencia de bomberos.

  • Comments Off

Cada vez que mimarido y yo queremos sacar entradas para la ópera, hay que salir corriendo. No me pregunten por qué, pero la ópera se ha vuelto sumamente popular. Si no tenés abono anual, las entradas se agotan rapidísimo (o no se agotan, pero quedan malos asientos). Así que tres domingos atrás, cuando vi que estrenaban el Barbero de Sevilla, dejé todo lo que estaba haciendo, y sin pensarlo demasiado llamé para conseguir unos lugarcitos decentes.
Lo primero que hice fue pedirle asientos buenos al vendedor que me dio la sorpresa de mi vida cuando me ofreció la primera fila.

Carolina:
¿Tenés la primera fila? ¡Wow! ¡Pero deben costar un millón de dólares!

Vendedor:
No, cuestan $44.

Carolina:
¿¿¡Por qué??!

Vendedor (Ignorantísimo):
Porque el centro cultural Konex tiene esos precios.

Carolina (más ignorante todavía):
¡Qué maravilla! No sabía. Bueno, dame esas.

A la tarde sorprendí a mi marido con entradas para la ópera en la primera fila. Estaba feliz. Le encanta ir a la ópera y todavía no habíamos visto el barbero de Sevilla juntos. Pero la felicidad nos iba a durar poco. Poquísimo.

Leer completo

El peor recuerdo de mi infancia es un bañero que usaba sunga roja y tenía un hijo al que le había puesto de nombre "Catriel" en honor al indígena de la novela "Más Allá del Horizonte".

No pude disfrutar ni un solo día de playa. Cada vez que lo llamaba a los gritos, "Catriel, vení para acá", "Catriel salí del agua", "Catriel dejá esa palita que no es tuya" yo sentía que una flecha envenenada se me clavaba en el pecho. Pero no era sólo el nombre, claro. Eran todos los detalles de la escena: el grito, la malla chiquita, el bronceado naranja, y el hijo pelilargo teñido de rubio.

  • Comments Off

Desde hace un poco más de una década, el cine argentino arrasa en los festivales internacionales. Se lleva varios premios, consigue financiación y se exhibe en salas comerciales al lado de Indiana Jones. Sin embargo, acá en el país, a pesar de que los productores lo nieguen, con suerte llegan a cubrir la inversión inicial. Algunas ganan un poco de dinero cuando se editan en DVD, pero la mayoría, créanme, no llena la sala ni los miércoles a la noche a mitad de precio. Y digo “algunas” y “los miércoles” para no parecer tajante. En la mayoría de las películas deben sobrar asientos incluso en la avant premier.

Salvo algunos de casos aislados (porque para ser sinceros, esos casos aislados son muy buenos), las películas argentinas son siempre así:

En las comedias, por ejemplo, la familia debe ser de clase media baja o directamente pobre, vivir en el conurbano y nunca, pero nunca, llegar a fin de mes. La madre lo debe gritar varias veces durante la película. Debe agarrar un repasador, indignada, y gritar que no tiene plata, que los precios están por las nubes o que el pan es demasiado caro y no lo pueden comprar. Ningún personaje bueno debe tener aire acondicionado (el aire acondicionado es de garcas); en el cine argentino los personajes nobles tienen pelopincho y ventilador.

Leer completo

A diferencia de la mayoría de las mujeres, yo odio hablar por teléfono. Me parece una pérdida de tiempo total. Pero más que nada, odio que me llamen para charlar sobre episodios monocordes ligados a la rutina.

Cada vez que suena ese aparato, transpiro y aprieto el repasador angustiada. Sé que detrás del ring me espera una tediosa conversación sobre el frío que hace hoy, lo que cocinaron ayer, qué amigo los llamó por teléfono, qué les pasó hoy en el subte, o qué dijo qué dijo fulanita, y me dan ganas de morirme. Pero morirme en serio.

Llamar a alguien por teléfono para hablar al pedo es un acto invasivo y tarado de gente de ocio masoquista, que empuja al receptor al abismo de los malos modales. ¿En qué piensa la gente? ¿Por qué alguien querría hablar de lo linda que viene la lechuga capuccina en esta época si puede ir a ver una película o una serie? ¡No llamen más! ¡No me interesa charlar por un tubo!

  • Comments Off

Los hombres que muerden el hielo son todos putañeros.

Pero además de ir de putas a pubs setentosos con pared de espejos y mozos de chalequito, toman whisky, tienen una novia peluquera con uñas muy largas, se tiñen con “matizador”, se acomodan el pito en público, le miran la cola a las adolescentes por la calle, usan calzoncillos de seda, fuman cigarrillos largos —Jockey, Le mans o Derby— suaves, y usan una cadenita de oro en el cuello.

Y todo eso es por morder el hielo.

  • Comments Off

Lo primero que piensa un taxista cuando sube un pasajero es cómo lo puede pasear. Evalúa si es extranjero, si tiene plata, si está distraído con el celular, o si elige un buen camino, y en base a esos datos elabora su estrategia. Todos hacen lo mismo. Hasta los viejitos con cara de buenos. Son los gajes del oficio: todos se hacen unos pesos diarios doblando al pedo, metiéndose intencionalmente en embotellamientos imposibles o pasándose un par de cuadras. En realidad, todos menos uno solo: el morboso.

A diferencia de todos sus colegas, al morboso no le interesa estirar el reloj. Cuando alguien se sube a su taxi, el morboso piensa en una sola cosa: cómo hacer para derivar la charla hacia los temas más oscuros y truculentos.

Crímenes callejeros, violaciones, motochorros, mendigos tullidos que tocan la flauta en una esquina, mujeres que se arrojan a las vías del tren, niños adictos al paco, perros desmembrados, secuestros extorsivos, personajes depravados de la vida nocturna. Cualquier tópico que incluya sangre y delito le dilata las pupilas de excitación.

Leer completo

La gente que de chica quemaba hormigas con una lupa es la misma que de grande ve documentales sobre depredadores, frena cuando hay un accidente de tránsito, se rasca las heridas, o se toca una muela hueca con la lengua durante todo el día.


José Pablo Feinmann me cae bien. Cualquiera que hable de sus “muslos gorditos” en la tele y esté enamorado de la misma mujer desde hace veintiseis años me cae bien. Además, mira cine clásico, sucumbe ante el olor de las papas fritas, su película preferida es Casablanca, y dice que nadie debería tomarlo en serio. ¿Cómo puede caerme mal alguien así? Imposible.

Pero hace unos días, en un antipático y pintoresco ataque de escritor cascarrabias dijo que odiaba los blogs porque “cualquier pelotudo podía tener uno” y se armó un quilombo bárbaro.

Inmediatamente los diarios y los blogs hicieron eco de la noticia (el video se vio por todos lados, porque además se despachó contra la feria del libro y algunos escritores “basura”) acusándolo de retrógrado, intolerante y senil. Y tienen razón. Debo haber escuchado “Cualquier pelotudo tiene un blog” una veintena de veces. En breve será ringtone. Será más viral que los videos de Wendy Sulca y el Karina de “Gente que busca gente”.

Leer completo

De las diez veces que fui al bar de enfrente, por lo menos en tres ocasiones la mozamongui dejó bien claro que pensar no era lo suyo.

La mozamongui es un encanto de chica. Es dedicada, espontánea, fresca. Te ofrece el diario, te avisa que las bebidas no están muy frías y te pregunta si el café lo querés fuerte o liviano cada vez que ordenás. Además, está siempre de buen humor. Nunca bufa, ni se esconde, ni protesta porque le pediste el limón después de la coca cola. La verdad es que no puedo quejarme, me atendió siempre bien y rápido. Incluso ya sabe lo que pido siempre.

Pero los demás clientes no la han pasado igual de bien. Porque todo lo que tiene de atenta, lo tiene de tarada.

Ayer, sin ir más lejos, cuando el bar estaba lleno, se largó a llover. En las mesas de afuera había un señor comiendo un tostado, y apenas cayeron las primeras gotas, entró, caminó hasta la mozamongui y le dijo:

Cliente:
Está lloviendo ¿Me podrás mover a una mesa de adentro?

La mozamongui miró hacia todos lados. El bar estaba lleno.

Mozamongui:
Mmmmmh, mesa adentro no hay.
(Entusiasmada) Lo que te puedo ofrecer es un paraguas.

El cliente se quedó mirándola sin saber si le hablaba en serio o le estaba tomando el pelo. Yo me lo imaginaba sentado en la mesa, comiéndose el tostado con una mano y sosteniendo el paraguas con la otra y me caía al piso de risa.

Leer completo

Detesto a la gente que hace una sola cosa en la vida y encima la hace mal.

Un caso muy concreto son los atletas. Los lanzadores, por ejemplo, se dedican todo el día a revolear una porquería con el secreto anhelo de tirarla más lejos que los demás. Trabajan de eso: de revolear un martillo, un disco, una bala, una jabalina. ¿Cómo pueden, entonces, volver de las olimpíadas sin haber salido por lo menos en tercer lugar? Si se van a dedicar durante todo el día a tirar un objeto por el aire, lo mínimo que pueden hacer es ser buenos en eso.

Un arquitecto, para ensayar un contrapunto, realiza miles de actividades complejas dentro de su profesión: hace cómputos, compra materiales, vende proyectos, dibuja planos y vistas, evalúa terrenos, imagina diseños, se capacita en las últimas tecnologías y aprende a usar nuevos programas de dibujo, entre otras cosas.

¿Qué hace el lanzador de bala? Lanzar la bala durante todo el día. La lanza, la junta. La lanza, la junta. La lanza, la junta. Y después se va a dormir. ¡Por lo menos debería ser el mejor del universo!

Xinmei Sui (la lanzadora de bala china que ocupa el puesto número diez del mundo) por ejemplo, no es una inútil por tres centímetros. Si el que venía atrás la tiraba dos dedos más cerca, la vida de Xinmei perdía todo el sentido. Todos esos años tirando una bocha al divino botón.

Leer completo

¡Ya basta de hipocresía! ¡Los periodistas deportivos no hacen nada! Tienen tres titulares fijos que -adjetivo más, adjetivo menos- usan casi todos todos los días: "Otra vez la violencia", "Boca pelea por la punta" y el hit: "Perdió Gisela Dulko".

  • Comments Off

Imagínense conviviendo con veinte desconocidos, apiñados en un monoambiente viejo y ruidoso, sin baño, ni cocina, ni electricidad. Imaginen que el techo está lleno de goteras, que es caluroso en verano y frío en invierno, y que además, no tiene camas suficientes para todos y se tienen que turnar para descansar.

Imagínense que los veinte tienen que ponerse de acuerdo para prender la estufa, para abrir una ventana, para escuchar la radio, para fumar, o conversar en voz alta, porque todos duermen en horarios diferentes y están abrigados de distinta manera.

¿Cuánto durarían sin matarse a golpes porque uno no se baña y tiene olor a sopa en las axilas? ¿No terminaría asesinado en una zanja el que escucha música y canta a viva voz mientras otros llegan reventados de trabajar? ¿Y qué hay del que insiste con hablar a los gritos por el celular o jugar con los ringtones a medianoche?

Ahora dejen de imaginarse. No es necesario. Esta locura no es otra cosa que viajar en colectivo. Y estos, algunos de los compañeros de viaje con los que nos vemos obligados a compartir el trayecto todos los días.

En todos los colectivos y subtes hay una secretaria de consultorio berretón que piensa que es linda, lee mucho Cosmopolitan, usa pantalón coreano color negro, y se lleva la vianda en una bolsa de cartón de Paula o Tucci que guarda como si fuera un tesoro. Está obsesionada con que todos la quieren apoyar. Va durante todo el trayecto alterada, girando intempestivamente para ver quién la tocó, le rozó la cintura o le movió la carterita de cuero ecológico, como si el colectivo no estuviera lleno y todos eligiesen por propia voluntad pegarle con un tubo de cartón en la cola.

Leer completo

En todas las colas existe una persona que no encuentra la billetera, una que distrae a la cajera hablando boludeces, y una que grita por el celular. Sin embargo, ninguna es tan molesta como la que "no entiende el vuelto", un cabeza de alcornoque que demora la fila veinte minutos para reclamarle a la cajera que no le dio un peso cuando él pagó sus $99,90 con $100. Este necio tardón y problemático debería ser multado por la policía, y obligado a cursar primer grado de nuevo y a llevarle el boletín a la cajera a principio del año siguiente.

  • Comments Off

El supermercado desnuda el alma del consumidor. No hay forma de velar la pobreza, la tacañería, el celibato, los valores de colesterol o la depresión con un changuito en la mano. Nos delata la demora para elegir un queso, la cantidad de bifes que le pedimos al carnicero o la insistencia con la que pellizcamos fruta en la verdulería. Somos así de evidentes.

Sin embargo, mirar el changuito a veces arroja una interpretación azarosa y falible. Después de todo ¿Qué puedo inferir de una persona que lleva cuarenta botellas de vino y una caja de cafiaspirinas? ¿Que es alcóholico? ¿Que tiene una fiesta? ¿Qué está aprovechando una oferta? ¿Que las piensa revender en su almacén? Quién sabe. En el supermercado hay millones de perfiles de comprador.

Y sin embargo, sólo hay dos tipos de personas.

Como si fuésemos orcos y elfos, federales y unitarios, perros y gatos, en el supermercado, estamos los que le corremos hacia adelante el changuito a un comprador ausente, y los que se aprovechan de esa ausencia para robarse el lugar.

Yo soy, por supuesto, de las primeras y enemiga acérrima de los segundos. Los odio a muerte.

Leer completo

Hay una clase de tonto negado y cargoso que vive pregonando que todo "es lo mismo". Que todos los vinos son, en realidad, el mismo vino adentro de una botella distinta. Que Mar de Ajó es igual a la Polinesia y encima te ahorrás el pasaje. Que el té nacional saborizado y uno importado saben igual. Que todo es lo mismo, pero nosotros somos idiotas y no nos damos cuenta. Suerte que él (que es un detective privado, un sibarita avispado, un hombre de mundo) nos viene a sacar de la oscuridad.

Esta es la primera vez que voy a escribir en vivo y en directo; a diez minutos de haber concluido una pelea. Me motiva sólo el malhumor, así que no esperen reflexiones o ideas divertidas. Si este artículo tiene un mérito es el de la inmediatez y nada más.

A las tres de la tarde dejé la llave de mi nuevo departamento en la cerrajería para hacer una copia. Como es una llave “Panzer” tuve que ir a un representante oficial, que además de estar lejos, demora tres horas en hacer la copia (Si descubro a qué idiota se le ocurrió fabricar estas llaves, lo desnuco. ¿No se dan cuenta que si necesito una copia es, justamente, porque con la llave que tengo no me alcanza? ¿Y si se las dejo media tarde para que la copien con qué abro?).

Mientras me hacían la llave me tuve que ir a escribir al bar de los tés que está a diez cuadras de casa. Pero cuando llegué había una sóla mesa disponible, que además no tenía enchufe, así que mientras me pedía un té Oolong, le dije a la moza:

Carolina:
Me siento acá un rato, pero voy a necesitar enchufe así que
cuando se desocupe alguno de la pared ¿Me pasás?

Moza:
Ok.

A los diez minutos se desocupó una mesa, pero no me dejaron mudarme. Me dijeron que era para cuatro personas; que mejor me pasara a otra que ya se desocupaba en unos minutos y tambiéntenía enchufe.

Entonces me senté de nuevo, miré la hora, bufé, esperé, subí y bajé el colador del té para que infusionara mejor, y finalmente, luego de un par de minutos me pasaron a mi mesa.

Pero cuando fui a enchufar la notebook noté que no tenía enchufe. La pared estaba pelada. Así que llamé a la moza de nuevo.

Leer completo

Cuando tenía ocho años, el doberman de una familia vecina me mordió la frente. Me dejó dos pequeñas cicatrices escondidas como cuernos en bajorrelieve detrás un flequillo que no pude cortarme hasta los doce.

Desde ese día los perros y yo estamos peleados. Cuando nos encontramos, ellos me ladran y yo cruzo de vereda. Y si no puedo, repito “San Roque San Roque que ese perro no me mire ni me toque” como una maniática. Nada más. Esa es toda nuestra relación.

Yo sé que mi enojo es un enojo injusto, arbitrario y emocional; que el perro no tiene culpa de nada. Pero convengamos que son animales pesados. Son cariñosos, pero también unas bestias dependientes y cargosas que se te tiran encima de la gente, tienen olores, no hacen caca en las piedritas y como si fuera poco, hacen un ruido infernal.

No hay nada más molesto que un perro de barrio ladrando como una sirena afónica durante toda la noche. O nada más asqueroso que un perro chorreando un hilo de baba grueso como una soga sobre tu pantalón. O más irritante que un perro chiquito y vestido ladrando con voz de pito en la entrada de un edificio. Pero malos, lo que se dice malos, no son, aunque me hayan cagado a mordiscones en el pasado.

Lo primero que me molesta de la gente con perro es que no entienden que su perro no es mi perro. No piensan que a mí quizás no me guste la saliva olorosa de su mascota impregnada en mi pantalón. Lo llevan suelto como si todos estuviéramos ansiosos porque nos ladre, nos mee la vereda o se nos tire encima para jugar.

Leer completo

Es una regla universal: cuánto más feo y común el nene, más habla su madre de sus monerías.

  • Comments Off

Entre romperse una pierna jugando al fútbol y tener que salir a ver departamentos para alquilar, prefiero mil veces romperme una pierna.

Muchos van a decir que exagero; pero seguro son propietarios. Otros van a justificar la situación diciendo que hay pocas propiedades para alquilar y que eso complicó mucho el panorama; pero no es más que otra mentira. Buscar departamento siempre fue la misma pesadilla y eso nunca tuvo que ver con la oferta y la demanda. El terror de los inquilinos no está las propiedades sino en las inmobiliarias.

No hay patán más fabulador, más creativo y más sinvergüenza que el vendedor de inmobiliaria. Ni siquiera un estafador de profesión es tan chanta. Decirle “cocina americana” a una kichenette, “loft” a un sencillo monoambiente o “patio” a un pulmoncito techado no es una interpretación subjetiva de la realidad. Es un acto de violencia.

Jamás una inmobiliaria me dijo por teléfono que la propiedad tenía cucarachas, que era ruidosa, o que el edificio parecía un tren fantasma. Jamás de los jamases. Siempre me enteré al llegar, cuando el departamento me abrió sus puertas, feo y desafiante, como un narigón irresponsable que se describió por chat como un adonis.

A mí alguna vez me gustaría leer algo así, por ejemplo:

Leer completo

De todos los pecados intelectuales que hay, el peor es creer que existe un arte "comprometido", "con mensaje", "profundo" y otro "superficial". Le sigue la superstición de que el cine europeo es mejor que el americano (dividir el arte por nacionalidades ya es bastante tonto) y después, en tercer lugar, pensar que hay temas y géneros más importantes que otros.

Los mediocres que se inscriben en esta tendencia son los mismos que sostienen que hay películas "para pasar el rato" y otras "para pensar", los mismos que desprecian la televisión en su totalidad, y por últimolos mismos que detestan a Spielberg y se emocionan con hasta las lágrimas con los soporíferos bodrios de Peter Greenaway.

  • Comments Off

A la hora de pelear somos todos iguales. Yo, por ejemplo, no discrimino a nadie. Me peleo con niños en la plaza, con gerentes de banco, con vecinos molestos, con el santo de mi marido, y con cualquiera que busque complicarme la vida.

Sin embargo, hay una excepción. O mejor dicho un tabú. Hay un caso en el que no puedo pelear. Un caso en el que me inhibo. Un caso en el que me pueden pasar por arriba, estafarme descaradamente, atenderme mal o cobrarme un disparate que yo pongo la otra mejilla. ¡Incluso sonrío y agradezco!

A ese caso, en mi familia le decimos “la partida de alma”.

Cada tanto (sobre todo en los barrios), una familia decide abrir un negocio para subsistir. Hipotecan la casa, venden el auto o se juegan la indemnización de una vida para concretar el ansiado sueño de ser patrón. Tanto los padres como los hijos trabajan con la mayor de las ilusiones. Atienden con una sonrisa de oreja a oreja y reciben a los compradores con esos nervios de principiante que le resultan tan tiernos a la clientela.

Leer completo

Me irrita sobremanera esa política incómoda y miserable de edulcorante que tienen algunos bares en la actualidad. Al parecer, como algunas viejas ladinas se meten todos los sobrecitos de azúcar en sus pulgosas carteras, los mozos ahora te preguntan con qué tomás el café para darte dos sobres limosneros ¿¡Y si quiero cinco!? ¿Por qué tengo que andar mendigando y confesándole mi adicción al aspartamo a alguien que ni siquiera conozco?

  • Comments Off

Si alguien me habla en la calle, me arruina el día. Así de simple. Sin atenuantes ni términos medios. Basta que una persona se acerque a hacerme una pregunta para que yo no vuelva a sonreír hasta la noche.

Antes que nada, quiero empezar esta crónica reconociendo que esta tara que tengo es muy especial. Yo sé que alterarme de semejante forma por un par de palabras anónimas es la evidencia más contundente de que mi carácter es imposible. Mimarido dice que es locura y nada más. Sin embargo, un poco de razón tengo; después de todo yo “soy mía” y conmigo hago lo que quiero. Y eso involucra también hablar.

Hablarle a alguien sin permiso es un acto invasivo, una violación a la intimidad mental del otro. Nadie tiene derecho a interrumpir una discusión imaginaria, un recuerdo placentero, una argumentación difícil de seguir ¡Y menos si no conoce al otro! Los que quieran saber una calle, bien pueden comprarse una guía T. Los que necesiten saber la hora, un reloj. Y los que quieran charlar, un amigo o un espejo.

Leer completo

Yo soy una compradora compulsiva y fácil, pero tengo una regla de oro. Puedo transar con la calidad, con el maltrato, con la distancia. Pero jamás de los jamases consentiré una compra en negocios cuyo nombre empieza con "El emporio", por ejemplo. Antes de ir a "El rey del cartucho" o a "El palacio de las medias" prefiero tirarme de un puente. Y ni hablar de los que le ponen el nombre de los hijos: "Lencería Ma-ga-dán" y "remises.com" a su negocio. A esos directamente habría que clausurarlos.

  • Comments Off

El llorón es el único taxista del mundo que no busca conversación. Es prácticamente mudo salvo porque articula un pequeño chistido rezongón, intermitente y monomaníaco cada dos minutos durante todo el viaje.

Cada vez que otro conductor dobla mal, que un pasajero no sabe la intersección de una calle, que le pagan con un billete grande, que se choca con una cortada o que hay más de dos autos en una avenida, (es decir, cada vez que sucede algo que sacude su trastorno obsesivo compulsivo) el llorón hace lo mismo: golpea el volante, revolea los ojos y chista como una de esas panderetas que acompañan los temas de cumbia tropical: ¡Pst! ¡Chist! ¡Puf! ¡Tcht!

Leer completo

Detesto profundamente a las minas que se juntan a cacarear (escandalosas, agudas, desbocadas) en un bar. Me dan ganas de asfixiarlas con una servilleta de tela ¿No se dan cuenta que no se puede leer ni pensar ni trabajar por su alboroto de conventillo? Dentro de diez años gritar será el nuevo cigarrillo. O eso espero.

Todas las clasificaciones son anecdóticas y superficiales, menos una: la que separa a los lindos de los feos. El resto no significa nada. Es un placebo para calmar a quienes se saben del peor lado de la medianera, los feos.

Entre lindos y feos hay un límite invisible pero robusto. Mientras que a los lindos los espera una vida llena de favores y oportunidades (las puertas se les abren, los placeres carnales se les ofrecen, los trabajos los llaman a susurros) a los feos, en cambio, nos espera la nada. Tenemos que procurar ser inteligentes, simpáticos o muy graciosos si queremos prosperar. Aunque suene frívolo, la belleza determina a grandes rasgos el futuro potencial de una persona.

Leer completo

Ayer, como las tres de la tarde, mientras trabajaba en la computadora y acariciaba a la gata me suena el celular.

Llamador idiota:
Hola, me acaban de llamar desde este número.

Carolina:
Mmmmmmm.. No. Yo no te llamé.

Llamador idiota:
¿Estás segura? Habrá sido otra persona ¿Podés preguntar?

Carolina:
No hay otra persona, es mi celular. Y está sobre la mesa. Nadie te llamó.

Llamador idiota (enojado):
¿Pero podés preguntar para estar segura? Estoy esperando un llamado importante.

Leer completo

Cuando yo estaba en la escuela primaria, el punto final de las discusiones infantiles, el as de espadas de las amenazas, el jaque mate de las peleas era decir que tu papá era policía. No sé si imaginábamos que nos iban a arrestar o qué, pero esa frase nos intimidaba de tal manera, que ni bien alguien la decía, ganaba inmunidad inmediata. Podíamos contestarle cualquier cosa. Podíamos insultar a su pobre madre, ventilar una intimidad dolorosa de su familia, o incluso pegarle una piña, pero si ya había dicho “y qué, mi papá es policía” la discusión terminaba ahí.

Pero recientemente me di cuenta que esa treta no es sólo un ritual infantil; que esos chicos (los que alguna vez cerraron discusiones con el truco del padre policía) de grandes, se parecen todos entre sí. Es más, que se visten todos de la misma forma, estudiaron la misma carrera y, previsiblemente, viven todos de la misma profesión.

Al principio pensé que era una casualidad. ¿Qué puede tener que ver una carrera con una muletilla berreta que usábamos cuando eramos chicos? ¿Cómo una sola frase puede definir el futuro de un ser humano?

Y sin embargo, es cierto. Si uno los escucha pelear hoy el día, en seguida se da cuenta que estudiaron esta carrera para engrosar su glosario de truquitos peleadores y nada más. Para ganar las discusiones sin sudar, para apropiarse una magia negra y truculenta que los exime de tener que esforzar la lengua para vencer al otro.

Leer completo

Yo sé que mimarido llegó del trabajo porque apenas pone la llave en la puerta de entrada, la gata va corriendo, desesperada, a esperarlo en dos patas. Pero ayer la pobre gata se tuvo que quedar esperando veinte minutos colgada del picaporte, porque mimarido se quedó charlando con la vecina hasta que se me quemó la cena.

Apenas entró iba a poner el grito en el cielo, pero tenía una cara pésima. Estaba enojado, furioso, fuera de sí.

Mimarido:
Carolina, ¿Vos le dijiste a la vecina “matrona horrible”?

Y le expliqué que no era “tan así”, que ella había empezado. Pero previsiblemente no me creyó, y le tuve que mandar el mail que nos mandó a todos los vecinos, para explicarle cómo había pasado todo.

Leer completo

Hay un tipo de taxista patético pero inofensivo llamado “el banano”, cuya única obsesión es demostrarle al pasajero que él está manejando un taxi por placer o casualidad, pero que en realidad podría hacer cosas mucho más importantes que yirar adentro de esa cafetera por el microcentro.

A diferencia de “El galán” (de quien hablaré más adelante), que vive para contar cómo las mujeres se le ofrecen en el taxi, el banano tiene una obsesión diferente. Al banano le gusta presumir en tercera persona. El no levanta. El tiene un amigo que levanta. El no es millonario, pero tiene un amigo que sí. El no es famoso. El conoce famosos. A él le ofrecen negocios únicos, oportunidades doradas y sexo salvaje, pero él rechaza estas ofertas porque prefiere estar tranquilo y ahorrarse problemas.

Al banano le gusta jactarse, por ejemplo, de que un primo le consigue algo (champagne, perfumes, repuestos automotrices o celulares) casi gratis, de que lleva y trae a los hijos de algún famoso desde que eran chicos, o de que es amigo del niño cantor de “Grandes Valores del Tango” Ricardito Marín.

No importa por dónde derive la conversación. El banano se las ingenia para introducir a sus pasajeros famosos en la charla, aunque todos estén en silencio o hablando del granizo que cayó el año pasado.

Leer completo

Cuando yo era chica, el negocio del momento era poner una remisería. Todos querían hacerse millonarios con un fiat duna blanco y una corbata berreta color bordó.

Un año después, el hit eran los parripollos y los tenedores libres que ofrecían cordilleras de camarones y helado sintético por ocho pesos el cubierto. Después fueron los maxikioscos o polirubros, más adelante los negocios “Todo x $2″, los desayunos delivery (que todavía la siguen remando con esas pastafrolas ratonas y duras a las que llaman “delicatessen”) y hasta hace poco los restaurantes de sushi de medio pelo.

Hoy, paralelamente al ocaso del sushi hay otro negocio que amenaza con transformarse en el nuevo boom del verano. La última receta para ser millonario es ser “emprendedor 2.0″

Por desgracia, el término “emprendedor” es tan amplio que cobija, sin querer, un montón de acepciones. No es extraño, entonces, que gran cantidad de payasos y oportunistas se aprovechen de esta vaguedad semántica para colarse por las hendijas de este maltratado y novedoso rubro virtual.

¿Con esto qué quiero decir? Que hay mucha gente trabajadora, creativa, respetable que puede definirse, si quiere, como “emprendedor”, pero que por cada uno de ellos, hay 115 parásitos monocordes y charlatanes tratando de pegarse al boom 2.0 de la web sin hacer otra cosa que chuparle las medias a otros emprendedores, copiar artículos de microsiervos y sacarse un avatar en Second Life.

Leer completo

Ayer a la tarde, cuando mimarido llegó de trabajar, me encontró con la cara llena de café caliente, llorando y temblando de nervios, diciendo que iba a a matar a esa hija de puta aunque se me fuera la vida en ello.

Se sentó al lado mío, trató de calmarme y me pidió que le contara por qué había café en el piso, por qué lloraba así, por qué tenía la ropa manchada y una bolsa de hielo en la cara.

Y le conté que todo empezó esa mañana, cuando el timbre me interrumpió la confección de un café con espuma.

Apenas compré la cafetera podía dejarla sola haciendo el café. A los dos minutos volvía, hacía la espuma, la apagaba, y listo. Una maravilla. Pero con el tiempo se fue poniendo mañosa, malcriada, llena de tics. Si ponía la manguerita del vapor para un lado salía más fuerte que para el otro, si cargaba demasiada agua el café tenía un ligero gusto a quemado y si estaba prendida desde hacía mucho tiempo, hacía el café más rápido y más aguado.

Pero hace tres semanas que comenzó lo peor. Algunos días gotea, como si estuviera tapada, con todo el agua caliente adentro. Es más: hay días que hace un café espectacular y otros sólo chorrea un líquido negro. Depende del humor con el que esté.

Hoy, por suerte, era un día de los buenos. Venía saliendo café tostado, untuoso, castaño. Pero como sonó el timbre, tuve que apagarla e ir a atender. No quería que se pase porque empieza a usar el agua del vapor y hay que esperar que se enfríe para poder abrirla y ponerle agua de nuevo para poder hacer la espuma.

Leer completo

El viernes fui directamente al local de los harapos y por suerte estaba la dueña.

Le expliqué la situación oscilando entre el llanto y los gritos histéricos, como una loca de esas que vagabundean por la calle hablandole al aire y articulando tics nerviosos para el deleite morboso de los vecinos.

Haciéndome la pobrecita (que también me gusta mucho) le expliqué que yo no estaba acostumbrada a esta clase de telas y por lo tanto no entendía si era normal que se achicaran al ponerse en contacto con agua y jabón, que me hubiera quedado con la remera pero que me daba verguenza circular por ahí con una prenda de calidad tan vulgar, que por favor me devuelva el dinero para poder reponerla en un local que vendan ropa “de gente”.

Previsiblemente se ofendió. Yo añadí argumentos que incluían palabras como “jirón”, “cochinada” y “andrajo” y ella me retrucó con “primera calidad”, “política del negocio” y otros delirios de empresaria que me pusieron más nerviosa todavía.

Diseñadora
Mirá, estas prendas se lavan a mano, yo no puedo responder si vos la metés en un lavarropas, que es algo brusco que deteriora las telas. Yo tengo la atención de cambiartela, pero devolverte el dinero es imposible porque no es nuestra política y porque ya está en la caja. Además, pagaste con tarjeta.

Leer completo

El jueves tenía que ir a la covacha mugrosa a cambiar la remera, pero no perder el tiempo otra vez, decidí llamar por teléfono antes y confirmar que la patrona estuviera sonriendo, clavada, detrás del mostrador. Me atendió la actriz, que no me pudo solucionar el problema y encima resultó mucho más cocorita que en persona (No puedo echarle la culpa, a mí me pasa lo mismo).

Carolina:
Hola, yo fui hace dos días a cambiarte una remera que se acortó….
No sé si te acordás.

Actriz que trabaja de vendedora:
¿Acá?

Carolina:
Sí, hablé con vos.

Actriz que trabaja de vendedora:
¿Conmigo? No creo. Por ahí con mi compañera.

Carolina (incrédula):
¿Son dos? Pero si ese local tiene un metro cuadrado…

Actriz que trabaja de vendedora:
Sí, bah, no. Ella viene a veces.

Carolina:
¿Está la dueña?

Actriz que trabaja de vendedora:
A ver, pará.

Y me dejó en el teléfono. 2 minutos. 3 minutos. 10 minutos. 20 minutos. Nunca volvió. Y cuando corté, además, me dio ocupado como media hora seguida.

Para este momento, yo estaba como loca. Ella tenía todo el poder. Yo, en cambio, una media remera y un enojo violento. Volví a llamar con el ojo palpitándome como una bomba, derritiendo el celular con mi sien hirviente y justiciera.

Carolina
Hola, yo te acabo de llamar y me dejaste en el teléfono…

Click.

Tututututututu

Yo no les puedo explicar lo loca que me quedé. Mi gata me quiso hacer mimos y le grité que me dejara vivir. Mi marido me preguntó si había frambuesas y le contesté que se las pida él, que era un manco, que yo no estaba acá para satisfacer sus delirios gourmet y que deje de tratar solapadamente de esclavizarme y transformarme en un ama de casa proveedora de comida y ropa limpia todo el tiempo.

Y me quedé así, atacada de malhumor, hasta que colgaron el tubo y pude volver a llamar.

Sin embargo, a pesar de mi insistencia, nunca más me volvieron a atender. Recién pude hablar con la actriz al otro día, el viernes, cuando fui directamente al local, presa de una furia loca que me costó un dolor de cabeza y catorce pares de medias en los más diversos colores.

Leer completo

Hace quince días me compré la primera remera de la temporada otoño invierno. Ochenta y nueve pesos. Y ni siquiera tiene dobladillo. Está cortada así nomás con tijera porque es muy cool, muy ochentas, muy de diseñador holgazán que se quiere hacer el innovador.

Ya pagar cerca de cien pesos por un trapito de diseñador ignoto cuya confección es a base de nudos, tijeretazos y un par de estampas roñosas me pone de pésimo humor. Me hace acordar a los vestidos que yo le hacía a mi Barbie cuando era chica, que adelante estaban perfectos, pero en la espalda escondían nidos de hilos, pegotes y ganchitos de abrochadora.

Yo no sé cuando empezó el boom del harapo. ¿Desde cuándo la calidad de los materiales o los detalles de terminación pasaron de moda? ¿Hasta cuándo vamos a soportar los trapos del polyester más ruin que engendran estos malcriados de Palermo con delirios de diseñador? ¡O peor aún! ¿Hasta cuándo vamos a permitir que estos ridículos que enhebran fideos y hacer aritos de plástico soplado hablen de sus chucherías como “ joyería contemporánea”? ¡Tiene una rosa de goma eva por amor de Dios! ¡Eso no es una gargantilla, es un disfraz de malvón para el acto de preescolar! ¿Estamos ante el nacimiento del diseño indigente? ¿Ante una apología de lo berreta, de lo deforme, de lo descartable? ¡Pero por favor! ¡La mayoría de estos delirantes son repetidores analfabetos que no hubieran pasado ni la primera ronda de clasificación de Project Runway!

Sin embargo, aunque yo sé que estos farsantes sólo hacen andrajos imponibles hechos de estopa y papel crepe, tengo con ellos un pacto tácito de entendimiento. Yo sigo comprando porquerías a precio de oro para que ellos crean que tienen talento siempre y cuando lo pueda usar al menos un invierno. Y hasta ahí todo bien. Hasta hace quince días, que rompieron el pacto conmigo.

Mi remera de $89 no duró una temporada. Duró un día. Un lavado. Un suspiro. Y se acortó así nomás, como si se encogiese de miedo. Así que fui, furiosa, al local de esa delincuente serial a pedirle que me devuelva el dinero.

Carolina:
Hola, yo compré esta remera y se acortó. No se puede usar así, quiero que me devuelvan la plata por favor.

Actriz que trabaja de vendedora:
Mirá, la dueña ahora no está. Yo no estoy autorizada para hacer este cambio. Una vez que le sacás la etiqueta…

Carolina:
Se acortó cuando la lavé. ¿Se supone que la lave con etiqueta?

Actriz que trabaja de vendedora:
No, lo que pasa es que está usada.

Carolina:
Sí, una vez. Y nunca más. Porque es descartable.

Actriz que trabaja de vendedora:
Mejor si venís en otro momento que ella esté.

Carolina:
No entiendo. ¿Ustedes me venden esto y yo tengo que probar suerte viniendo hasta que la dueña esté? Yo sí tengo un trabajo. No puedo pasarme la vida en el local esperando que esa mujer trabaje también.

Actriz que trabaja de vendedora:
No sé qué decirte.

Carolina:
¡Justamente! ¡Llamala que ella seguro sí tiene algún justificativo delirante para contarme!

La actriz que trabaja de vendedora llama a la dueña y hablan por teléfono durante cinco minutos.

Actriz que trabaja de vendedora:
Está todo bien. Dejámela acá, elegí lo que quieras y te hago el cambio.

Carolina:
No, no está todo bien. No quiero nada de acá, porque todo lo demás debe ser
igual o peor. Quiero mi plata para poder gastarla en otro negocio.

Actriz que trabaja de vendedora:
Eso lo tendrías que hablar con ella, porque una vez que está en la caja… No sé qué decirte.

Carolina:
No me digas nada. Llamá a la dueña.

La actriz vuelve a llamar a la dueña y hablan cinco minutos otra vez.

Actriz que trabaja de vendedora:
Me dice la dueña que se la dejes, que ella la va a mandar a fábrica a ver qué pasó.

Carolina:
Yo te digo qué pasó: la dueña compró una tela de diez australes y previsiblemente se encogió. Eso pasó.

Actriz que trabaja de vendedora:
Eso lo tienen que determinar en fábrica

Carolina:
Pero qué fábrica ni fábrica. Ustedes como mucho tienen una máquina de coser Singer debajo de la cama. Acá no hay fábrica, ni dueña, ni diseñador. Acá juegan al negocio como cuando yo era chica y ponía mis cosas sobre la cama y una amiguita era mi clienta.

Actriz que trabaja de vendedora
No sé qué decirte.

Carolina
No me digas nada, si vos no podés hacer nada. Quiero hablar con la dueña.

Actriz que trabaja de vendedora
No sé…

Carolina:
Mirá, me estoy poniendo muy nerviosa. Date cuenta que todo esto es una locura. Ustedes deberían estar muertas de vergüenza, escondiendo la cabeza en la tierra como una avestruz por haberme vendido esta deformidad, y sin embargo, me dicen que siga viniendo todos los días, a ver si de casualidad encuentro a la dueña y me devuelve el dinero que me robaron.

Actriz que trabaja de vendedora
Si querés la llamo de nuevo, pero ya me dijo que no la puede cambiar sin verla y que no puede venir.
Yo ya le describí que está más cortita, pero no sé, la tendrías que dejar.

Carolina:
Sí, ya se. Y no sabés qué decirme.

Actriz que trabaja de vendedora (encogiéndose de hombros):
Yo te recomiendo que vuelvas el jueves…

Carolina:
Yo vuelvo el jueves, pero decile a esa mujer que me va a tener que oir.

Leer completo

Hay gente con la que todavía no me pelee, pero que tengo agendada para pelear. Los tengo entre ceja y ceja. Los miro en silencio, deseosa, expectante, camorrera, esperando el momento ideal para iniciar una revuelta.

Soy como un nene que admira una torta detrás del mostrador de una confitería. Se me hace agua la boca. Los veo hacer su numerito, y me imagino los gritos, su cara desencajada, la expresión de la gente alrededor, y me río sola, como si estuviese viendo una comedia de humor negro por televisión.

Un buen ejemplo es el tanito maltratador, espantoso y prepotente que va a comprar a la misma verdulería que yo. No veo la hora de agarrarlo con tiempo. Quiero pelearme con él hasta hacerlo llorar. En primer lugar, porque es una persona horrible que maltrata a mis dóciles verduleros, (quienes me guardan los berros más crocantes y las uvas más dulces todos los días). Y en segundo lugar, porque creo que sería una gran anécdota.

El tanito maltratador usa un short caído-cagado color amarillo patito, mocasines y una chomba apretadita que me da un asco inmenso. Cuando lo ven llegar, los vendedores suspiran y miran fijo las uvas para disimular el hastío anticipado, pero yo sonrío, como gato que se relame, ansioso, alrededor de un plato de atún.

Además de su vestuario de viejo insufrible, el tano tiene dos vicios insoportables, que al juntarse, se potencian. Es un amarrete careta. Es decir que siente vergüenza de su avaricia pero también que intenta disimularla disfrazándola siempre de otra cosa.

Como le da pudor regatear el precio de un producto, por ejemplo, el tanito se hace el sordo.

Tanito espantoso:
Ah, 3 atados 1,50. Dame seis entonces.

Verdulero:
No, no, 1,50

Tanito espantoso:
Por eso, 3 x 1,50, me llevo seis.

Verdulero:
No, 1,50 cada uno.

Tanito espantoso:
Si, cada paquete de tres. Dame las más
chiquitas que son más tiernas. Seis.

Otro ardid patético para evitar consultar los precios de toda la mercadería y así poner evidencia que compra sólo lo más barato es acusar a los verduleros de estafadores a los gritos, asegurando que él consigue lo mismo a la vuelta por dos cospeles.

Tanito espantoso:
¡Tres pesos cada palta! ¡Ah no, me las sacás ya mismo!
No, no. Yo pensé que estaban a un precio normal…
Si acá a la vuelta las pago cincuenta centavos cada una…
¡Es una locura! (revoleando los ojos) Queeeé rooooobo

Y no es todo. Tiene triquiñuelas más odiosas. Siempre trata de encontrar un defecto en la mercadería para conseguir un descuento, pero al mismo tiempo, maquilla un poco el vicio para que nadie advierta que se lleva algo fallado.

Tanito espantoso:
¿Y los de allá? ¿Esos más maduritos?
(Señalando una cordillera de duraznos podridos
llenos de abejas y otras alimañas) ¿Esos son más
caros? Porque justo los quiero para hacer
dulce yo, como esos, que son ideales.

Verdulero:
Le puedo dejar a un peso…

Tanito espantoso:
¿Un peso? ¡Pero yo los quiero para hacer dulce!
Pf (protestando, como si lo asaltaran a mano armada)
Bueno, dame dos duraznitos. Elegímelos lindos eh,
que no estén muy machucados. Los más sanitos.
Fijate que no estén golpeados… Son para hacer dulce,
pero igual. Ese no que está muy maduro.

La última vez que lo vi, yo salía del supermercado (que está enfrente) y lo divisé desde lejos, cargando acelgas como un loco y volviéndolas a poner en sus cajones, todo alterado, en el momento de pagar. Me apuré a cruzar la calle, para atajarlo antes de que se vaya pero como no llevó nada, no tuvo que ir hasta la caja y se fue antes de que yo llegue.

Pero sé que no va a ser mi última oportunidad. Lo estoy esperando, deseosa, receptiva y chiflada, con un montón de adjetivos horribles atorados en la garganta, al lado de una pira de ciruelas pasadas, frotándome las manos como esas moscas verdes y lentas que sobrevuelan la verdura en los días de calor.

Leer completo

Yo tengo un problema con el ruido: no soporto a la gente que habla a los gritos en lugares públicos, ni a los que abren paquetes en el cine, ni a los que escuchan música a todo volumen. Y ni hablar de los que cantan canciones de cancha fuera de la cancha. A esos directamente los mataría.

Sin embargo, hasta ahora, el ruido no había sido una fuente de enojos muy violentos. Estaba tan ocupada odiando a la mayonesa y a los que empujan en el subte, que no tenía tiempo. Pero eso fue hasta hace un año, cuando apareció una monstruosa modalidad de barullo que acabó con mi salud mental: el ringtone.

Cuando escucho un ringtone exagerado no escucho música. Escucho al diablo. Los ringtones feos son un ruido de bestias, de inadaptados, de gente ruin. El ringtone es un hábito de animales, no de personas. Las personas conversan, leen, escriben, dialogan, descansan. No escuchan al cantante de “La mancha de Rolando”, aullando como un lobo desde la cartera o la guantera del auto, cada vez que les suena el celular.

La gente que tiene ringtones exagerados, que no apaga el celular en el cine, o que habla a los gritos por teléfono, debería pagar una multa. Habría que fijar un volumen permitido en espacios públicos. Como sucede con la velocidad de manejo o la altura de los edificios. Porque yo no tengo por qué soportar sus malignas melodías a todo volumen, como si fuesen los musicalizadores oficiales del lugar. No tengo por qué escuchar nada que no elegí. No tengo por qué ser interrumpida, alterada o sorprendida por sus cachivaches musicales mientras intento hacer algo lindo con mi vida.

Ayer, sin ir más lejos, mientras esperaba a mi editora en un bar, y aprovechaba para corregir unos párrafos del día anterior, un zángano impresentable se me sentó a jugar al empresario en la mesa de al lado. Le gritaba a un empleado que busque unos paquetes en un depósito, que era un boludo, que no servía para nada, y que él no se podía ir a ningún lado. El empleado, por su parte, lo llamaba cada dos minutos para explicarle que había salido todo mal. Y cada vez que lo llamaba, sonaba una porquería con la voz de un cantante melódico desconocido gritando que tenía una mujer en las venas, o alguna cursilería caldosa similar.

Pero como estaba ocupada y no quería buscar camorra, decidí cambiarme de lugar y listo. Guardé la notebook, moví mis tazas de café (cuatro) y llamé al mozo, y justo justo cuando estaba por solucionar el tema sin derramamiento de sangre, me traicionó mi humor de mierda.

Carolina (al mozo):
Disculpame ¿Qué otra mesa tiene enchufe? Porque
trato de concentrarme pero el señor está escuchando
a Arjona a todo lo que da y no puedo escribir…

Cuando dije “Arjona”, el imbécil de al lado abrió los ojos grandes como dos platos de postre.

Empresario apócrifo:
Disculpame pero no es Arjona. ¿Sí?

Carolina
Me hace sangrar el tímpano como si lo fuera…

Empresario apócrifo:
En todo caso, si te molesta me lo decís a mí,
no llamás al mozo.

Y le dije un clásico mío, que además representa otra cosa que me molesta mucho: que me hablen los desconocidos.

Carolina:
No me hables más. (mirando hacia todos lados)
Tengo miedo de que alguien piense que te conozco.

El empresario apócrifo se quedó mudo. Supongo que esperaba un insulto más cuerdo como “maleducado”, “boludo”, “irrespetuoso”, pero como estaba desorientado y no sabía que contestar, pidió la cuenta. Apenas pagó, se levantó y me insultó varias veces.

Empresario apócrifo:
Pelotudademierdaforraputpeltboludoahdadk.

Carolina:
Fan de Arjona.

Empresario apócrifo:
(Yéndose, mirando de costado)
Callatpelotforrcalletapelonababoludademierda.

Carolina:
Andá, andá a tirarle la bombacha a Arjona.

Y les juro que tenía tanta cara de loco, de enojado y de asombrado (todo junto) que me acordé lo que me decía mi ex jefe cada vez que me peleaba con un proveedor: ¿No tenés miedo de que te fajen?

Y les voy a decir la verdad: un poco de miedo tengo, pero no puedo parar. Lo único que les puedo decir ese que ese día, cuando me peguen, vendré chorreando sangre, orgullosa, a contarles la primicia.

Leer completo

Desde que cambié el celular, recibo llamados para Betty Matos al menos dos veces por semana, y no puedo más.

No sé si ella tenía este número antes que yo o si es una misma familia consagrada a cagarme la vida, pero ya les dije dos mil veces que no soy Betty y siguen jodiendo. Vuelven a llamar como si nunca hubiésemos hablado. A veces, diez minutos después. Como si marcando muchas veces e insistiendo hasta hacerme sangrar la oreja, pudiesen corporizar a Betty del otro lado de la línea. Así que hoy a la mañana, mientras ponía un pollo en el horno, decidí acabar con esta tortura.

Ring ring

Carolina:
¿Hola?

 

Llamador compulsiva:
… ¿Betty?

 

Carolina:
Sí ¿Quién es?

 

Llamadora compulsiva:
¡Estela! ¡Te estuve llamando un montón de veces
y tenía el número mal!

(Quiero que noten como la llamadora sigue convencida de que tenía el número mal y lo arregló llamando mucho. Como si fuese cuestión de “enganchar” como cuando llamás a Susana Giménez)

Carolina:
Ah no, no. Era yo, pero me estaba haciendo negar.

 

Llamadora compulsiva:

 

Carolina:
Sí, no me llames más, Estela. No te quiero más.
Nunca te quise. Me parecés una estúpida, me
aburrís, tenés cara de pekinés, te vestís para el
culo y además, tenés mal aliento. No vuelvas a
marcar este número.

 

Llamadora compulsiva:
Andate a la mierda. No te llamo más.

Clink.

Leer completo

Desde que cambié el celular, recibo llamados para Betty Matos al menos dos veces por semana, y no puedo más.

No sé si ella tenía este número antes que yo o si es una misma familia consagrada a cagarme la vida, pero ya les dije dos mil veces que no soy Betty y siguen jodiendo. Vuelven a llamar como si nunca hubiésemos hablado. A veces, diez minutos después. Como si marcando muchas veces e insistiendo hasta hacerme sangrar la oreja, pudiesen corporizar a Betty del otro lado de la línea. Así que hoy a la mañana, mientras ponía un pollo en el horno, decidí acabar con esta tortura.

Ring ring

Carolina:
¿Hola?

 

Llamador compulsiva:
… ¿Betty?

 

Carolina:
Sí ¿Quién es?

 

Llamadora compulsiva:
¡Estela! ¡Te estuve llamando un montón de veces
y tenía el número mal!

(Quiero que noten como la llamadora sigue convencida de que tenía el número mal y lo arregló llamando mucho. Como si fuese cuestión de “enganchar” como cuando llamás a Susana Giménez)

Carolina:
Ah no, no. Era yo, pero me estaba haciendo negar.

 

Llamadora compulsiva:

 

Carolina:
Sí, no me llames más, Estela. No te quiero más.
Nunca te quise. Me parecés una estúpida, me
aburrís, tenés cara de pekinés, te vestís para el
culo y además, tenés mal aliento. No vuelvas a
marcar este número.

 

Llamadora compulsiva:
Andate a la mierda. No te llamo más.

Clink.

Leer completo

De todas las cosas que me enloquecen, lo que más me saca de las casillas es el tema de los conocidos que se van a vivir a un country en el fin del mundo y me quieren hacer viajar a mí. No hay cosa que me ponga más nerviosa. Nada. Ni siquiera cuando me tocan timbre el domingo por la tarde para preguntarme si vive alguien en la casa de al lado.

Que los countries sean horribles es lo de menos. No me interesa. Si alguien quiere vivir en ese paraíso de trumanshow es su problema. Ellos tienen que saludar vecinos, ver plantas podadas en forma de madalena y caminar por esas calles artificiales de estudio de televisión. A mí me da lo mismo.

Sin embargo, cuando esta gente elige su estilo de vida no entiende que yo no lo elegí. Que si ellos queiren viajar dos horas para ir todos los días a la oficina no es mi problema. Es una elección de ellos. Yo vivo feliz en Capital Federal, rodeada de smog y linyeras y me niego a ser cómplice de esa peregrinación delirante que realizan todos los días.

Ayer me suena el teléfono y me llama Paula, una conocida de una amiga, que ni siquiera soporto. Muy emocionada, me invita a su cumpleaños, que es el viernes que viene a la noche, en su casa de Tortuguitas.

Carolina:
Mirá, lo veo difícil.

Paula:
¿Por?

Carolina:
Te soy sincera, tu cumpleaños es a 150 km de la Capital Federal…Es bastante lejos e incómodo poder ir. Como si fuera poco, elegiste un horario especial, que es de noche. No creo que podamos ir.

Paula:
Bueno, es que al mediodía Mario juega al tenis y no podemos.

Carolina:
Claro, entiendo. Bueno, quizás sí. Después nos pueden traer.

Paula:
¿Hasta allá?

Carolina:
Sí, a casa.

Paula:
Uh, le tendría que preguntar a Mario… Porque a esa hora…

Carolina:
Claro, es lejos.

Paula:
Y sí.

Carolina:
No entiendo, te parece lejos venir desde tu casa a la mía pero no te parece lejos para que yo vaya hasta allá.

Paula:
Bueno, es mi cumpleaños. No es cualquier día.

Carolina:
Mirá, a mí me parece una locura que me invites a tu cumpleaños en el culo del mundo, de noche, y encima te ofendas si no quiero tomarme un avión hasta tu casa. Cuando vos elegís mudarte mil quinientas leguas de donde vivías, vos aceptás que vas a tener que viajar dos horas para todo, estar aislada de los demás, privarte de ir al cine o a comer afuera, pedir delivery o ir a tomar un cafecito con una amiga con la frecuencia que quisieras.

Paula:
Sí, pero nosotros elegimos…

Carolina:
Claro. Vos elegiste. Yo no elegí eso. Yo elijo vivir a una distancia razonable de mis parientes y amigos. No entiendo por qué si vos sos la que elige vivir lejos la que tiene que viajar soy yo.

 

Paula:
¡Pero es mi cumpleaños!

Carolina:
Entonces yo me voy a casar en Malawi y te voy a invitar, y si no venís, me enculo.

Paula:
No es lo mismo. Malawi es más lejos.

Carolina:
Pero me caso una vez en la vida, y vos festejás todos los años. Si sumás Pilar por 60 cumpleaños, te alcanza para ir a Malawi.

Paula:
Me parece que no tiene nada que ver.

 

Carolina:
Tiene todo que ver, Paula. Me parece que esta locura de los countries se tiene que terminar. Yo no voy a hacer 150 kms un viernes a la noche, después de trabajar todo el día porque a vos se te ocurrió jugar a Desperate Housewives. Olvidate. Contratá una avioneta o venite el sulky a buscarme, pero hacete cargo vos de tus decisiones. Yo no tengo por qué pagar el precio de las tuyas.

 

Paula:
Mirá, nosotros no tenemos otra opción. No nos vamos a quedar en la ciudad para que nos roben o nos maten para que vos no viajes mucho.

 

Carolina:
Te roban y te matan en todos lados. Pero acá por lo menos alguien va a ir a tu velatorio. Allá no porque es demasiado lejos para todos.

 

Paula:
Pero…

 

Carolina:
Avisame a qué hora viene la avioneta, Paula. Y sino, Feliz cumple.

 

Clink.

Leer completo

De todas las cosas que me enloquecen, lo que más me saca de las casillas es el tema de los conocidos que se van a vivir a un country en el fin del mundo y me quieren hacer viajar a mí. No hay cosa que me ponga más nerviosa. Nada. Ni siquiera cuando me tocan timbre el domingo por la tarde para preguntarme si vive alguien en la casa de al lado.

Que los countries sean horribles es lo de menos. No me interesa. Si alguien quiere vivir en ese paraíso de trumanshow es su problema. Ellos tienen que saludar vecinos, ver plantas podadas en forma de madalena y caminar por esas calles artificiales de estudio de televisión. A mí me da lo mismo.

Sin embargo, cuando esta gente elige su estilo de vida no entiende que yo no lo elegí. Que si ellos queiren viajar dos horas para ir todos los días a la oficina no es mi problema. Es una elección de ellos. Yo vivo feliz en Capital Federal, rodeada de smog y linyeras y me niego a ser cómplice de esa peregrinación delirante que realizan todos los días.

Ayer me suena el teléfono y me llama Paula, una conocida de una amiga, que ni siquiera soporto. Muy emocionada, me invita a su cumpleaños, que es el viernes que viene a la noche, en su casa de Tortuguitas.

Carolina:
Mirá, lo veo difícil.

Paula:
¿Por?

Carolina:
Te soy sincera, tu cumpleaños es a 150 km de la Capital Federal…Es bastante lejos e incómodo poder ir. Como si fuera poco, elegiste un horario especial, que es de noche. No creo que podamos ir.

Paula:
Bueno, es que al mediodía Mario juega al tenis y no podemos.

Carolina:
Claro, entiendo. Bueno, quizás sí. Después nos pueden traer.

Paula:
¿Hasta allá?

Carolina:
Sí, a casa.

Paula:
Uh, le tendría que preguntar a Mario… Porque a esa hora…

Carolina:
Claro, es lejos.

Paula:
Y sí.

Carolina:
No entiendo, te parece lejos venir desde tu casa a la mía pero no te parece lejos para que yo vaya hasta allá.

Paula:
Bueno, es mi cumpleaños. No es cualquier día.

Carolina:
Mirá, a mí me parece una locura que me invites a tu cumpleaños en el culo del mundo, de noche, y encima te ofendas si no quiero tomarme un avión hasta tu casa. Cuando vos elegís mudarte mil quinientas leguas de donde vivías, vos aceptás que vas a tener que viajar dos horas para todo, estar aislada de los demás, privarte de ir al cine o a comer afuera, pedir delivery o ir a tomar un cafecito con una amiga con la frecuencia que quisieras.

Paula:
Sí, pero nosotros elegimos…

Carolina:
Claro. Vos elegiste. Yo no elegí eso. Yo elijo vivir a una distancia razonable de mis parientes y amigos. No entiendo por qué si vos sos la que elige vivir lejos la que tiene que viajar soy yo.

 

Paula:
¡Pero es mi cumpleaños!

Carolina:
Entonces yo me voy a casar en Malawi y te voy a invitar, y si no venís, me enculo.

Paula:
No es lo mismo. Malawi es más lejos.

Carolina:
Pero me caso una vez en la vida, y vos festejás todos los años. Si sumás Pilar por 60 cumpleaños, te alcanza para ir a Malawi.

Paula:
Me parece que no tiene nada que ver.

 

Carolina:
Tiene todo que ver, Paula. Me parece que esta locura de los countries se tiene que terminar. Yo no voy a hacer 150 kms un viernes a la noche, después de trabajar todo el día porque a vos se te ocurrió jugar a Desperate Housewives. Olvidate. Contratá una avioneta o venite el sulky a buscarme, pero hacete cargo vos de tus decisiones. Yo no tengo por qué pagar el precio de las tuyas.

 

Paula:
Mirá, nosotros no tenemos otra opción. No nos vamos a quedar en la ciudad para que nos roben o nos maten para que vos no viajes mucho.

 

Carolina:
Te roban y te matan en todos lados. Pero acá por lo menos alguien va a ir a tu velatorio. Allá no porque es demasiado lejos para todos.

 

Paula:
Pero…

 

Carolina:
Avisame a qué hora viene la avioneta, Paula. Y sino, Feliz cumple.

 

Clink.

Leer completo

Ayer fui a la rotisería con mimarido a buscar la cena. El pidió un sinfín de cochinadas y yo una ensalada que, entre otras cosas, tenía palmitos y pollo grillado.

Después de esperar veinte minutos en el mostrador, la comida apareció empapada de vapor y aceite de cocina. La suya era fea, pero la mía, aparte de tener unos tomates pasados, tenía una ralladura de pollo casi invisible, espolvoreada como nieve por arriba. Tanto mi marido como yo miramos la ensalada al mismo tiempo. Yo, indignada. Y él, preocupado anticipadamente.

Mimarido:
Te lo pido por favor. Solo agarrá la ensalada y salí
caminando por esa puerta.

 

Carolina (tragando saliva):
Ay gordi no puedo. Si no digo la palabra “chorra” en
los próximos diez minutos no puedo seguir viviendo.

 

Mimarido:
Te lo pido por favor, solo llevate la ensalada.
No volvemos nunca más y listo. Pero ahora
llevate la ensalada y no pelees.

 

Carolina (Angustiada):
No sé, siento que si no le digo nada ella se sale
con la suya, ¿Entendés? Mirá el anotador.
Dice “pollo”. Dice “palmitos” y acá no hay nada de eso.
Hay aserrín de pollo.

 

Mimarido:
Por mí.

 

Carolina:
Quiero decir que “aserrín de pollo”.

 

Mimarido:
Por mí.

 

Carolina (Nerviosa):
Ay, voy a tratar.

 

La mujer volvió y empezó a enumerar.

 

Chorra:
Entonces tenemos… un bife de chorizo, una ensalada… pspspsp pollo, pssos palmitos, psss extra de pollo, pssss, $29.

 

Mi marido me miró con los ojos suplicantes.

 

Carolina:
¡Me está provocando!

 

Mimarido:
Vos podés, yo creo en vos.

 

Carolina (Mirando a mimarido):
No puedo, soy débil. La quiero ajusticiar. Perdoname. (A la chorra) Esa no es mi ensalada.

 

Mimarido se agarró la cara y giró apoyando la espalda en el mostrador.

 

Chorra:
Si, es esta.

 

Carolina:
No, esta debe ser de otro cliente. Fijate si en
tu anotador dice “Bandejón de sobras” o
“Revuelto de inmundicias” o algo parecido.

 

Mimarido sacó un billete de cincuenta y trató de pagarle igual

 

Carolina:
¡Si le pagás nos separamos!

 

Mimarido (Tratando de no reírse):
Te lo pido por favor. Llegamos a casa y la tiramos,
pero vámonos.

 

Carolina (Haciendo puchero):
No puedo, Marti. Si no le digo “chorra” no voy
a poder dormir.

 

Mimarido (entre dientes):
¡Callate!

 

Carolina:
Chorra.

 

Mimarido:
Si lo repetís me voy.

 

Carolina:
Chorra. Chorra. Chorra.

 

Mimarido (Yendo hacia la puerta):
Mirá que viva que sos, ahora vos vas a tener
que cocinar.

 

Carolina:
Supe que iba a cocinar desde que vi la ensalada
sobre el mostrador.

 

Mimarido:
Yo también. Pero en un momento creí que ibas
a poder. Te tuve fe.

Leer completo

Ayer fui a la rotisería con mimarido a buscar la cena. El pidió un sinfín de cochinadas y yo una ensalada que, entre otras cosas, tenía palmitos y pollo grillado.

Después de esperar veinte minutos en el mostrador, la comida apareció empapada de vapor y aceite de cocina. La suya era fea, pero la mía, aparte de tener unos tomates pasados, tenía una ralladura de pollo casi invisible, espolvoreada como nieve por arriba. Tanto mi marido como yo miramos la ensalada al mismo tiempo. Yo, indignada. Y él, preocupado anticipadamente.

Mimarido:
Te lo pido por favor. Solo agarrá la ensalada y salí
caminando por esa puerta.

 

Carolina (tragando saliva):
Ay gordi no puedo. Si no digo la palabra “chorra” en
los próximos diez minutos no puedo seguir viviendo.

 

Mimarido:
Te lo pido por favor, solo llevate la ensalada.
No volvemos nunca más y listo. Pero ahora
llevate la ensalada y no pelees.

 

Carolina (Angustiada):
No sé, siento que si no le digo nada ella se sale
con la suya, ¿Entendés? Mirá el anotador.
Dice “pollo”. Dice “palmitos” y acá no hay nada de eso.
Hay aserrín de pollo.

 

Mimarido:
Por mí.

 

Carolina:
Quiero decir que “aserrín de pollo”.

 

Mimarido:
Por mí.

 

Carolina (Nerviosa):
Ay, voy a tratar.

 

La mujer volvió y empezó a enumerar.

 

Chorra:
Entonces tenemos… un bife de chorizo, una ensalada… pspspsp pollo, pssos palmitos, psss extra de pollo, pssss, $29.

 

Mi marido me miró con los ojos suplicantes.

 

Carolina:
¡Me está provocando!

 

Mimarido:
Vos podés, yo creo en vos.

 

Carolina (Mirando a mimarido):
No puedo, soy débil. La quiero ajusticiar. Perdoname. (A la chorra) Esa no es mi ensalada.

 

Mimarido se agarró la cara y giró apoyando la espalda en el mostrador.

 

Chorra:
Si, es esta.

 

Carolina:
No, esta debe ser de otro cliente. Fijate si en
tu anotador dice “Bandejón de sobras” o
“Revuelto de inmundicias” o algo parecido.

 

Mimarido sacó un billete de cincuenta y trató de pagarle igual

 

Carolina:
¡Si le pagás nos separamos!

 

Mimarido (Tratando de no reírse):
Te lo pido por favor. Llegamos a casa y la tiramos,
pero vámonos.

 

Carolina (Haciendo puchero):
No puedo, Marti. Si no le digo “chorra” no voy
a poder dormir.

 

Mimarido (entre dientes):
¡Callate!

 

Carolina:
Chorra.

 

Mimarido:
Si lo repetís me voy.

 

Carolina:
Chorra. Chorra. Chorra.

 

Mimarido (Yendo hacia la puerta):
Mirá que viva que sos, ahora vos vas a tener
que cocinar.

 

Carolina:
Supe que iba a cocinar desde que vi la ensalada
sobre el mostrador.

 

Mimarido:
Yo también. Pero en un momento creí que ibas
a poder. Te tuve fe.

Leer completo

Hoy me pasó lo peor que me podía pasar en la vida. Llamé un taxi, y como no pedí aire acondicionado, me mandaron uno de esos viejos olorosos en Peugeot 504 que no quiere nadie.

El viejo 504 siempre es bruto y gritón, tiene olor a cuerpo, escucha radio 10, tiene pelos en la oreja, musculosa debajo de la camisa, y se queja del país durante todo el viaje. Su auto, aparte de un tubo caliente y hediondo sin aire acondicionado, tiene una puerta que no cierra, un cenicero quemado, y un tapizado casero de tela de pijama con olor a huevo. Siempre.

Tiene voz cascada y rotosa de fumador compulsivo y no para de opinar una burrada atrás de otra sobre economía, seguridad vial y política internacional. Dice “Son todo chorro” cada dos oraciones y hace un ruido perverso con la boca, sopapeándose compulsivamente una muela hueca con la lengua.

A pesar de que sabe las calles, nunca tiene cambio. Ni diez centavos. Aunque sean las diez de la noche y esté trabajando desde la madrugada. Es magia. Nadie sabe como hace, pero nunca tiene ni una monedita.

El 504 conoce muchos ardides de tachero estafador. Para empezar, pone cara de viejito desvalido y siempre toma el camino más largo a propósito, haciéndose el que no entiende nada. Además, tiene un vicio exasperante. Si uno dice que va a Corrientes al 1800 pregunta siempre lo mismo:

504:
“¿Corrientes y qué?”

Y si uno pide ir a Corrientes y Callao, hace la pregunta inversa:

504:
¿Corrientes a qué altura es?

Como si fuera poco, el 504 siempre va a veinte por hora y es adicto a todas las artimañas tacheras, especialmente la frenadita y a la onda roja. Se la pasa calculando como un físico nuclear cuánto tiene que demorarse en esa cafetera para lograr caer en un semáforo en rojo, poder parar cada dos cuadras y alargar el viaje un par de pesos.

El de ayer, por ejemplo, me llevó hasta Chacarita. Tardó treinta minutos y me cobró $18,70. Le pagué con $20.

504
Uhhhhhhhhhhhh…

Apenas lo escuché, me hice la tarada, porque ya conozco este numerito de las monedas y como tenía un día pésimo, estaba determinada a vencer a ese viejo pútrido hasta las últimas consecuencias.

504:
¿No nené ambio?

Yo (Disfrutando):
Te pagué con cambio. Me tenés que dar un peso con treinta. Cuatro monedas.

 

504:
Fijate si nené, porque me matás

 

Carolina:
¿Te mato? Te estoy pagando 18,70 con 20. No hay un billete que se acerque más. No tengo monedas ni tiempo para esto.

 

504:
… Te via tener que deber un peso.

 

Yo
¿Qué? Dame $2 y yo te debo setenta centavos

 

504 (Indignado, como si lo estuviera asaltando)
¿Pero vo queré queteregaleelviaje?

 

Carolina:
Pero vos sos el que no tiene cambio. Mi única obligación es tener plata para pagarte. Tu obligación es tener nafta y cambio. Nada más. Es todo lo que tenés que hacer, no es tan complicado.

504:
Pero estoy laburando, querida.

 

Carolina:
Yo también. Levantate más temprano y andá a buscar monedas al banco.

 

504:
No es así, m´hija. Nú-ái. Nú-ái.

 

Me quedé mirandolo y me puso cara de viejito desamparado. Pero no me amedrentó. Detrás de sus ojos cansados se veían, perversas y alevosas, sus verdaderas intenciones de geronte ratero.

 

504
Uff. No e quenoquieno, m´hija. No teno, no teno.

Y me mostró una billetera de cuero ecológico llena de papeles rancios de diez pesos.

Carolina:
Me tengo que ir. Si no tenés cambio, dame los veinte pesos.

Buscó monedas en la guantera de manera artificial y premeditada, sin revolver absolutamente nada. Sacudió ese cochino aparato de moneditas, se tocó los bolsillos del pantalón con pereza, y nada.

Carolina:
¿Y?

Entonces, irritadísimo, me dio un billete de dos pesos con un gesto ceremonioso y lento, como si fuese un príncipe regalando un anillo de diamantes. Y yo me fui triunfante con mi dinero, mientras el viejo se sopapeaba la muela descontroladamente para aplacar los nervios.

Leer completo

Hoy me pasó lo peor que me podía pasar en la vida. Llamé un taxi, y como no pedí aire acondicionado, me mandaron uno de esos viejos olorosos en Peugeot 504 que no quiere nadie.

El viejo 504 siempre es bruto y gritón, tiene olor a cuerpo, escucha radio 10, tiene pelos en la oreja, musculosa debajo de la camisa, y se queja del país durante todo el viaje. Su auto, aparte de un tubo caliente y hediondo sin aire acondicionado, tiene una puerta que no cierra, un cenicero quemado, y un tapizado casero de tela de pijama con olor a huevo. Siempre.

Tiene voz cascada y rotosa de fumador compulsivo y no para de opinar una burrada atrás de otra sobre economía, seguridad vial y política internacional. Dice “Son todo chorro” cada dos oraciones y hace un ruido perverso con la boca, sopapeándose compulsivamente una muela hueca con la lengua.

A pesar de que sabe las calles, nunca tiene cambio. Ni diez centavos. Aunque sean las diez de la noche y esté trabajando desde la madrugada. Es magia. Nadie sabe como hace, pero nunca tiene ni una monedita.

El 504 conoce muchos ardides de tachero estafador. Para empezar, pone cara de viejito desvalido y siempre toma el camino más largo a propósito, haciéndose el que no entiende nada. Además, tiene un vicio exasperante. Si uno dice que va a Corrientes al 1800 pregunta siempre lo mismo:

504:
“¿Corrientes y qué?”

Y si uno pide ir a Corrientes y Callao, hace la pregunta inversa:

504:
¿Corrientes a qué altura es?

Como si fuera poco, el 504 siempre va a veinte por hora y es adicto a todas las artimañas tacheras, especialmente la frenadita y a la onda roja. Se la pasa calculando como un físico nuclear cuánto tiene que demorarse en esa cafetera para lograr caer en un semáforo en rojo, poder parar cada dos cuadras y alargar el viaje un par de pesos.

El de ayer, por ejemplo, me llevó hasta Chacarita. Tardó treinta minutos y me cobró $18,70. Le pagué con $20.

504
Uhhhhhhhhhhhh…

Apenas lo escuché, me hice la tarada, porque ya conozco este numerito de las monedas y como tenía un día pésimo, estaba determinada a vencer a ese viejo pútrido hasta las últimas consecuencias.

504:
¿No nené ambio?

Yo (Disfrutando):
Te pagué con cambio. Me tenés que dar un peso con treinta. Cuatro monedas.

 

504:
Fijate si nené, porque me matás

 

Carolina:
¿Te mato? Te estoy pagando 18,70 con 20. No hay un billete que se acerque más. No tengo monedas ni tiempo para esto.

 

504:
… Te via tener que deber un peso.

 

Yo
¿Qué? Dame $2 y yo te debo setenta centavos

 

504 (Indignado, como si lo estuviera asaltando)
¿Pero vo queré queteregaleelviaje?

 

Carolina:
Pero vos sos el que no tiene cambio. Mi única obligación es tener plata para pagarte. Tu obligación es tener nafta y cambio. Nada más. Es todo lo que tenés que hacer, no es tan complicado.

504:
Pero estoy laburando, querida.

 

Carolina:
Yo también. Levantate más temprano y andá a buscar monedas al banco.

 

504:
No es así, m´hija. Nú-ái. Nú-ái.

 

Me quedé mirandolo y me puso cara de viejito desamparado. Pero no me amedrentó. Detrás de sus ojos cansados se veían, perversas y alevosas, sus verdaderas intenciones de geronte ratero.

 

504
Uff. No e quenoquieno, m´hija. No teno, no teno.

Y me mostró una billetera de cuero ecológico llena de papeles rancios de diez pesos.

Carolina:
Me tengo que ir. Si no tenés cambio, dame los veinte pesos.

Buscó monedas en la guantera de manera artificial y premeditada, sin revolver absolutamente nada. Sacudió ese cochino aparato de moneditas, se tocó los bolsillos del pantalón con pereza, y nada.

Carolina:
¿Y?

Entonces, irritadísimo, me dio un billete de dos pesos con un gesto ceremonioso y lento, como si fuese un príncipe regalando un anillo de diamantes. Y yo me fui triunfante con mi dinero, mientras el viejo se sopapeaba la muela descontroladamente para aplacar los nervios.

Leer completo

Hace un mes me dejaron este mensaje en el contestador del celular:

Telemarketer:
Buenas tardes, soy Verónica del Banco Privado,
quería hablar con la señora Carolina Aguirre para
ofrecerle una extensión….

Obviamente jamás contesté. Pero dos semanas atrás me volvieron a llamar.

Telemarketer:
Buenos días ¿La señora Carolina Aguirre?

 

Carolina:
¿Quién habla?

 

Telemarketer:
Mi nombre es Verónica. La llamo de Banco Privado
para ofrecerle…

 

Carolina (antes de cortarle):
Dejame vivir.

Clink. Tutututututu.

Y hace diez días intentaron de nuevo:

Telemarketer:
Buenos días ¿La señora Carolina Aguirre?

 

Carolina:
¿Verónica?

 

Telarmarketer:

 

Carolina:
¡Verooooooooooooonica!

Clink. Tutututututu.

Y finalmente, hoy a la mañana:

Telemarketer:
Buenos días ¿La señora Carolina Aguirre?

 

Carolina:
¿Verónica?

 

Telemarketer:
No, mi nombre es Mariela Filippi

 

Carolina:
Verónica, no mientas.

 

Telemarketer:
Mi nombre es Mariela, señora.

 

Carolina:
Si decís que sos Verónica te atiendo.

 

Telemarketer:
Soy Mariela.

 

Carolina:
Entonces no.

Clink.
Tutututututu.

Leer completo

Hace un mes me dejaron este mensaje en el contestador del celular:

Telemarketer:
Buenas tardes, soy Verónica del Banco Privado,
quería hablar con la señora Carolina Aguirre para
ofrecerle una extensión….

Obviamente jamás contesté. Pero dos semanas atrás me volvieron a llamar.

Telemarketer:
Buenos días ¿La señora Carolina Aguirre?

 

Carolina:
¿Quién habla?

 

Telemarketer:
Mi nombre es Verónica. La llamo de Banco Privado
para ofrecerle…

 

Carolina (antes de cortarle):
Dejame vivir.

Clink. Tutututututu.

Y hace diez días intentaron de nuevo:

Telemarketer:
Buenos días ¿La señora Carolina Aguirre?

 

Carolina:
¿Verónica?

 

Telarmarketer:

 

Carolina:
¡Verooooooooooooonica!

Clink. Tutututututu.

Y finalmente, hoy a la mañana:

Telemarketer:
Buenos días ¿La señora Carolina Aguirre?

 

Carolina:
¿Verónica?

 

Telemarketer:
No, mi nombre es Mariela Filippi

 

Carolina:
Verónica, no mientas.

 

Telemarketer:
Mi nombre es Mariela, señora.

 

Carolina:
Si decís que sos Verónica te atiendo.

 

Telemarketer:
Soy Mariela.

 

Carolina:
Entonces no.

Clink.
Tutututututu.

Leer completo

Alicia vive del alquiler de un PH de cuatro unidades que heredó. Sin embargo, no es la típica propietaria holgazana. Es peor. Mucho peor. Es imposible discutir con ella. Es amarreta de un modo surrealista. No razona con la cabeza. Razona con moneditas. Si empleara en otra cosa el ingenio que tiene para ahorrar en refacciones, hubiese sido millonaria antes de los treinta.

Apenas nos mudamos, los chinos del restaurant vecino nos avisaron que Alicia era tremenda. Hasta la chica que cuida a su madre nos hizo un gesto con el codo para explicar su delicado vínculo con el dinero. Y al mes lo comprobamos. Nos dejó sin timbre dos meses porque se negaba a comprar uno nuevo, desconectó su teléfono cuando la llamaron para avisarle que explotó el calefón, y lo que es peor: luego de tres meses prometiendo arreglarnos un caño, mandó al plomero con una media usada para que lo ate.

Como si fuera poco, su grotesca apariencia es el matrimonio ideal de su tacañería. No le falta nada. Es nerviosa, pequeña, bizca y renguea al caminar. Parece un duende disfrazado que se arrastra a hurtadillas por el pasillo del PH para que nadie lo vea.

En el departamento número 1, además, vive su madre, Rosa, una anciana senil y malvada que jura que la KGB quiso convencerla con una fuente de masas finas para que se vuelva espía y que ella no quiso porque tenía que llevar a la nena (Alicia, justamente) al colegio. Cada vez que Alicia arregla algo, la madre llora a lágrima viva diciendo que somos unos insensibles que queremos fundir a su hija, y si ve que alguno usa mucho la luz del pasillo, nos grita que somos malos y lo hacemos a propósito.

De más está decir que la relación es pésima. Desde el episodio del timbre ni siquiera nos saludamos. Ni Alicia, ni la vieja, ni yo. Nos odiamos en silencio. Pero eso no lo sabe nadie. A los ojos de los demás, somos buenos vecinos. Y eso, por supuesto, trae confusiones y problemas.

Hace más o menos un mes, por ejemplo, me despierta un timbrazo aterrador. Y otro. Y otro. Tres timbrazos nerviosos, gruesos. Miro el reloj: son las siete y media de la mañana. Me visto apurada mientras me vuelven a tocar un timbre largo e impaciente. Llego a la puerta corriendo (el portero eléctrico no anda y hay que ir a atender), muerta de miedo y me veo una vieja con un paquete de facturas en la mano.

Carolina:
¿Quién es?

Vieja imbécil (Contenta):
Ay yo soy amiga de Rosa y la vengo a visitar, pero no me escucha porque debe estar durmiendo.

Carolina:
¿¿Qué??

Vieja imbécil:
Si, si me podés abrir vos, así la despierto. Vamos a desayunar juntas.

Carolina:
Yo también estaba durmiendo ¿Vos estás bien de la cabeza? Hay reglas implícitas, normas de convivencia. Vos no sabés si yo tengo un bebé que se acaba de dormir. Antes de las diez no podés tocar timbre de una casa en la que nadie te espera.

Vieja imbécil:
Perdoname, es que ella no me escucha y tengo las facturas para desayunar.

Carolina (Dormida):
Contale a quien le importe, retrasada.

Me vuelvo a la cama, dejándola del lado de afuera, reconfortada por mi venganza sencilla, pero no me puedo dormir. La estúpida golpea la puerta con una llave. Toc toc toc toc. Tic tic tic tic. Parece un pájaro carpintero.

Me vuelvo a levantar y voy hasta la puerta. Abro la ventanita y la miro con cara de perturbada. No digo nada. Solo la miro como si la fuese a ahorcar de manera inminente. La vieja imbécil retrocede.

Carolina:
Un ruido más y llamo a la policía.

Vieja imbécil:
No es de buen vecino lo que hacés

Carolina:
Un ruido más y llamo a la policía. Hoy desayunás sola.

La gente que toca el timbre sin permiso merece el peor de los castigos. Por una supuesta emergencia, como en este caso, o porque pasa a visitar. Es lo mismo. Yo no entiendo qué clase de campesino invasivo piensa que es mejor caer sin avisar que llamar unos minutos antes y preguntar si los dueños de casa lo pueden atender o están durmiendo, enfermos, limpiando, teniendo sexo o la peor discusión del mundo. Pero si encima de eso, la visita es a las siete de la mañana, se debería poder denunciarlo y que vaya preso por quince días.

Vieja imbécil:
¡Pero va a pensar que no vine!

Carolina (dormida):
¡Decile que no andaba el timbre!

Leer completo

Alicia vive del alquiler de un PH de cuatro unidades que heredó. Sin embargo, no es la típica propietaria holgazana. Es peor. Mucho peor. Es imposible discutir con ella. Es amarreta de un modo surrealista. No razona con la cabeza. Razona con moneditas. Si empleara en otra cosa el ingenio que tiene para ahorrar en refacciones, hubiese sido millonaria antes de los treinta.

Apenas nos mudamos, los chinos del restaurant vecino nos avisaron que Alicia era tremenda. Hasta la chica que cuida a su madre nos hizo un gesto con el codo para explicar su delicado vínculo con el dinero. Y al mes lo comprobamos. Nos dejó sin timbre dos meses porque se negaba a comprar uno nuevo, desconectó su teléfono cuando la llamaron para avisarle que explotó el calefón, y lo que es peor: luego de tres meses prometiendo arreglarnos un caño, mandó al plomero con una media usada para que lo ate.

Como si fuera poco, su grotesca apariencia es el matrimonio ideal de su tacañería. No le falta nada. Es nerviosa, pequeña, bizca y renguea al caminar. Parece un duende disfrazado que se arrastra a hurtadillas por el pasillo del PH para que nadie lo vea.

En el departamento número 1, además, vive su madre, Rosa, una anciana senil y malvada que jura que la KGB quiso convencerla con una fuente de masas finas para que se vuelva espía y que ella no quiso porque tenía que llevar a la nena (Alicia, justamente) al colegio. Cada vez que Alicia arregla algo, la madre llora a lágrima viva diciendo que somos unos insensibles que queremos fundir a su hija, y si ve que alguno usa mucho la luz del pasillo, nos grita que somos malos y lo hacemos a propósito.

De más está decir que la relación es pésima. Desde el episodio del timbre ni siquiera nos saludamos. Ni Alicia, ni la vieja, ni yo. Nos odiamos en silencio. Pero eso no lo sabe nadie. A los ojos de los demás, somos buenos vecinos. Y eso, por supuesto, trae confusiones y problemas.

Hace más o menos un mes, por ejemplo, me despierta un timbrazo aterrador. Y otro. Y otro. Tres timbrazos nerviosos, gruesos. Miro el reloj: son las siete y media de la mañana. Me visto apurada mientras me vuelven a tocar un timbre largo e impaciente. Llego a la puerta corriendo (el portero eléctrico no anda y hay que ir a atender), muerta de miedo y me veo una vieja con un paquete de facturas en la mano.

Carolina:
¿Quién es?

Vieja imbécil (Contenta):
Ay yo soy amiga de Rosa y la vengo a visitar, pero no me escucha porque debe estar durmiendo.

Carolina:
¿¿Qué??

Vieja imbécil:
Si, si me podés abrir vos, así la despierto. Vamos a desayunar juntas.

Carolina:
Yo también estaba durmiendo ¿Vos estás bien de la cabeza? Hay reglas implícitas, normas de convivencia. Vos no sabés si yo tengo un bebé que se acaba de dormir. Antes de las diez no podés tocar timbre de una casa en la que nadie te espera.

Vieja imbécil:
Perdoname, es que ella no me escucha y tengo las facturas para desayunar.

Carolina (Dormida):
Contale a quien le importe, retrasada.

Me vuelvo a la cama, dejándola del lado de afuera, reconfortada por mi venganza sencilla, pero no me puedo dormir. La estúpida golpea la puerta con una llave. Toc toc toc toc. Tic tic tic tic. Parece un pájaro carpintero.

Me vuelvo a levantar y voy hasta la puerta. Abro la ventanita y la miro con cara de perturbada. No digo nada. Solo la miro como si la fuese a ahorcar de manera inminente. La vieja imbécil retrocede.

Carolina:
Un ruido más y llamo a la policía.

Vieja imbécil:
No es de buen vecino lo que hacés

Carolina:
Un ruido más y llamo a la policía. Hoy desayunás sola.

La gente que toca el timbre sin permiso merece el peor de los castigos. Por una supuesta emergencia, como en este caso, o porque pasa a visitar. Es lo mismo. Yo no entiendo qué clase de campesino invasivo piensa que es mejor caer sin avisar que llamar unos minutos antes y preguntar si los dueños de casa lo pueden atender o están durmiendo, enfermos, limpiando, teniendo sexo o la peor discusión del mundo. Pero si encima de eso, la visita es a las siete de la mañana, se debería poder denunciarlo y que vaya preso por quince días.

Vieja imbécil:
¡Pero va a pensar que no vine!

Carolina (dormida):
¡Decile que no andaba el timbre!

Leer completo

Odio a casi todos los taxistas, salvo a los que tienen el auto perfumado y no me hablan en todo el viaje. Tengo problemas con la mayonesa, con la gente que me llama mucho, con los desconocidos que me tocan el timbre, con la gente que me invita a su cumpleaños, con las vendedoras, con los operadores de telefonía celular, con la usurera que es dueña de mi departamento, con la gente que condimenta la ensalada en desorden (1. Sal, 2. Aceto/Vinagre, 3. Aceite) y con la gente que me habla en el supermercado.

Me molesta casi todo; tengo un carácter de mierda y no puedo remediarlo. Soy como una vieja mañosa que se pelea con todo el mundo las veinticuatro horas del día.

Sin embargo, ser peleador no es sólo un vicio de carácter. Pelear es también una forma de generosidad, de amor al prójimo. Si no fuese por aquellos que se pelean con todo el mundo, todavía habría esclavos, no existirían los derechos constitucionales y los taxistas nos seguirían cobrando ida y vuelta cuando cruzan la General Paz.

Tengo un spammer llamado Alfredo, por ejemplo, que me envía una gacetilla horrorosa que se llama “Música y vino”. Yo jamás se la pedí ni me suscribí a ese disparate. De hecho, no conozco a nadie que quiera leerla o que haya pedido que se la envíen. A nadie. Todos la odian de igual manera.

Sin embargo, cada vez que la molesta gacetilla vuelve a llegar, en vez de armar un escándalo, todos cumplimos con el mismo ritual: la borramos con resignación esclava, o ponemos un filtro de spam en la casilla de email. Nadie se queja por semejante invasión y falta de respeto. Sólo de vez en cuando alguien escribe diciendo que hay un error y que por favor dejen de enviarle actualizaciones.

En consecuencia, Alfredo piensa que su spam no molesta. De hecho, cree que la gente lo lee, que lo encuentra útil, que incluso esperan que llegue un nuevo número de esa porquería. ¡Es más! Cuando un amigo le pregunta a Alfredo si la gente no lo quiere cagar a trompadas porque les llena la casilla con spam, Alfredo asegura que no; que nadie protesta y que su boletín tiene muy buena llegada con público.

Callarse la boca o pedir que dejen de pasarnos por arriba no sirve de nada. Alfredo sigue mandando su gacetilla virtual convencido de que a nadie le molesta y de que si a alguien le molestara, eventualmente le suplicará que deje de enviarle esa inmundicia.

¿Pero qué pasaría si cien de las miles de personas que tortura con su deforme revistita lo insultaran de arriba abajo, lo denunciaran, le llenaran su casilla de basura? ¿Qué pasaría si varios de nosotros lo amenazáramos de muerte si no deja de invadir nuestra computadora con porquerías que nadie le pidió? ¿Qué pasaría si Alfredo leyera: “Dejá de mandarme tus boletines inmundos. A nadie le interesan, pedazo de imbécil”? ¿Si recibiera una carta documento? ¿Si le pegaran una paliza por idiota? ¿Saben qué pasaría? Alfredo, harto de meses de insultos, enfermo de leer advertencias sangrientas, tendría que buscarse otra forma de publicidad y dejaría de enviar spam para siempre.

Pelear es la forma más práctica de preocuparse por el otro. Lo de poner la otra mejilla es una clara manifestación de egoísmo ¿A quién ayudo dejando que me estafen, me insulten, me pasen por arriba? ¡Al estafador! ¿Qué pasa con los que no saben poner un filtro de spam o tienen conexión lenta? ¡Se joden! Y todo por culpa de protocolos idiotas y excesiva cortesía.

Las personas que se pelean salvan a los futuros clientes de un servicio, a los vecinos que llegan al barrio después de uno, a los compradores que van a pisar el palito al día siguiente. Cada vez que alguien se calla, colabora con los taxistas que nunca tienen cambio ni saben las calles, con las mozas que nos ignoran deliberadamente, y con los vecinos que ponen cumbia a todo volumen los domingos.

Me niego a aceptar que cualquiera va a hacer lo que se le ocurra con mi vida. Así como hay gente que dona sus horas en un hospital, o se va al África a vacunar niñitos, pelearme es mi aporte a la humanidad. Quienes tengan suerte serán reconocidos como la mejor enfermera, el gran médico, el primer hombre que pisó la Luna, el mejor presidente. Yo sólo aspiro a una cosa. Yo quiero ser recordada como la más peleadora.

Leer completo

Odio a casi todos los taxistas, salvo a los que tienen el auto perfumado y no me hablan en todo el viaje. Tengo problemas con la mayonesa, con la gente que me llama mucho, con los desconocidos que me tocan el timbre, con la gente que me invita a su cumpleaños, con las vendedoras, con los operadores de telefonía celular, con la usurera que es dueña de mi departamento, con la gente que condimenta la ensalada en desorden (1. Sal, 2. Aceto/Vinagre, 3. Aceite) y con la gente que me habla en el supermercado.

Me molesta casi todo; tengo un carácter de mierda y no puedo remediarlo. Soy como una vieja mañosa que se pelea con todo el mundo las veinticuatro horas del día.

Sin embargo, ser peleador no es sólo un vicio de carácter. Pelear es también una forma de generosidad, de amor al prójimo. Si no fuese por aquellos que se pelean con todo el mundo, todavía habría esclavos, no existirían los derechos constitucionales y los taxistas nos seguirían cobrando ida y vuelta cuando cruzan la General Paz.

Tengo un spammer llamado Alfredo, por ejemplo, que me envía una gacetilla horrorosa que se llama “Música y vino”. Yo jamás se la pedí ni me suscribí a ese disparate. De hecho, no conozco a nadie que quiera leerla o que haya pedido que se la envíen. A nadie. Todos la odian de igual manera.

Sin embargo, cada vez que la molesta gacetilla vuelve a llegar, en vez de armar un escándalo, todos cumplimos con el mismo ritual: la borramos con resignación esclava, o ponemos un filtro de spam en la casilla de email. Nadie se queja por semejante invasión y falta de respeto. Sólo de vez en cuando alguien escribe diciendo que hay un error y que por favor dejen de enviarle actualizaciones.

En consecuencia, Alfredo piensa que su spam no molesta. De hecho, cree que la gente lo lee, que lo encuentra útil, que incluso esperan que llegue un nuevo número de esa porquería. ¡Es más! Cuando un amigo le pregunta a Alfredo si la gente no lo quiere cagar a trompadas porque les llena la casilla con spam, Alfredo asegura que no; que nadie protesta y que su boletín tiene muy buena llegada con público.

Callarse la boca o pedir que dejen de pasarnos por arriba no sirve de nada. Alfredo sigue mandando su gacetilla virtual convencido de que a nadie le molesta y de que si a alguien le molestara, eventualmente le suplicará que deje de enviarle esa inmundicia.

¿Pero qué pasaría si cien de las miles de personas que tortura con su deforme revistita lo insultaran de arriba abajo, lo denunciaran, le llenaran su casilla de basura? ¿Qué pasaría si varios de nosotros lo amenazáramos de muerte si no deja de invadir nuestra computadora con porquerías que nadie le pidió? ¿Qué pasaría si Alfredo leyera: “Dejá de mandarme tus boletines inmundos. A nadie le interesan, pedazo de imbécil”? ¿Si recibiera una carta documento? ¿Si le pegaran una paliza por idiota? ¿Saben qué pasaría? Alfredo, harto de meses de insultos, enfermo de leer advertencias sangrientas, tendría que buscarse otra forma de publicidad y dejaría de enviar spam para siempre.

Pelear es la forma más práctica de preocuparse por el otro. Lo de poner la otra mejilla es una clara manifestación de egoísmo ¿A quién ayudo dejando que me estafen, me insulten, me pasen por arriba? ¡Al estafador! ¿Qué pasa con los que no saben poner un filtro de spam o tienen conexión lenta? ¡Se joden! Y todo por culpa de protocolos idiotas y excesiva cortesía.

Las personas que se pelean salvan a los futuros clientes de un servicio, a los vecinos que llegan al barrio después de uno, a los compradores que van a pisar el palito al día siguiente. Cada vez que alguien se calla, colabora con los taxistas que nunca tienen cambio ni saben las calles, con las mozas que nos ignoran deliberadamente, y con los vecinos que ponen cumbia a todo volumen los domingos.

Me niego a aceptar que cualquiera va a hacer lo que se le ocurra con mi vida. Así como hay gente que dona sus horas en un hospital, o se va al África a vacunar niñitos, pelearme es mi aporte a la humanidad. Quienes tengan suerte serán reconocidos como la mejor enfermera, el gran médico, el primer hombre que pisó la Luna, el mejor presidente. Yo sólo aspiro a una cosa. Yo quiero ser recordada como la más peleadora.

Leer completo